La caída de los dioses
"Zapatero es y seguirá siendo el espíritu abierto que ha dado a la izquierda contemporánea su impulso liberal y solidario más moderno"
Los progresistas de algunas generaciones españolas, la mía entre ellas, que hemos asistido de adultos a todo el trayecto recorrido por la democracia española desde su erección a la muerte del dictador, hemos consagrado como referentes indiscutibles a unos pocos líderes laicos que han permanecido largo tiempo por encima del bien y del mal. En España, Felipe González tuvo el mérito fundacional, pero el personaje que cargó de contenido a la nueva izquierda fue Rodríguez Zapatero, un hombre con sensibilidad social bien entrañada que implementó la lucha contra la violencia de género, naturalizó a la comunidad LGTBIQ+ ¬-- institucionalizó el matrimonio homosexual¬ , promulgó la ley de Dependencia cuarto pilar del Estado de Bienestar--, renovó el Estatuto de Cataluña y de otras comunidades para federalizar España y poner fin a las tensiones centrífugas de antaño, organizó la memoria histórica para clausurar la apología de la dictadura y promover un reencuentro democrático, y, finalmente, acabó con ETA por medios estrictamente policiales sin la menor cesión a la banda armada. Se comprende que estas proezas hayan irritado tanto a la derecha democrática como a la otra y que sus prosélitos se dediquen a la denostación del personaje, hoy en dificultades, como si los españoles no tuviéramos discernimiento ni memoria.
La “investigación” a que se halla sometido Zapatero --figura que indica que el juez ha encontrado en su conducta indicios racionales de criminalidad-- ha puesto en entredicho la integridad moral del personaje, sobre el que es de ley que recaiga todavía la presunción de inocencia, como es obvio. Muchos mantenemos la confianza íntegra en la inocencia del expresidente, pero tardaremos seguramente años en despejar las sombras judiciales que se ciernen sobre él, dada la lentitud patológica de nuestro aparato judicial. Pero este no es el debate pertinente ahora, cuando quienes fueron sus enemigos aprovechan la coyuntura para intentar desacreditar su obra. Sí es el momento de decir con claridad que, sea lo que sea que nos depare el futuro, Zapatero pasará a la historia como un gran presidente, que encabezó y materializó un reformismo socialdemócrata que ha sido de gran utilidad para situar a nuestro país en la cabecera de la historia de Europa.
Por recurrir, en fin, al modelo clásico, la caída a tierra del dios, todavía en el Olimpo, si llegara a producirse, no alcanzaría a su huella ni a sus enseñanzas. Zapatero es y seguirá siendo el espíritu abierto que ha dado a la izquierda contemporánea su impulso liberal y solidario más moderno, exprimiendo la democracia en beneficio del hombre hasta las últimas consecuencias.
No abundan en política los modelos que suscitan admiración y son tomados como referente cuando aún están con vida. Otro de ellos, también en ciertas dificultades estos días --dificultades estéticas en su caso--, es Barack Obama, el presidente demócrata de los Estados Unidos entre 2009 y 2017. Varios medios americanos -entre ellos el The Wall Street Journal- destacan (y critican con razón) lo que tiene de sobredimensionado y faraónico el Centro Presidencial Obama en el Sur de Chicago que se está inaugurando. Una construcción que comenzó siendo una biblioteca se ha convertido en un colosal monumento de 850 millones de dólares, con cuatro grandes edificios y --lo que es más llamativo-- un gran monolito enhiesto, “una torre cuadrangular facetada, revestida de granito gris y que se eleva 68 metros hasta su cima plana. Aquí y allá, se aprecian fragmentos angulares que parecen haber sido cincelados, como si hubieran sido golpeados por un mazo gigante. Su monumentalidad es innegable. Es a la vez colosal, altiva y, en última instancia, inescrutable, como debe ser un gran monumento. La pregunta es si, en primer lugar, debería haber sido un monumento…”, escribe TWSJ.
En junio de 2016, el estudio Tod Williams Billie Tsien Architects fue designado para diseñar el edificio en Jackson Park, en el lado sur de Chicago , donde Barack Obama comenzó su carrera política como organizador comunitario. «Su presidencia fue icónica», ha declarado Williams; «se merece un edificio icónico». Y lo es, en efecto: con la idea de que estaban diseñando una biblioteca, los arquitectos se pusieron primero a esbozar una que estaría integrada en la ladera de una colina, preservando el carácter natural del paisaje.
Peor a poco cambiaron los planes iniciales: la primera innovación fue prescindir de la idea de crear un único edificio. Cuatro edificios independientes se extenderían a ambos lados del terreno: un museo; un foro con auditorio y restaurantes; una sucursal de la biblioteca pública; y un «Home Court», un espacio deportivo y para eventos de 5.574 metros cuadrados; sería en fin una comunidad de edificios que responderían a «múltiples aspiraciones», según declaró alguno de sus promotores. Las construcciones se dispondrían en una progresión continua desde el paisaje natural en el extremo inferior del terreno hasta la formalidad cívica y urbana en el norte, culminando en la torre del museo.
La versión original del monolito era tosca y rechoncha, más un pedestal que una torre. En el proceso, se fue haciendo más alta y delgada, tensa y equilibrada. Pero ya no hay vestigio alguno de museo, un tipo de edificio que no encaja del todo bien en una torre. Las escaleras y los ascensores ocupan un porcentaje mayor de la superficie que en un edificio horizontal. Los ascensores se han vuelto indispensables y se hallan constantemente abarrotados para permitir el paso en vertical de miles de visitantes. El ambiente de los espacios es intencionadamente reverente, y la iluminación tenue invita a hablar en voz baja. Sin embargo, en última instancia, lo que realmente atrae al público es la réplica del Despacho Oval, donde los visitantes pueden fotografiarse. Al cabo, el discreto Obama poseerá un gran y desproporcionado monumento dedicado a su memoria, colmando unas aspiraciones que se entenderían en Trump pero no en los grandes presidentes demócratas de la historia. Pero al parecer Obama no ha tenido fuerza bastante para echar algún adarme de racionalidad en el desmesurado y desaforado homenaje arquitectónico que no le describe en absoluto.
La izquierda también tiene tentaciones megalómanas y a veces cae en ellas. Mitterrand, el apóstol del socialismo francés, el escritor sutil que nos dejó como legado “L’abeille et l’architecte”, ha pasado a la historia por la Pirámide del Louvre, el gran arco de la Défense, la Biblioteca Nacional de Francia a orillas del Sena, la Ópera de la Bastilla, el Ministerio de Economía y Finanzas (Bercy) también junto al Sena y el Instituto del Mundo Árabe (IMA)…
Y llego al fin adonde quería: el legado de los políticos debe incluir exclusivamente su bagaje intelectual. Todo lo demás, los rasgos de su biografía y su mayor o menor ejemplaridad, son anecdóticos añadidos que no mejoran ni desvirtúan al personaje. Así, por ejemplo, la derecha pierde el tiempo criticando hasta extremos nauseabundos las supuestas debilidades de Zapatero. La caída de los dioses –y Zapatero lo es en la España política—no mermas un ápice su legado político e intelectual. Lo demás, las flaquezas y las heroicidades, tan solo son notas a pie de página.