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26/05/2014 07:17 CEST | Actualizado 26/07/2014 11:12 CEST

'True Detective', Carcosa era sólo carcasa

Vistos y marinados los ocho episodios en formato antología que nos presenta la serie en esta temporada, mi sensación es la de haber saboreado una pipa excelentemente salada, que cuando la partí con los dientes resultó no ser más que una cáscara a la que le faltaba eso... La pipa.

Ahora que han pasado un par meses desde que aterrizara en las pantallas de la HBO considero que ha llegado el momento de hablar de True Detective. Sí, hoy toca otro comentario más que viene a unirse a los miles y miles de reseñas a cuenta de este drama policíaco-existencial creado por Nic Pizzolatto, bañado desde el minuto uno por críticas orgásmicas y que ha sido capaz de atraer a esos fans "forenses" (Jason Mittel dixit) más presto a diseccionar ficciones que transcurren en islas con osos polares al jardín de las delicias del cable premium. Pero, vistos y marinados los ocho episodios en formato antología que nos presenta la serie en esta temporada de debut, mi sensación es la de haber saboreado una pipa excelentemente salada, que cuando la partí con los dientes resultó no ser más que una cáscara a la que le faltaba eso... La pipa.

Como ya le ha ocurrido a otras tantas ficciones, el relato de True Detective coquetea con la complejidad narrativa y ésta le da calabazas. Cosas como construir una densa mitología en base a nutridas referencias intertextuales, esconder huevos de pascua o memes que se repiten a lo largo de los episodios, y romper la linealidad cronológica entrañan un riesgo mucho mayor que si se opta por formas de contar más tradicionales. Si estos mecanismos no encuentran un mínimo reflejo en la historia (y también en su resolución), todo el mérito que supone utilizarlos se inflama más rápido que el propio poliéster. Además de quedar al descubierto la dolorosa vacuidad del artificio y la pretenciosidad de la propuesta narrativa y humanística del guión.

Imagen promocional de True Detective. Foto: HBO.

Tanta estimulación filosófica y literaria con Nietzche, el nihilismo y Lovecraft, cortesía de un personaje tan intrigante como Rutin Cohle (Matthew McCounaghey en racha triunfadora), merecía algo más que una solución al misterio del asesino en serie y del culto satánico tan paradójicamente anticompleja, que raya en lo ordinario y facilón. Por mucho que el responsable de la serie (y espectadores y críticos convencidos) se escuden detrás del esto es otra cosa, o el ya clásico lo que vale es la relación entre los personajespara restarle importancia a la trama de investigación, el propio título de la serie, True Detective, ya dice mucho al respecto. Tal patinazo no es excusable en una ficción a la que, tras sólo cuatro episodios emitidos, ya se la estaba encumbrando al altar del canon de la HBO (!). Y, eso por no hacer mención a cuestiones irresolutas, disculpables en productos con varias temporadas como el caso de Voldemort, pero no en una producción desarrollada en un entorno cerrado como ésta.

Mucho se han ensalzado las aspiraciones novelísticas de la serie y el sello de autor que destila tanto a nivel visual como narrativo. El hecho de que Pizzolatto se encargue en solitario de completar todos los episodios no es en sí una novedad; estamos más que acostumbrados a ver ficciones británicas firmadas por una única pluma, pero es raro encontrarse con algo parecido al otro lado del charco. En True Detective se aprecian bastantes pinceladas de los beneficios que supone esta forma de encarar la producción de la narrativa, aunque naufraga a la hora de distribuir los pesos.

Según Pizzolatto, la historia de esta primera entrega se reparte en tres actos, el primero correspondiente a los tres primeros episodios; el segundo, a los capítulos cuatro a seis; y el tercero, a los episodios siete y ocho. Las cinco primeras horas de la serie se encuentran entre lo mejor del año, con unas conversaciones en el coche que presentan sin necesidad de apoyos la colisión de las personalidades de los dos agentes protagonistas: Cohle, un ser trágico atrapado en su propio hastío vital; y Marty Hart (un Woody Harrelson sublime en unas de las interpretaciones de su vida), un vitalista borracho esclavo de actitudes hipócritas. A partir de la sexta hora, no obstante, el relato se descompensa y cae en algún que otro truco de guión más trillado que el maíz para crear el conflicto por el cual los dos detectives han estado siete años sin dirigirse la palabra al principio de la serie. Lo que unido a unos personajes secundarios con la profundidad de un monigote (en las antípodas del tratamiento que le dan en The Good Wife, por mencionar el estándar de excelencia en estas lides) tampoco ayuda.

A nivel estético, se reproduce el mismo patrón. La labor tras la cámara de Cary Fukunaga (Jane Eyre, 2011) en todos y cada uno de los capítulos se hace presente, y mucho, en la calidad cinematográfica con la que captura la ya esteroetípica suciedad y decadencia de los parajes y habitantes del sureño estado de Louisiana. Un espacio podrido y asfixiante del que pocos pueden escapar. El comentadísimo plano secuencia de seis minutos del cuarto episodio puede que no aporte nada a la trama general, pero es un testimonio de que las cosas que se pueden hacer cuando la HBO es la que financia una serie.

La segunda temporada de True Detective ya está en marcha en medio de rumores de quién será la pareja de actores de Hollywood protagonista (suena desde Brad Pitt hasta un cartel encabezado por dos actrices), y con un silencio absoluto acerca de la historia que centrará la investigación del próximo año. Esperemos no todo se quede en una bonita carcasa barroca para envolver poco más que la nada. Por muy oscura que parezca.

Este artículo fue publicado originalmente en el blog de la autora Series a la parrilla.