Apología de la buena gente
Ser bueno hoy, es ir contracorriente. Y precisamente por eso, quizá, es más necesario que nunca.

Esta semana medio mundo se fue a dormir con un ojo abierto. Bastó una amenaza a golpe de tuit para que la sombra de la destrucción total se colase por debajo de la puerta. Otra vez el fantasma nuclear, otra vez la sensación de que todo pende de un hilo demasiado fino. Y mientras tanto, nosotros, intentando conciliar el sueño con el runrún de fondo propio de una época que parece haber normalizado lo inaceptable.
Ser mala gente está de moda. La crueldad cotiza al alza, la falta de escrúpulos se premia y la capacidad de pasar por encima de quien haga falta se vende como virtud. Nos repiten que para llegar lejos hay que endurecerse, que la empatía es una debilidad y la bondad cosas de ingenuos. Ahí están los ejemplos: líderes despiadados, decisiones inhumanas justificadas en nombre de intereses superiores, éxitos construidos sobre el daño ajeno.
Enciendes la tele y ves a gente mala haciendo cosas malas. Abres los periódicos y ves a gente sufriendo las consecuencias. Es un bucle casi perfecto: el mal actúa, ocupa espacio, marca el ritmo. Y desliza una idea peligrosa: solo te irá bien si te sumas. Igual que la ola reaccionaria cala en nuestra mirada y en nuestros pensamientos, la expansión del malismo supone un reclamo para pisar al de al lado o ignorar lo que le pasa sin detenernos en las consecuencias de nuestros actos. Existe todo un sistema de incentivos para ser mala gente o, al menos, parecerlo.
Es verdad que, visto así, entran ganas de rendirse un poco. De coger el móvil, perderse en un scroll infinito y no salir del sofá. De blindarse, de dejar de sentir. Pero no todo es así. Incluso en medio del ruido, hay pequeñas grietas por donde se cuela la luz.
En la ficción, saturada de mundos postapocalípticos, clanes de desalmados y villanos omnipresentes, aparecen historias que apuestan por otra cosa. Relatos donde la decencia no es una rareza, la bondad no se ridiculiza y donde aún hay espacio para la ternura y la dignidad. Una de esos pequeños destellos es The Pitt, la serie que nos muestra un turno en el servicio de urgencias del hospital ficticio Pittsburgh Trauma Medical. En ese marco, trepidante y aparentemente sencillo, nos recuerda algo esencial: cuatro gestos básicos, casi infantiles pero profundamente transformadores. Decir más "te quiero", dar más las gracias, pedir perdón y perdonar. Cuatro pilares sencillos que tienen la capacidad de reordenar la vida cotidiana. No cambian el mundo de golpe pero sí algo más decisivo: la forma en la que lo habitamos.
La bondad no significa perfección. No consiste en no equivocarse, ni en vivir una especie de pureza moral inalcanzable. Eso se lo dejamos a los ángeles. La bondad es el intento honesto de hacer las cosas bien y, cuando no salen, pues la voluntad de arreglarlas. Es la versión civil de ese viejo principio médico de no hacer daño (primum non nocere). Es ampliar el foco, mirar más allá de uno mismo y entender que incluso los gestos más pequeños tienen impacto en la vida de los otros. Y que eso importa.
Ser bueno es, en el fondo, prestar atención. Creer que, en ese margen limitado en el que podemos influir, merece la pena intentarlo. Es una llamada inesperada, un saludo al vecino, un sacar tiempo para ver a alguien que está flojito o una conversación que se alarga un poco más de lo previsto. Es arrancar una sonrisa, valiosísima en estos días grises que vivimos o, al menos, evitar que alguien se vaya a dormir un poco más roto.
Todo esto se tacha a menudo de cursi, de ingenuo. De irrelevante. Nos dicen que no hay tiempo, que bastante tenemos con lo nuestro, que preocuparse por el prójimo es un lujo que ya no nos podemos permitir. Pero no es verdad. Eso es una coartada. Una mentira cómoda para justificar la indiferencia.
En el mundo real, lejos de los focos, hay gente que no se deja arrastrar por el “sálvese quien pueda”. Personas que se resisten a que las pasiones tristes les marquen el paso. No hacen ruido, no ocupan portadas pero sostienen lo cotidiano. Son quienes, a pesar de todo, mantienen el mundo en pie. Quienes lo hacen un poco más amable, más humano, menos raro.
Quizá por eso toca decirlo sin ironía y sin complejos, hacer una apología radical de la buena gente. Reivindicar a quienes apuestan por el entusiasmo frente al cinismo y por la esperanza frente a la resignación. A quienes dedican más tiempo a tender manos que a cerrar puertas. Reivindicar la bondad no como un adorno moral, sino como una forma de estar en el mundo,
La apuesta es simple: elegir la bondad, apostar por la empatía. Entender que cuidar -aunque sea un poco, aunque sea a ratos- también es una forma de resistencia. En una sociedad que premia el individualismo, la compasión roza lo subversivo.
Ser bueno hoy, es ir contracorriente. Y precisamente por eso, quizá, es más necesario que nunca.
