'Victoria' o los hijos crecen ¿y los padres qué?
Una comedia de padres con hijos adolescentes que funciona como una montaña rus

El equipo formado por Marc Angelet y Cristina Clemente han llegado a las carteleras españolas con sus comedias de situación para quedarse. Esta temporada han estrenado Victoria en el Teatro Fígaro de Madrid, la continuación de la popular Laponia que se pudo ver en el Teatro Maravillas. Aunque no es necesario haber visto la primera para sentarse y reír a mandíbula batiente con la segunda.
Sí, han vuelto a hacer una comedia popular, de la que el público sale contento. Si en la primera era a costa de la infancia, esta vez es a costa de la adolescencia. ¿Cómo viven los padres que sus hijos crezcan y comiencen a mostrarse como individuos, con sus propias ideas sobre el mundo y tomando sus decisiones?
Esa es la pregunta que tratan de responder, a la española. Respuesta que encarna la pareja protagonista formada por Amparo Larrañaga e Iñaki Miramón, dos personas de clase media, como cualquiera. En contraste con la formada por Mar Abascal, que hace de hermana de la primera y trabaja de ejecutiva, y Juli Fábregas, exmarido finlandés de esta. Un ex con ideas muy locamente nórdicas para el temperamento español. Usadas para exasperar y sacar de sus casillas a sus queridos excuñados.
Esta vez, el hijo de la pareja protagonista resulta tener un talento. No es bueno en los estudios, pero sí en el fútbol, tanto que le ficha el equipo juvenil del Real Madrid. Los padres ven así recompensado el esfuerzo de haberle llevado durante varios años a las liguillas que ha jugado por toda la Comunidad de Madrid. Y de todos los partidos que han visto en la televisión para crear en el niño impronta y afición.

¿Tiene el hijo adolescente algo que decir al respecto? Lo tiene. Pero no se debe contar para no desvelar el chiste y las situaciones a las que da lugar. En cierta medida, hay que mantenerlos en secreto, pues son parte de la chispa que encenderá la carcajada general del respetable. Un respetable que está respondiendo en masa a esta propuesta teatral.
Si bien es cierto que la obra pretende hacer pasar un buen rato a quien decida meterse en un teatro, no es menos cierto que quiere ir un poco más allá. Sin entrar en profundidades y, tal vez, justificando el modus operandi de la mayoría de las familias españolas, las respuestas de los padres, con respecto a este tema. También ofreciéndoles un modelo, de hacerse los finlandeses sin dejar de ser españoles, manque exista una alta probabilidad de perder.
Pero no es solo el tema lo que hace que la obra funcione. También lo es el elenco, entre los que existe química para crear todas las relaciones familiares de la obra. Y hay de todo tipo. De parejas, de divorciados, de padres e hijos, de hermanas, de cuñados, de yernos con sus suegras. Ese tipo de relaciones que puede haber en cualquier familia normal y que la complican.
Gracias a esa química todos esos hilos relacionales se tensan y destensan en función de las necesidades de la obra. Unas necesidades que a veces piden calma, sosiego, para dar reposo al espectador, antes de volver a tirar y subirlo en la ola cómica. Se podría decir que la obra está construida por dos ingenieros de montañas rusas teatrales, de profesionales que saben cuándo poner las subidas y las bajadas.

Un elenco que no solo consigue estar presente en escena en todo momento. Estar a la obra y a lo que hay que estar durante la función. Sino que, además, saben hacer presente los otros personajes de los que se habla, aunque no se los ve en escena. Desde el hijo con talento, hasta la hija del finlandés y la suegra. De tal manera que se tiene la impresión de que se los conoce sin siquiera haberlos visto.
Es fácil que el espectador se los imagine, les ponga cara y cuerpo. Personajes muy bien usados en el destensar de la obra y crear otro punto de atención, en sacarla de esos momentos en los que no podría ir más allá y enrocarse, lo que habla del oficio de sus autores y directores.
Hasta aquí podría ser la peripecia y podría quedarse en ello. El público saldría igual de reído y contento. Sin embargo, como se ha dicho, parece que la obra quiere ir un paso más allá. Un pequeño paso de características amables por lo que, tal vez, haya hecho que la acogida crítica que tuvo la primera parte no haya sido tan favorable con esta segunda.
Un paso que ofrece un modelo, quizás idealizado, de paternidad, maternidad y de hijicidaz. Sobre todo, si se piensa en padres españoles al uso, a los que Finlandia les queda muy lejos. Pero que facilita que padres, hijos -adolescentes- , tíos, abuelos y otros allegados, yendo juntos o cada uno por su lado al teatro, se rían viendo de alguna manera reflejados actitudes y comportamientos propios y ajenos. Y quién sabe, si acaben pensando en cómo cambiarlos y mejorarlos. Si no, siempre les quedará el fútbol y Finlandia para soñar.
