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13/02/2013 08:21 CET | Actualizado 27/10/2015 18:35 CET

El (presunto) acosador sexual de Canal 9. Parte I.

EFE

Voy a contarles un cuento de terror. Los protagonistas de este relato son cuatro. Pero hay un montón de personajes secundarios, necesarios para entenderlo todo. El argumento es sórdido: tras años de (presuntas) vejaciones, acoso sexual, humillaciones, y ABUSO sexual en toda regla, tres periodistas de Canal 9, que después de aquello habían sido convertidas en tres despojos humanos, decidieron denunciar a su verdugo, que entonces era Secretario General de RTVV, Vicente Sanz. Hoy, las tres chicas están en la calle, víctimas del mismo ERE perverso y arbitrario que se ha llevado por delante a más de mil trabajadores. Y él, Sanz, está a la espera de juicio, procesado por tres delitos continuados de amenazas, acoso sexual y abuso sexual.

El cuento es tan largo, tan cruel, provoca tanto desasosiego, que voy a brindárselo en varias partes. Vamos primero con los protagonistas.

Vicente Sanz, en diez pasos:

1. El jefe de Recursos Humanos

Un personaje siniestro. Un tipo poderoso y egocéntrico que, tras ver truncada su carrera política en el PP valenciano (suya es la archifamosa frase "Yo estoy en política para forrarme"), llegó a la televisión autonómica por la puerta grande, tras el triunfo electoral de Eduardo Zaplana. Se instaló en su torre como jefe de Recursos Humanos y ordenó, cortó cabezas, maquinó, manipuló, colocó periodistas a su antojo, hizo favores, eliminó privilegios, organizó complots, sobrevivió a todas las zozobras políticas de dentro y fuera del ente. Tenía poder real, sí. Y si no lo tenía, hacía ver que sí lo tenía. Por eso le temían. Por eso los mediocres, los cobardes, los arribistas, se acercaban a él para congratularse, le reían las gracias, le consentían...

2. El rey de la casa

Reinaba como la reinona que era, con ese punto campechano y autoritario que suelen tener los malvados de manual, desde su despacho de la planta cuarta. A veces bajaba a la redacción. Con sus andares de mafioso sin estudios y su baja estatura, con las manos a la espalda o en los bolsillos, se paseaba por allí. Hacía comentarios lapidarios, como "aquí mando yo" o "el que me la hace me la paga", frivolizaba, confraternizaba...

3. El ojeador de mujeres

Pero sobre todo oteaba a las mujeres, a las recien llegadas y a las de siempre. Y, tras el casting visual, elegía. Y les entraba. Así, en plan gracia, en plan ju ju, ja ja.

Los hombres como él (igual que los maltratadores de todo tipo) suelen detectar a la primera a los perfiles de las mujeres que acabarán comiendo en su mano y las que no. Y con estas últimas, ni siquiera lo intentaba. A las demás las manipulaba primero y, tras diversos escarceos, finalmente las fagocitaba. En el sentido más oscuro y más cruel que puedan ustedes imaginar.

Yo le conocí cuando entré a trabajar en Canal 9. Recuerdo su mirada turbia y sus comentarios desafortunados, sus bromitas machistas, de pésimo gusto, sus frases groseras, convenientemente jaleadas, eso sí, por un buen puñado de gregarios sin criterio.

Hay una anécdota que lo define. En una ocasión, un periodista destacado de la cadena, muy combativo con el modelo de informativos manipulador, le estaba narrando lo mal que andaban las cosas en la cadena, la poca honestidad con la que se trabajaba. Sanz lo escuchó con una media sonrisa y le dijo: "Sí, sí, pero no me negarás que desde que estamos nosotros- en referencia a él y a otros directivos que desembarcaron en la cadena tras el triunfo electoral del PP-, el "ganado" ha mejorado muchísimo". El ganado era la larga lista de chicas que, algunas gracias a su intervención, había entrado a trabajar en la tele..

4. El filósofo

Tenía una frase mítica que era muy celebrada por sus acólitos. "Hay que ir por la vida con paso de buey, ojo de lince, diente de lobo y cara de bobo". Solía soltar aforismos así con frecuencia, epigramas de todo tipo, sobre la vida y la política en general y sobre las mujeres en particular.

5. El todopoderoso Tito Vicente

Tenía ciertos ramalazos de los obsesos sexuales, en la peor de las acepciones imaginables.

Tenía impunidad total para operar en su trabajo, con tanta gente obediente, sumisa y temerosa a su alrededor. Tenía la seguridad de que la tele era su feudo, de que nadie en el PP iba toserle nunca (máxima que, fuera o no cierta, circulaba como la pólvora en los pasillos de Canal 9). Su mujer, Ester Franco, sin aptitud concreta conocida era, es, diputada del PP en el Parlamento valenciano. A la cadena y a la radio, y al ente, llegaban a trabajar con frecuencia tipos y tipas enchufados por él, que se quedaban, tuvieran o no cualificación para ejercer ese trabajo. Ejemplo: El actual director de TVV, Luis Redondo, que entró en la cadena de su mano hará unos nueve años como auxiliar de producción, le llamaba padrino o Tito Vicente. Así, con camaradería...

