'El caballero de Olmedo', cuando el Siglo de Oro se hace romántico
La nueva producción de la CNTC potencia el sesgo romántico de 'El caballero de Olmedo' frente a su procedencia barroca.
Hubo mucho debate y decepción entre los profesionales del periodismo cultural y la crítica teatral al finalizar el estreno de El caballero de Olmedo de Lope de Vega en el Festival de Almagro. Las expectativas con las que se entraba al Teatro Adolfo Marsillach eran altas. Ya que se trata de una producción de la Compañía de Nacional de Teatro Clásico (CNTC), con la que celebrar sus cuarenta años de creación.
Dirige Laila Ripoll, que es la actual directora artística de la compañía. Y, también, que el año pasado esta misma compañía estrenó, para inaugurar el festival, una exitosa y muy bien recibida producción de Fuenteovejuna. Pero esta vez, la trágica historia de un caballero procedente de Olmedo que en su visita a Medina se enamora a primera vista de una joven local que tiene un pretendiente mediense, no parece funcionar.
El problema no está en la adaptación, pues los versos de Lope y la trama se mantienen. Aunque es cierto, que no siempre está afinada la forma de decir el verso. Hay veces en las que se recurre más a mantener su musicalidad que hacerlos sonar en función de su contenido, finalizan algo bruscos o aparentan tropezar.
Tampoco falla la parte escenográfica, sencilla pero adecuada a una propuesta que pretende ser romántica y situar la acción en el siglo XIX. Como no falla el vestuario. Ambas se mantienen fiel al color y la iluminación los cuadros románticos de, por ejemplo, el socorrido Caspar David Friedrich.
A la vez que en proscenio se usa un telón de gasa sobre el que se proyectan videos que funcionan para darle esa atmósfera oscura y de película de fantasmas sin llegar a usar una imaginería gótica florida.
Ni se debe al choque entre la experiencia de los actores más veteranos frente a la potencia o energía de los más jóvenes. No se produce. A pesar de que destaque el talento de Arantxa Aranguren como la alcahueta Fabia y de David Lorente como el criado Tello. A ambos les tocan los personajes cómicos de la función, los que hacen reír al personal en este drama y cosechar, por tanto, más aplausos.
Quizás sea difícil identificar qué es lo que hace que a medida que pasa la función lo que ocurre en escena deje de interesar al público, al menos al profesional, porque nada está mal y hay momentos que están bien. Sobre todo, los cómicos y en los que participa casi todo el elenco, como el de la corrida.
Como no se puede objetar el espacio sonoro ni la música, que se usa con mucha sutileza en la mayor parte de la obra, como si fueran una presencia, excepto en esos momentos que se le exige protagonismo.
Todos esos elementos, bien pensados, ejecutados y colocados, en contraste con el resultado desarma el aparato crítico y a la crítica. Pues siendo capaz de apreciar lo primero no sabe cómo se produce lo segundo. Lo que provoca muchas preguntas.
La más clara es: ¿tiene que ver con la forma romántica con la que se ha pensado esta producción? Una idea nada loca, pues cada vez más estudiosos piensan que esta obra es profundamente romántica, adelantándose a una época que vendría mucho después. Ya que presenta a un hombre que lucha para conseguir lo que quiere, aunque sepa que es una lucha que seguramente va a perder.
Y, es que el amor entre los dos protagonistas, aunque correspondido, encuentra muchas dificultades en su entorno que le hacen parecer un amor romántico, por su imposibilidad de hacerlo posible a la vez que intentan consumarlo.
Siendo la dificultad más importante, que Don Alonso quiere ligar en Medina cuando él es de Olmedo, algo inaceptable pues se pensaba, y tal vez se piensa hoy en día, que las mujeres de un pueblo son propiedad de los propios de ese pueblo, para ser desposadas por sus paisanos y no por forasteros que se las podrían llevar.
Claro que el amor va por libre. Don Alonso se enamora de Inés nada más verla y viceversa. Momento en el que ella descarta a Don Rodrigo, el molesto pretendiente de Medina, aunque sea este candidato el que tiene el beneplácito paterno.
Pero ¿qué pasaría si se cambiase de paradigma a la hora de interpretarlo? ¿Si se leyese El caballero de Olmedo en los términos que pide, por ejemplo, la exitosa última versión cinematográfica de Cumbres Borrascosas dirigida por Emerald Fennell que ha cambiado la visión de Heatcliff, uno de sus protagonistas?.
¿Si se tratase la obra de teatro como una novela decimonónica, romántica, de una fuerte influencia inglesa y se leyese con la perspectiva actual con la que se lee a las hermanas Brontë o Jane Austen, pasándola de la meseta castellana a los neblinosos páramos británicos? ¿Cómo sucedería la tragedia? ¿Se parecería a la que se ve en esta versión?
Se plantea así un interesante debate, difícil de resolver al tratarse de tradiciones distintas. Lo que sí es cierto es que hubo bravos del público que se levantó a aplaudir. Y cuando se iba vaciando el teatro, se oía desde tras del telón la alegría del elenco y el equipo artístico, es de suponer que por la respuesta que recibieron del respetable al trágico drama romántico que habían puesto en pie sobre el escenario.