El 23-F fue lo que parecía
"Juan Carlos había de saber que cualquier condescendencia con la vieja guardia franquista le acabaría costando a la larga el trono".

La desclasificación de la documentación secreta sobre el 23-F, inexplicablemente postergada durante 45 años, ha permitido confirmar que, como bien había intuido Javier Cercas en su “Anatomía de un instante” de 2009, no había habido en el suceso ni conspiraciones ocultas, ni maquiavélicos preparativos, ni complicidades malignas, ni una traición pérfida de la monarquía restaurada… Las cosas fueron, básicamente, como parecieron: de una parte, el golpe se basó en la grosera resistencia de un grupo de militarotes curtidos en la guerra civil y en la División Azul, que se negaban a entregar el poder -más simbólico que real- que habían ostentado en vida del dictador, en premio a la victoria obtenida en la guerra civil. De otra parte, aquella ocasión confusa alentó a los más ambiciosos, y muy especialmente al general Armada, a conspirar para cumplir el enfermizo sueño de su vida: alcanzar el poder real, hacer del sable del generalato un símbolo autoritario de su jerarquía absoluta. En este caso, lo brutal del personaje se combinaba con lo melifluo y lo anodino.
Los numerosísimos análisis de la Transición coinciden en afirmar una evidencia que todos quienes fuimos transeúntes en aquella etapa podemos certificar: existía en la sociedad española un afán muy visible de reencuentro y reconciliación, después de cuatro décadas de interminable posguerra civil, y la inmensa mayoría de ciudadanos anhelaba subirse al tren europeo, que hacía décadas que nos había dejado atrás. La sociedad no era en absoluto monárquica pero tampoco republicana, y de lo que se trataba era de lograr, con pragmatismo, integrar a todos en un proyecto común y emular a los países de nuestro entorno en los que el sistema democrático era, ante todo, un método de resolución de conflictos. Juan Carlos había sido entronizado con este discurso, y por lo tanto gozaba de la simpatía de una mayoría de electores y del contexto internacional.
El principal bulo que se hizo correr después de aquel 23-F era el de que el rey estaba involucrado en la cuartelada, y tan solo salió a defender la Constitución una vez que vio que los apoyos militares y civiles para consumar el golpe eran insuficientes. A favor de esta tesis influyó cierta frivolidad crónica de Juan Carlos, quien se cuidó de esparcir a los cuatro vientos su desagrado con Adolfo Suárez cuando ya este había encarrilado la transición mediante la Ley para la Reforma Política y las elecciones generales de 1977 (constituyentes) y 1979 (de estreno constitucional. Una vez consumada la reforma y promulgada la Constitución, Suárez se emancipó en efecto de la estricta tutela regia, y el monarca debió sentirse desubicado, creándose una especie de vacío de poder que deslumbró a Armada y acentuó el malestar de los militares más duros que no habían perdonado al presidente del gobierno la legalización del PCE, la bestia negra de los habitantes de los cuarteles.
La tesis de que la sublevación había podido ser en realidad un autogolpe era poco creíble por una razón bien obvia: doña Sofía de Grecia, esposa del monarca, vivió de cerca el destronamiento de su hermano Constantino de Grecia precisamente por haberse puesto en manos de los golpistas militares. Juan Carlos había de saber que cualquier condescendencia con la vieja guardia franquista le acabaría costando a la larga el trono, y para siempre, entre otras razones porque la flamante Europa democrática haría un vacío insoportable a semejante opción tercermundista.
Ahora se confirma no solo que Juan Carlos era un buen analista y que había optado sinceramente por ser un rey constitucional -es decir, de renunciar al poder a cambio de influencia-, sino también que era un buen estratega: manejó bien los tiempos del golpe, las presiones a los generales levantiscos -con Miláns del Bosch en primer lugar-. Después, ya con Calvo-Sotelo en el Gobierno, el joven sistema establecido abordó con precisión y tino la depuración final de responsabilidades. Gracias al buen tino regio, el 23-F afirmó definitivamente el régimen y nos vacunó contra futuras tentativas golpistas.
Todas estas cosas las sabíamos los ciudadanos cuando la Corona pasaba por sus mejores momentos de popularidad en los años 80 y 90 del pasado siglo. Aunque el aprecio que consiguió el rey por aquel servicio a la patria fue malbaratado por el propio Monarca, que no supo resistirse a llevar a la práctica aquel tópico tentador de “vivir como un rey”. Don Juan Carlos de Borbón perdió la noción de los límites que le imponía su posición y pasó lo que pasó, que a punto estuvo de arruinar su institución.
Felizmente, su hijo, Felipe de Borbón, que tuvo el acierto de desposarse con una mujer que ha demostrado su capacidad de representar e interpretar a la mayoría social, ha sabido resolver la fractura y reanudar su vínculo con la ciudadanía. No cabe duda de que la confirmación de que don Juan Carlos era un mujeriego y un golfo pero no un felón golpista ayudará a colocar el relato de toda esta ápoca en el lugar adecuado. La autobiografía de don Juan Carlos, recién publicada, cubre en cierto modo los vacíos innombrables que ha habido que llenar, e impulsa la evidencia de que el mal está restañado porque la Corona es ahora manejada con el debido respeto y la inteligencia constructiva que requiere. Todo ello sitúa a este país en una situación histórica correcta. Ahora solo fala que atinemos a la hora de marginar y aislar a los extremistas radicales que parecen anhelar, extemporánea e irresponsablemente, que la historia se repita.
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