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Ante la Cumbre progresista en Barcelona (GPM)

Ante la Cumbre progresista en Barcelona (GPM)

"La izquierda occidental debe erigirse en redentora, basándose en los criterios de racionalidad y democracia". 

El presidente de Brasil, Lula da Silva, en una imagen de archivo.
El presidente de Brasil, Lula da Silva, en una imagen de archivo.Adriano Machado

Los próximos 17 y18 de abril se celebrará en la Fira de Barcelona una cumbre progresista que, bajo el expresivo título «Global Progressive Mobilisation» (GPM), reunirá a la Internacional Socialista (IS), al Partido de los Socialistas Europeos (PES), a la Alianza Progresista y otras organizaciones del mismo signo como Democracia Siempre. Recientemente se celebró en la capital catalana una reunión de la ejecutiva federal del PSOE encabezada por los presidentes de Cataluña y el Estado, Illa y Sánchez, y orientada a conseguir el máximo respaldo a esta movilización, de la que se pretende obtener no solo la relevancia mediática que se merece por su envergadura, sino también y sobre todo una reflexión intelectual fácilmente inteligible para las clientelas políticas de la globalización, perplejas por la deriva de los acontecimientos. Cuando celebrábamos el fin de la guerra fría y el comienzo de una prometedora multilateralidad, unos personajes siniestros fuertemente armados —en realidad, son las dos principales potencias nucleares— han convertido el mundo en un inhóspito campo de batalla. Lo cual, en lugar de generar crecimiento y desarrollo que mejore las condiciones de vida de la gente, amenaza con extender la crisis y los desequilibrios, generando frustración, hambre y violencia.

La convocatoria es muy amplia y se espera que acudan numerosas personas de relevancia mundial, lo cual, aunque no asegura el éxito ni la eficacia del evento, permitirá que obtenga la resonancia que necesita en un mundo sobrecargado de mensajes y por lo tanto confuso y difícil de seducir y de desentrañar.

El momento de esta convocatoria es excepcionalmente oportuno porque, en primer lugar, a la vista está el terrible naufragio del populismo ultracapitalista, ligado a la ultraderecha europea, en la organización del mundo. Si, a partir del 9 de noviembre de 1989, pudimos empezar a soñar con el fin de la bipolaridad, de la política de bloques, y con la puesta a punto de una sociedad global bien organizada al amparo del derecho internacional, hoy estamos viendo como los viejos actores, Rusia y USA, se niegan a la racionalidad y ceden a la megalomanía. No es difícil de entender que el autócrata Putin se comporte como un risible dictador, pero ha sido una amarga sorpresa comprobar que también los Estados Unidos, la cuna de la moderna democracia, la nación más próspera y tecnológicamente más avanzada del mundo, haya cedido también al populismo, a un colonialismo decimonónico y al albur de un megalómano de opereta.

En segundo lugar, es patente que en el ámbito europeo la izquierda se ha centrado tanto que ya no es capaz de abordar con realismo los problemas concretos de los sectores sociales que se mantienen por debajo del nivel admisible de malestar.

En el momento actual, es fácil percibir ambas evidencias, que han adquirido perfiles gruesos y antiestéticos. El líder del mundo occidental, un potentado con malos antecedentes, sospechoso de vínculos mafiosos, que llegó por segunda vez al poder con un programa claramente introspectivo, nos ha embarcado absurdamente en una colosal guerra en Oriente Medio que está causando crecientes problemas a la economía global. No ha sido por sorpresa: este sujeto, en el primer año del cuatrienio, ya dio alas a Israel para que consumara su indecente genocidio (y ahora secunda la invasión del Líbano, la restauración de la pena de muerte, etc.); derrocó por la fuerza a la pareja presidencial venezolana, arrogándose facultades de gendarme mundial y de hacedor de leyes (y ello es así por más que Maduro y su esposa fueran unos ridículos y crueles aprendices de sátrapas, con un negro historial a las espaldas); quiso apropiarse de Groenlandia, se dispone a tomar posesión de la isla de Cuba y, para culminar por ahora esta secuencia de violentos despropósitos, ha declarado la guerra Irán, con las consecuencias que todos conocemos…. Estamos en camino hacia un despeñadero que aún no somos capaces de calibrar.

