La velocidad del sonido (331 m/s)', la normalidad de la excepcionalidad
Opinión
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La velocidad del sonido (331 m/s)', la normalidad de la excepcionalidad

Una comedia sobre los retos a los que tiene que enfrentarse tanto un adolescente con un trastorno del espectro autista como su entorno.

Tonín jugando con Yuri GagarinSusana Martín

La Belloch Teatro se alía de nuevo con el dramaturgo Manuel Benito y con el director Julio Provencio para poner en pie La velocidad del sonido (331 m/s) cuyo estreno absoluto ha tenido lugar en Teatro del Barrio. Segunda parte de la exitosa obra 337 km que lleva más de quinientas representaciones en toda España. Pocas producciones actuales han tenido una gira tan larga, y menos tratando un tema tan específico como el impacto del trastorno del aspecto autista tanto en el chaval que lo tiene como en su familia y su entorno de proximidad.

Aunque no es necesario haber visto la primera parte para disfrutar de la segunda, se recuerda que en la historia anterior una madre divorciada que ha criado prácticamente sola a un hijo con autismo, se lo tiene que dejar por cuestiones laborales unos días a su padre. Un exmarido que se ha desatendido de la crianza y los cuidados del hijo.

Como cualquiera se puede imaginar, al padre le trae problemas. No conoce a su hijo. Cosas tan evidentes como la obsesión del niño con el espacio y con ser astronauta como Yuri Gagarin. Y, lo que es peor, desconoce sus necesidades específicas y como tratarlas. Pero lo mismo que le trae problemas, le implica cambios. Y, sin desvelar nada, esos cambios también acaban teniendo un impacto positivo en su vida, a solucionarle aspectos que le son importantes.

Pues bien, en esta nueva entrega, el chaval ha crecido. Va a comenzar la Educación Superior Obligatoria (ESO). Y tiene que cambiar de insti. De nuevo cambios. Para él, para los adultos que le rodean y que le cuidaron hasta ahora, y para las nuevas personas que va a conocer.

Son esos cambios los que se exploran en esta obra. El insti está más lejos y tendrá que coger el metro. Los compañeros nuevos ven en él a alguien diferente y eso le pone en riesgo de bullying. Como adolescente, es reticente a la limpieza. También a contar lo que le pasa, pues cree que ya es mayor y tiene que resolver sus temas por sí mismo con ayuda de la inteligencia artificial. Y los adultos, sobre todo los más cercanos y los que tienen un vínculo emocional o profesional más fuerte con él, se encuentran descolocados y no saben cómo actuar.

  Cartel de La velocidad del sonido

Sí, tiene un trastorno del espectro autista, pero muchos padres y madres, al leer la sinopsis anterior, pensarán que se está hablando de sus hijos preadolescentes o adolescentes, que no tienen esta condición. Pero es que esta es la sabiduría con la que está escrito y puesto en escena. La de la normalidad de la excepcionalidad que permitirá al público verse y entenderse como familia o adultos con adolescentes, independientemente del espectro autista. Reconocer las dificultades para seguir cuidándolos, porque lo que habían hecho hasta ahora, ya no sirve, incluso puede empeorar una relación y conseguir el efecto contrario al perseguido. A estas edades, ya han dejado de ser niños, sin dejar de serlo del todo.

A lo que se añade un tono de comedia amable. Como la de las teleseries familiares que casi han desaparecido de la parrilla televisiva pero que fueron muy populares en su momento. Aunque conociendo la trayectoria de Manuel Benito, su autor, es bastante probable que vaya más por el lado de la comedia italiana de autores como Eduardo de Filippo, dramaturgo que se sigue reivindicando de una u otra manera por los grandes popes del teatro europeo.

Un texto que está bien, al que acompaña una buena e inteligente puesta en escena para que la multitud de personajes que tiene pueda estar hecha por un elenco de tres actores. Y uno bloqueado porque es el protagonista, Tonín, al que Néstor Goenaga vuelve a darle la humanidad que necesita en su diversidad de repetición de respuestas, formas de enfadarse, de moverse en un mundo que no sabe cómo acercarse a él. Sí, a pesar de que lleva mucho tiempo representándolo, sigue cargando de especificidad y frescura a su personaje evitando la caricatura y los clichés.

Eso hace que el resto de los personajes recaigan en los otros dos actores: Laura Cortón y Clemente García. Los que tienen que hacer con un mínimo cambio de vestuario a veces a todo meter, personajes que van desde los compañeros del colegio al abuelo, pasando por la madre, el padre, y sus respectivas nuevas parejas, educadores y gestores de las políticas educativas, y adultos que el protagonista se encontrará en la vida. Cosas que hacen con la fluidez, la competencia y la rapidez para que el interés sobre lo que pasa en escena no decaiga, en una escenografía sencilla que lo mismo vale para un aula, que, para un mercado, para el dormitorio de un adolescente, los campos de antenas de Robledo de Chavela o un despacho de la Consejería de Educación correspondiente.

Porque esta obra no olvida explorar los distintos ámbitos en los que el protagonista tendrá que aprender a desenvolverse y las barreras internas, propias, y externas que se va a encontrar. Muchos aspectos que nunca dan la sensación de acumulación ni de obligación de pasar por ellos. Pero que si no estuvieran si que podría pensarse que los están escamoteando, incluso, obviando aspectos espinosos que tocan como por ejemplo, la polarización política con respecto a la financiación de los programas educativos y de las escuelas públicas que quieren trabajar en ello.

El tratar todo esto sin la acritud del debate actual, aunque posicionándose en la defensa de lo público, acercándose más al humor y a lo cotidiano, incluidas sus frustraciones, que es donde la vida se bate el cobre, hacen de esta obra una comedia hecha para la gente. Para que se ría, pero también para generarle esa sensación de confianza optimista que le permita entender que, en este mundo descontrolado, tiene el poder de tomar el control sobre sus vidas. Y que, a veces, la llave para tomar el control procede de la amabilidad de los desconocidos.

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Como el dramaturgo Anton Chejov, me dedico al teatro y a la medicina. Al teatro porque hago crítica teatral para El HuffPost, la Revista Actores&Actrices, The Theater Times, de ópera, danza y música escénica para Sulponticello, Frontera D y en mi página de FB: El teatro, la crítica y el espectador. Además, hago entrevistas a mujeres del teatro para la revista Woman's Soul y participo en los ranking teatrales de la revista Godot y de Tragycom. Como médico me dedico a la Medicina del Trabajo y a la Prevención de Riesgos Laborales. Aunque como curioso, todo me interesa.

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