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11/01/2014 10:04 CET | Actualizado 13/03/2014 10:12 CET

Ana, Pilar, 'la Belén'

Como hace ya algunos años bien escribiera Vicente Molina Foix, Ana Belén es de esas actrices que merecen calificarse con el artículo y su apellido, disfrutando así de un estatus del que sólo unas pocas son merecedoras. Lo vuelve a demostrar con más brillantez que nunca en 'Kathie y el hipopótamo'.

Como hace ya algunos años bien escribiera Vicente Molina Foix, Ana Belén es de esas actrices que merecen calificarse con el artículo y su apellido, disfrutando así de un estatus del que sólo unas pocas de las que pisan los escenarios son merecedoras. Es decir, la Belén hace tiempo que habita el olimpo reservado a esas actrices que son capaces de traspasar las tablas y llegar al espectador con el amplio abanico de registros que cabe en su presencia. Mucho más que meras componedoras de personajes, más bien animales de batallas y risas que seducen irremediablemente, que se crecen ante los focos aunque su cuerpo sea menudo, que irradian una luz incuestionable capaz de cegar incluso pero sobre todo de amansar la fiera que llevamos dentro.

La Belén lleva décadas demostrando que es una gran intérprete y que lo suyo, ya sea con el ropaje de unas canciones o de un personaje, es contar historias en el escenario. Ahora lo vuelve a demostrar con más brillantez que nunca en Kathie y el hipopótamo, el sugerente texto de Vargas Llosa felizmente prorrogado en las Naves del Español, ese espacio del Matadero Madrid en el que es posible multiplicar la magia del teatro. Con la inestimable ayuda de la ajustada y precisa dirección de Magüi Mira y de un reparto en estado de gracia, la madrileña de la calle del Oso vuelve a demostrar, para satisfacción de los que la admiramos y estupor de quienes la envidian, que pocas artistas como ella son capaces de meterse a la vez en la piel de tantas mujeres, de pasar del drama a la comedia sin sobresaltos, de mostrarse sucesivamente seductora, agresiva o tierna y, por supuesto, de cantar en francés como si estuviera ofreciéndonos un concierto íntimo.

Foto: Sergio Parra | Teatro Español.

La obra de Vargas Llosa nos ofrece el retrato de varios personajes y del fracaso de sus vidas, todo ello a partir del encuentro de la protagonista, Kathie Kennety, en una burhadilla en el París de los años 60 con el escritor fracasado (Gines García Milán) al que ha contratado para que le transcriba su novela de aventuras.

Sous le ciel du Paris. A través del diálogo que se establece entre estos dos personajes condenados a entenderse recorremos sus itinerarios vitales, sus frustrados matrimonios y sus amantes, los hijos y los sueños, los dolores callados y los principios maltrechos. Kathie es la típica burguesa que acaba siendo prisionera en una jaula de oro y que necesita de la ficción para vivir lo que ella mismo se fue negando. Marc, el escritor, es el prototipo de hombre idealista y romántico que acaba siendo tan rastrero como el más impresentable de los burgueses contra los que luchó en su juventud. Entre medias, el amor romántico como engaño y como cárcel, el sexo como pretexto animal, el "amor solidaridad" como subterfugio y la familia como álbum de mentiras. La vie en rose, el patriarcado y las mujeres sumisas, los celos y los amantes, el poder, la gloria, la soledad al fin. Las canciones que no se cantaron, las ideas que no se defendieron, tantas cosas que se traicionaron. Les feuilles mortes. Y el hipopótamo que parece una mala bestia y que sólo come insectos. Machitos venidos a menos frente a mujeres que les doblan en inteligencia. Y que pese a ello son mayoritariamente las víctimas de todas las batallas.

El magnífico juego que plantea la obra, con sus saltos en el tiempo, en las edades de los protagonistas, con personajes secundarios que se vuelven principales, estaría abocado al fracaso sin la mano firme de la directora del montaje y sin una actriz como la Belén que nos demuestra que lo suyo es puro teatro. Seducción de cómica y entrega de mujer perfeccionista, mirada de gacela turbadora y temblor de señora abandonada. Contemplarla, seguirla, emocionarse con ella, en la escasa distancia con la que el espectador del Matadero la disfruta, se convierte en una especie de viaje más allá del París de 1960. Es todo un recorrido sentimental por los fracasos del individuo y por la necesidad que tenemos de la ficción para compensar los vacíos que vamos acumulando. Porque tal vez esa sea la mayor lección de Kathie: la necesidad de la fantasía como salvavidas, como percha en la que colgar las lágrimas para que se sequen, como buhardilla en la que convertirnos en autores de nuestra propia novela. Todo ello desde la amargura que provoca irremediable la fugacidad de los días. Ne me quitte pas.

Este recorrido, en el que no falta el sentido del humor y la brillantez del lenguaje al que nos tiene acostumbrados Vargas Llosa, se convierte en una experiencia única porque la Belén la pilota con la maestría que dan muchos años de tablas y esa prodigiosa entrega que sólo es posible cuando la inspiración pilla trabajando. Llevo varias décadas siguiéndola y admirándola. Casi esclavo gozoso de sus piruetas. Un pez de ciudad sin isla en la que naufragar al que ella nunca ha dejado de pintar versos en su camisa blanca. Ay, la esperanza, tan complicada hoy pero siempre resucitada cuando escucho las canciones pequeñas que ella hace grandes. Por todo ello, y mucho más tras amarla-odiarla-admirarla-soñarla como Kathie, no me canso de contradecir la canción que Sabina le/nos regaló. Y así vuelvo y revuelvo al lugar donde siempre he sido feliz, y compruebo que El Dorado no es un champú, que a lo sumo es el champú que lava su cabello de estrella. Y no dejo de volver al patio de butacas, al filo de un escenario, a la salida de unos camerinos, donde siempre es un regalo encontrarse con esa comedianta que amo y admiro. Con Ana, con Pilar, la Belén.

Este artículo se publicó orginalmente en el blog del autor, Las horas.

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