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04/08/2014 07:39 CEST | Actualizado 03/10/2014 11:12 CEST

Jorge Valdano y el chico de al lado

En el verano de 1979, hace 35 años, el incendio del Hotel Corona de Aragón de Zaragoza conmocionó a toda España: 78 personas murieron y 113 resultaron heridas. Jorge Valdano se libró por muy poco de aquella tragedia. No fue la única vez que ha esquivado la fatalidad en el último momento.

La tarde del miércoles 11 de julio de 1979 Jorge Valdano tenía 23 años y se disponía a cerrar su etapa como futbolista del Alavés. Avelino Chaves, el secretario técnico del Real Zaragoza, había resultado clave para que su club se interesara por él y por su compañero José Ramón Badiola. La idea era que Valdano, Badiola y la delegación del Alavés llegaran esa tarde a Zaragoza y se alojaran en el Corona de Aragón, uno de los hoteles más lujosos de la ciudad. Sin embargo, Valdano había sufrido un desencuentro con sus directivos y a última hora, por pura rebeldía, retrasó su viaje a Zaragoza hasta el día siguiente.

El jueves 12 de julio, hacia las 9 de la mañana, Jorge Valdano entró en Zaragoza con su coche. Llevaba la radio apagada. Se encontró con una ciudad totalmente caótica y, por un momento, Valdano creyó que Zaragoza era siempre así. Se dirigió a las oficinas del club en Requeté Aragonés -actual calle 5 de marzo- y se enteró de lo ocurrido muy cerca de allí: el hotel en el que él tenía que haber pasado la noche se encontraba envuelto en llamas. Valdano echó a correr hacia el Corona y, al llegar, contempló ese tipo de escenas que siempre parecen sacadas de una pesadilla o de una película de terror. Una imagen de esa espantosa mañana aún se le viene de vez en cuando: dos adolescentes bellísimas tiradas en el suelo, con las fosas nasales negras, muertas por intoxicación.

Muchos clientes del hotel, dominados por el pánico, se habían lanzado al vacío, como hacen los suicidas pero, en este caso, para tratar de salvar la vida. Uno de los que se habían arrojado por la ventana era Badiola pero Valdano no pudo dar con él. Por un momento, lo dieron por muerto pero, por fortuna, luego lo encontraron ingresado en un hospital.

78 muertos y 113 heridos. Ese fue el balance. Aquella noche, en el Corona, habían dormido altos cargos militares, el Marqués de Villaverde, Carmen Polo de Franco y su hija. No hacía ni cuatro años que había muerto el Caudillo y España vivía tiempos muy convulsos. Se sospechó enseguida que había sido un atentado terrorista -incluso una persona llamó al Heraldo de Aragón para reivindicarlo en nombre de ETA- pero manejar oficialmente esa hipótesis hubiera podido resultar fatal para la tierna democracia española. La versión del Gobierno fue que el incendio había nacido de forma accidental. Sin embargo, hace sólo unos meses, el Tribunal Supremo validó un informe que sostenía que el incendio fue provocado por "al menos tres personas, organizadas y adiestradas" y a las víctimas del incendio se les ha homologado con las víctimas del terrorismo. El pasado 12 de julio se cumplieron 35 años de aquello, una de las grandes catástrofes de la historia de Aragón.

Con el tiempo, Jorge Valdano se convirtió en Jorge Valdano. Mientras, Badiola vivió un calvario muy particular: regresó al fútbol pero nunca volvió a ser el mismo. Valdano recuerda que su amigo hacía cosas muy extrañas: un día, de repente, a la salida de un entrenamiento, pidió un taxi que lo llevara a Ondárroa, su pueblo. Pronto se tuvo que retirar y aún hoy padece las secuelas. Miguel Mena rastreó la peripecia de Badiola y la contó muy bien en el libro colectivo Cuentos a patadas. Mena escribe que la madre de Badiola le desveló que su hijo estaba muy gordo y andaba muy perdido.

Aquel jueves de julio Valdano, dentro del infierno del Corona, se debió sentir, secretamente, muy aliviado: menos mal que no viajé ayer a Zaragoza. Sin embargo, Jorge me confesó un día que entonces era demasiado joven para sacar conclusiones muy profundas alrededor del azar y el sentido de la vida. En el fondo pensó que él, sencillamente, era Supermán y que no le podían suceder cosas tan vulgares y humanas como la muerte.

El sábado 25 de marzo de 2006, Jorge Valdano tenía 50 años y hacía tiempo que había pasado a la historia del fútbol. Se encontraba en Ciudad de México y, ese día, se subió a un helicóptero. Al llegar a su fila comprobó que el asiento que le correspondía era el de enmedio, el más incómodo. Sin embargo, el joven al que le había tocado la ventanilla le cedió su asiento a Valdano y él se colocó en el de enmedio. El helicóptero despegó y, al rato, se desplomó. Valdano se rompió 30 costillas pero el chico que tan amablemente le había cambiado el asiento murió poco después en el hospital.

Valdano, entonces, estaba muy maduro como para que una experiencia como esa no le desatara todo tipo de reflexiones. En el instante en el que el helicóptero se descontroló Valdano pensó que, desde luego, aquello era el fin. Durante los segundos que duró la caída se le pasaron algunas cosas por la cabeza: por qué nadie me avisó que era hoy, con las cosas que no hice, con las cosas que no dije.

Luego, en el hospital, advirtió que él continuaba vivo mientras el chico de al lado, el que ocupó su asiento, había muerto. Pero Valdano se sintió de una manera muy diferente al jueves del Corona. Ahora ya no se creía Supermán. Ahora se veía como un ser muy vulnerable que, de nuevo, había sido tocado por una mano increíble que le había librado de la muerte. Era la segunda vez que el horror se había fijado en el chico de al lado. La buena estrella era esto.

Valdano admite que esa vivencia sí dio un vuelco a su manera de entender la vida. Desde ese día ha recolocado sus prioridades, ha elevado a lo más alto al mundo de los afectos, ha confirmado el fabuloso poderío del azar y ha potenciado su instinto para vivir el aquí y ahora: puesto que todo se puede ir al diablo en cualquier momento, exprimamos el momento.

Cualquiera nos podemos identificar con Valdano: tal vez todos en su lugar hubiéramos sentido idéntica fragilidad y melancolía, parecida determinación por tomarnos la vida de otra manera. Pero somos tan absurdos que necesitamos recibir estímulos brutales para reparar en cosas elementales: el supremo valor del querer, la importancia de no descuidar el presente. Nos enredamos a menudo en idioteces. Hasta que un ser querido muere o está cerca de hacerlo y entonces aprendemos de golpe a identificar las tonterías que nos inquietan y a distinguir lo que de verdad merece la pena. No hay nada como sentir el tufillo de la muerte para caer en la cuenta del insuperable privilegio de poder disfrutar de la vida.

Este artículo se publicó originalmente en el diario 'Heraldo de Aragón'.