6. La decadencia moral

Pocos años después de la llegada de Zaplana al poder, empezó la decadencia informativa en la que la cadena se instaló de inmediato. Llegó la famosa orden de no grabar su perfil izquierdo, la manipulación burda de la información, las defenestraciones de los periodistas incómodos, la llegada en masa de un relevo de profesionales más afines a la causa popular. El endeudamiento feroz. Los programas basura (que a nadie se le olvide que Canal 9 inventó Tómbola). La mala praxis de todo tipo. La llegada de inútiles y mercenarios a los puestos directivos. La necesidad de obedecer para no ser arrinconado.

Empezó una decrepitud moral sin la que jamás habría podido suceder un episodio tan penoso, tan grotesco, tan letal como el que les relato.

7. El hipersexual

Cuando las tres periodistas de esta historia se armaron del valor que ya no tenían y decidieron denunciarlo, en febrero de 2010, se supo que, antes que ellas y durante, otras tantas profesionales de la casa pasaron por su despacho de la cuarta planta de la cadena pública, -donde tuvieron lugar el 90 % de las vejaciones y los ABUSOS sexuales,- y se sometieron a sus caprichos de sátrapa, contra su voluntad. Perdón, que se me olvida, a tooooodoooo lo que digo, añadan, por favor, "presuntamente".

Subían a su despacho, tras una intensa, obsesiva e intolerable tarea de zapa, de acoso. Veamos.

8. El incansable

Tras ese oteamiento del que hablaba, Sanz escogía a sus presas. Empezaba el flirteo, las fantasmadas, las advertencias sobre su inmenso poder. Jugaba, bromeaba, era autoritario y campechano al tiempo. Podía hacerles creer que todo era un juego inocente, pícaro quizá, como de viejo verde (los 25 años de algunas de sus víctimas, frente a sus 60), pero sin más recorrido. Y cuando ellas ya habían asistido a algunas muestras fehacientes del poder que tenía, cuando ya, quizá habían traspasado sin apenas notarlo algún límite peligroso, zas, llegaba el zarpazo.

9. El autoritario

A veces bajaba a la redacción a buscar a sus chicas. Y las conminaba a subir a su despacho con cualquier excusa. Subían, sí... ¿Razones? Variadas y confusas. Personales, profesionales. A veces la orden (presuntamente) tenía lugar cuando las chicas ya estaban atrapadas en su tela soez y férrea. Si no subes, te despido. Si no te dejas, te hago la vida imposible. Sé dónde vives, dónde trabaja tu hermano. Hablaré con tu familia... Si no me dejas hacerlo, atente a las consecuencias. Ven y tócame, ven aquí que te toque. Ven, tienes que venir... Es mejor para tí que vengas...

E igual que cuando a una mujer maltratada le llega la primera bofetada, la mujer ha sido anulada previamente, a ellas les sucedía lo mismo. Subían anuladas a su despacho, anuladas accedían a sus peticiones intolerables, a sus chantajes, a sus manos sucias, a su juego sucio, a su boca sucia, a sus frases sucias...

10. El impune

¿Nunca pensó que podían pillarlo? ¿Cómo es que nunca dudó de su poder? ¿Pensó que iba a tener siempre cómplices? Un dato. A veces, ellas no respondían a sus llamadas insistentes e intentaban zafarse, apartarse, no acudir a las citas que él les exigía. En una ocasión una de ellas, ingresada en un hospital, tuvo que enviarle una foto del gotero para que la dejara en paz, puesto que él dudada de que fuera cierto. Pensaba que era otra excusa más para no acceder a sus caprichos de hombre perturbado.

Cuando tenía lugar ese ninguneo por parte de ellas, cuando no respondían a sus sms, ni a sus mails, ni a sus llamadas, asqueadas y asustadas como estaban, él acudía a su mesa de trabajo.

-¿Dónde está fulanita?, podía espetarle, con autoridad, al editor de una de las periodistas, al comprobar que la chica no estaba en su puesto.

-Aún no ha llegado, respondía aquel

-Dile que suba de inmediato a mi despacho en cuanto llegue, o bajaré yo a buscarla

La chica llegaba, el editor la conminaba a subir. Ella enmudecía, empalidecía, temblaba...y subía.

Hora y media más tarde bajaba, rota, con los ojos hinchados por el llanto de asco. Su editor lo notaba, sus compañeros también. Nadie preguntaba. Ella tampoco decía...

El cuento, duro y doloroso, seguirá en este blog mañana mismo (Puedes leer aquí la segunda parte de este artículo.)

LA NATURALEZA SÍ QUE SABE