En estas circunstancias, la izquierda occidental debe erigirse en redentora, basándose en los criterios de racionalidad y democracia. Y ello ha de hacerse en las dos direcciones que marcan el binomio anterior:

Uno: de ningún modo se puede condescender con el infame presidente USA. Sánchez ha sido el abanderado europeo de esta propuesta obligatoria. Las bases españolas no pueden ser el soporte de una guerra ilegal y absurda, por muy fanáticos que fuesen los dirigentes del régimen iraní. Primero sonó la voz española de disconformidad, pero inmediatamente salieron a respaldarla la mayoría de las naciones europeas: Francia, Alemania, Italia, Reino Unido. Trump ha amenazado con abandonar la OTAN. Es igual: Europa, aunque mal acostumbrada, tiene capacidad para defenderse; y, sobre todo, para evitar guerras innecesarias mediante la diplomacia.

Y dos: ya es hora de que la socialdemocracia responda a sus principios y a sus promesas. Muy atrás han quedado las propuestas colectivistas y la dictadura del proletariado marxistas. La socialdemocracia es mucho más modesta y tan solo se compromete, además de a mantener los grandes servicios públicos, universales y gratuitos, a realizar una intervención mínima del mercado para asegurar que nadie descienda de determinado umbral en términos de felicidad, riqueza y bienestar.

En el caso español, la izquierda en el poder ha cumplido estas obligaciones con holgura, especialmente en los momentos más críticos como la pandemia. Pero hoy, en el aquí y el ahora, el gran problema nacional es la carestía de la vivienda, que la vuelve inasequible para las clases medias.

El problema tiene solución. Compleja pero solución al fin al cabo. Pasa por la prohibición de que las primeras viviendas san activos financieros sometidos a la especulación como si fueran acciones bancarias o lingotes de oro. Habría que nacionalizar los fondos de inversión inmobiliaria. Que recurrir a la colaboración público-privada para la rápida construcción —en menos de tres años— de un parque de viviendas públicas en alquiler que representen al menos el 10% del total. Finalmente, habría que reformar el sistema fiscal para que los pequeños inversores se deshicieran de las viviendas no entregadas al alquiler, gravadas por ello con impuestos elevados.

Un plan de esta naturaleza requiere amplio consenso y ha de ser cuidadosamente elaborado para que no deje víctimas imprevistas en el camino. Pero es urgente acometerlo para que la sociedad recupere la normalidad.

Si la socialdemocracia se demuestra eficaz en estas lides, recuperará el papel que tuvo en las últimas décadas del pasado siglo. Y ello será en beneficio de una sociedad alienada que debe recuperar, con la ilusión perdida, el apego a los grandes valores democráticos y humanitarios que la derecha neoliberal ha arrojado hace tiempo al pozo negro.

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Mallorquín, de Palma de Mallorca, y ascendencia ampurdanesa. Vive en Madrid.

 

Antonio Papell es ingeniero de Caminos, Canales y Puertos del Estado, por oposición. En la Transición, fue director general de Difusión Cultural en el Ministerio de Cultura y vocal asesor de varios ministros y del Gabinete de Adolfo Suárez. Ha sido durante más de dos décadas Director de Publicaciones de la Agencia Española de Cooperación Internacional (Ministerio de Asuntos Exteriores y de Cooperación). Entre 2012 y 2020 ha sido Director de Comunicación del Colegio de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos y director de la centenaria Revista de Obras Públicas, cuyo consejo estuvo presidido en esta etapa por Miguel Aguiló. Patrono de la Fundación Caminos hasta 2024, en la actualidad es asesor de la Fundación. Ha sido durante varios años codirector del Foro Global de la Ingeniería y Obras Públicas que se celebra anualmente en colaboración con la Universidad Internacional Menéndez y Pelayo en Santander.

 

Fue articulista de la agencia de prensa Colpisa desde los años setenta, con Manu Leguineche; editorialista de Diario 16 entre 1981 y 1989, editorialista y articulista del grupo Vocento desde 1989 hasta el 2021; y después de unos meses como articulista del Grupo Prensa Ibérica, es articulista del Huffington Post. También publica asiduamente en el diario mallorquín Última Hora. Ha sido colaborador del Diario de Barcelona, El País, La Vanguardia, El Periódico, Diario de Mallorca, etc. Ha participado y/o participa como analista político en TVE, RNE, Cuatro, Punto Radio, Cope, TV de Castilla-La Mancha, La Sexta, Telemadrid, etc. Ha sido director adjunto de “El Noticiero de las Ideas”, revista de pensamiento de Vocento. Ha publicado varias novelas y diversos ensayos políticos; el último de ellos, “Elogio de la Transición”, Foca/Akal, 2016.

 

Asimismo, ha publicado para la Ed. Deusto (Planeta) sendas biografías profesionales de los ingenieros de Caminos Juan Miguel Villar Mir y José Luis Manzanares. También es autor de un gran libro conmemorativo sobre el Real Madrid: “Real Madrid, C.F.: El mejor del mundo” (Edit. Global Institute).

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