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06/06/2012 22:20 CEST | Actualizado 06/08/2012 11:12 CEST

Contra la moda: Mujeres frías, hombres sudorosos

Por el bien de las relaciones hombre-mujer, cambiemos las modas. Yo, desde luego, me apunto al escote halter, que favorece un montón.

Soy muy consciente de que el título que encabeza estas líneas puede llevar a la confusión de creer que el tema de esta reflexión concierne a las relaciones horizontales de las parejas heterosexuales. Y de que, posiblemente por eso, está usted leyendo estas líneas. Siento decepcionar a los lectores que se hayan asomado aquí bajo el efecto de esa ilusión. Nada más lejos de mi intención que entrar en terrenos en los que, por respeto a la intimidad e inexperiencia personal, patinaría con toda seguridad. (Aunque nada asegura que no patine, y con varias piruetas, en cualquier otro tema que tenga la desfachatez de abordar).

Sin embargo, entre los muchos campos en los que se libran las batallas de la diferencia de género, casi siempre creados artificialmente, hay uno en concreto que nunca me deja indiferente: la moda.

Señalar a estas alturas que la moda nos ha sometido como seres sociales a torturas de todo tipo, a caprichos injustificables de los que apenas tardaremos una década en abominar después de habernos plegado a ellos no solo con fruición sino hasta con fanatismo, seguramente sería por un lado repetitivo y por otro inútil, ya que estamos diseñados para seguir repitiendo los errores y los horrores que la moda nos dicte. Así es la naturaleza humana.

Pero hace tiempo que me obsesiona un sindiós de la etiqueta que contribuye al desencuentro de los géneros y hasta a su enfrentamiento abierto. Consideremos la indumentaria que los usos y costumbres occidentales contemporáneas consideran de recibo en una "ocasión formal", es decir, desde una cena con el jefe a la boda de un familiar.

Para la mujer, un atuendo formal supone una variada gama de tejidos ligeros, vaporosos, semitransparentes. Escotes generosos en pecho y espalda, bañera, palabra de honor y otra serie de nombres sugerentes que describen diversos grados de exhibición dérmica. Hombros al aire, tirantes espagueti, aberturas en las faldas y escotillas de todo tipo para dejar que el aire y las miradas circulen libremente. Es decir, un nivel inmediatamente superior a la desnudez total. Perfecto. Hasta aquí todo bien. Me gusta la idea y secundo la moción sin reservas.

Pero ¿qué se le exige al varón en la misma situación? ¿Alguien se ha parado alguna vez a contar las capas de tejido que debe llevar un hombre vestido formalmente? Pues si no se les había ocurrido, o les da pereza, que lo comprendería, lo voy a hacer yo.

Dejemos por el momento la parte inferior del cuerpo, porque podría decirse que la ropa interior y el pantalón son equivalentes a la ropa interior femenina y la falda correspondiente, si bien al varón se le niega el privilegio de utilizar materiales fresco y ligeros.

Para la parte superior nada libra al hombre de llevar, como mínimo, camisa y chaqueta. La corbata puede ser opcional, aunque hemos visto demostraciones beligerantes x por parte de personas supuestamente progresistas de la importancia que se le puede dar a ese trozo de tela. En todo caso, contemos solo la camisa y la chaqueta. La camisa normalmente consta solo de una capa de tejido, en el supuesto de que no sea de esmoquin y lleve pechera, jaretas o cualquier otro perejileo. Pero, ¡ay!, la chaqueta... La chaqueta masculina lleva por lo menos el tejido exterior, la entretela que le da cuerpo y el forro. Además, hay que contar con los bolsillos interiores (dos capas más) y las hombreras (de guata, de gomaespuma... siempre bien calentitas).

Por si esto no ha hecho ya romper a sudar a los más duros corazones, quiero hacer un repaso de las capas que lleva el "varón formal" alrededor del cuello. El cuello de la camisa son dos capas de tejido y, en una camisa de vestir, para darle cuerpo, una de entretela. Pero además, el cuello va vuelto. O sea, el doble. Y lo mismo puede decirse del cuello de la americana. Tres capas y doblado. Seis capas de tejido alrededor del cuello. Si le añadimos la en ocasiones inevitable corbata, se suman otras tres. Nueve capas de tejido que pueden incluir la lana, la abrigadísima seda y el chisporroteante poliéster. ¡SOCORRO!

Todo esto contribuye a lo que yo llamo "el síndrome del varón acogotado" que se caracteriza por la falta de movilidad natural, un pliegue preocupante en el gañote x y una coloración facial que va pasando a lo largo de la velada del rosa encendido al granate congestionado. Si el evento incluye además comida abundante, bebidas de mayor o menor graduación, café, copa, puro y cha-cha-chá, el aspecto apoplético (y tal vez hasta la apoplejía misma) está garantizado.

Se comprenderá la profunda admiración que siento, y exijo a todos, por los hombres que son capaces de ir bien vestidos sin parecer que se están rustiendo en un horno de convección.

Y esta diferencia entre el atuendo formal de hombres y mujeres no es un tema banal, ya que tiene consecuencias serias. Es imposible que una pareja heterosexual (en el mundo gay es distinto. Todos se quitan la camiseta al mismo tiempo en un ejercicio de sincronización térmica admirable.) disfrute al mismo tiempo de la temperatura del lugar al que asisten juntos. He presenciado auténticas batallas campales entre hombres y mujeres por el nivel del aire acondicionado o de la calefacción y la defensa de las ventanas abiertas. Ellas (prácticamente desnudas) siempre heladas. Ellos (abrigados como para sobrevivir en la tundra) siempre acalorados. Ellos abriendo las ventanas desesperados. Ellas cerrándolas mientras se ciñen a los hombros un rectangulillo de tela, precioso eso sí, que no abriga más que un sello de cinco céntimos. Una y otra vez. Hasta que se llega a un inevitable deterioro de la relación que amarga el evento.

Por el bien de las relaciones hombre-mujer, cambiemos las modas. Yo, desde luego, me apunto al escote halter, que favorece un montón.