La magia y la política
Opinión
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La magia y la política

¿Para qué sirve un político? ¿Para ayudar a la gente a vivir mejor o para que la gente me ayude a mí y a los míos a vivir mejor?

Foto de archivo de una mujer haciendo una foto en la Plaza Mayor de Madrid.Getty Images

Hace poco estuve en el cumpleaños infantil. Contrataron a un mago que logró asombrar a los más pequeños y a los más grandes. Cuando terminó de actuar no pude evitar acercarme y charlar con él. Me comentó que los magos no buscan engañar, sino sorprender. El matiz lo cambia todo. Por unos segundos, lo imposible expulsa el aburrimiento racional de unas expectativas dominadas por el yugo de lo previsible. Me contó que, entre ellos, existía normalmente mucha confianza y compañerismo. La destreza individual representaba el único momento de soledad del ilusionista. Los trucos se compartían y explicaban con generosidad, pedagogía y, a veces, mucha paciencia. Entre magos no hay secretos. Al llegar a casa me dije a mí misma: “Entre políticos y ciudadanos no tiene que haber secretos”. Por eso, permíteme que comparta contigo tres trucos básicos de la política. Yo no busco engañar, busco ser útil; una versión más aburrida que sorprender, pero cada una debe ser consciente de sus limitaciones. Vamos allá.

Al llegar a casa me dije a mí misma: “Entre políticos y ciudadanos no tiene que haber secretos”. Por eso, permíteme que comparta contigo tres trucos básicos de la política

Lo primero de todo no es tener una idea, eso se da por presupuesto (menos a Vox), sino tener una buena idea que poder articular y proyectar. El adjetivo lo cambia todo. No es cuestión de vencer, sino de convencer. ¿Para qué sirve un político? ¿Para ayudar a la gente a vivir mejor o para que la gente me ayude a mí y a los míos a vivir mejor? Si de verdad pretendo ser útil tengo que ofrecer un proyecto serio, creíble, contrastable. Hay que representar una opción, no presentar una destrucción. La demagogia me recuerda mucho al momento álgido de la cuarta cañita (conocido ahora como “exaltación de la libertad”). O te vas a casa o te precipitas a la resaca. Los ciudadanos tienen que saber distinguir, esa es su responsabilidad, entre ocurrencias, malas ideas, falacias, mentiras, buenas ideas ingenuas, buenas ideas viables y tomaduras de pelo. Esto de la democracia no es solo cosa de derechos, sino también de muchas responsabilidades, entre ellas elegir con la cabeza, incluso con el corazón, pero nunca con los intestinos. Eso y no dejar que te roben la cartera. Por nuestro bien, es indispensable no confundir a un trilero con un mago.

Lo segundo es que esas buenas ideas estén representadas por personas que sepan defenderlas y que conozcan la realidad en la que proponen implantarlas. Se trata aquí de desarrollar un doble ejercicio. Sé lo que quiero y domino el entorno en el que me comprometo a desarrollarlo. ¿De qué me sirve un delantero que es insuperable si cae una y otra vez en el fuera de juego? Los votantes aquí deben sentirse como espectadores y jueces a un mismo tiempo. Personalizar sin contenido nos lleva al caudillismo, proponer sin personalidad nos conduce al aburrimiento.

No se puede mejorar la vida de alguien si no triunfa la empatía, si no existen la experiencia, la solidaridad y la convicción

Lo tercero nace de mezclar los dos anteriores puntos. Se llama coherencia. ¿Esta persona concreta se identifica plenamente con lo que propone o me está vendiendo algo de lo que luego se va a desvincular? No se puede mejorar la vida de alguien si no triunfa la empatía, si no existen la experiencia, la solidaridad y la convicción. Los magos nunca dejan de hablar de magia. No viven al margen de la magia.

Te he dado tres pequeños trucos para que votes mejor a quien te dé la gana, pero sabiendo qué votas y a quién votas. Lo peor para un mago no es que descubran sus trucos, sino actuar ante un público ante el que no hay que hacer ningún esfuerzo porque se lo cree todo.