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22/04/2013 07:58 CEST | Actualizado 21/06/2013 11:12 CEST

El arte como repetición

Desengañémonos, repetimos, repetimos y volvemos a repetir. La tensión entre los arquetipos a seguir y la originalidad ha obligado a la estética a establecer toda una gradación de proximidades respecto a los referentes que va desde el plagio al homenaje, pasando por la copia, la imitación, la inspiración, la influencia o la similitud.

Observen las siguientes imágenes y jueguen, si lo desean, a las siete diferencias. La de la derecha la tomamos mi pareja y yo en agosto de 2010 en Reine, un precioso pueblecito de pescadores en las islas Lofoten. La de la izquierda es de unos amigos, y retrata, por supuesto, el mismo lugar, pero unos días antes. Hasta unos meses después no comparamos los reportajes respectivos, y cuando nos percatamos de las similitudes nadie se extrañó: desde la misma curva de una angosta carretera noruega unos y otros habíamos identificado el encuadre, la composición y los elementos necesarios para reiterar esa categoría estética sobre la singularidad de lo local que llamamos pintoresquismo. Es decir, con las mismas montañas abruptas, las casitas de cuento y el romántico arco de la costa habíamos reproducido la postal escandinava que probablemente ya llevábamos en mente antes de cruzar el círculo polar ártico.

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Reine, en las islas Lofoten (Noruega), durante el verano de 2010. Cortesía de los autores.

Estas dos imágenes son la constatación casera de una evidencia: casi todo el mundo fotografía los temas que los consensos culturales señalan y destacan. Por encima de lo que se ve, incluso. Siglos de imágenes en los museos, las iglesias y las publicaciones, así como décadas en el cine, la televisión y, últimamente, en Internet, han ido modelado la percepción individual hasta conseguir que cada vez que se dispara una cámara se reafirme un canon cultural, un imaginario compartido donde lo más importante es reconocer los modelos anteriores. ¿Un rasgo ineludible del animal gregario que es el ser humano? Quizá. En cualquier caso, ahí están los catálogos de viajes prometiendo siempre los mismos puntos de vista, los álbumes de bodas erigiéndose en compendios (interminables) de poses estereotipadas y los retratos de comunión perpetuando melancolía postiza ad æternum. Desengañémonos, repetimos, repetimos y volvemos a repetir las miradas sobre los motivos y los fenómenos que nos rodean, tanto que en nuestros archivos fotográficos familiares hay más de social que de particular.

Tampoco el arte permanece ajeno a esta obsesión por el reconocimiento. A pesar de que en los últimos cien años una de las condiciones que se les ha impuesto a los artistas es que tengan muy en cuenta la novedad como valor y condición de la creatividad, ni ellos mismos escapan al imperio de los grandes modelos, exigidos bien desde la gloria de los clasicismos oficiales, bien desde la embriagadora rebeldía de las disidencias. La tensión entre los arquetipos a seguir y la originalidad ha obligado a la estética a establecer toda una gradación de proximidades respecto a los referentes que va desde el plagio al homenaje, pasando por la copia, la imitación, la inspiración, la influencia o la similitud. Un ejemplo de acercamiento consciente e inteligente al pasado es la serie Anuntius (2006), donde la artista Mapi Rivera elabora su profunda reflexión sobre el amor y la pureza a partir de una memoria iconográfica compartida con los espectadores. Sus cuadros plásticos fotográficos resultan directos y comprensibles en tanto aluden a la tradición de Fra Angelico o Zurbarán. Mirar hacia atrás para incorporar algo nuevo al presente. Nuevo y, al mismo tiempo, dentro de un recorrido colectivo.

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Mapi Rivera, ne timeas II (izquierda) y ...fructus ventris tui VI (derecha), de la serie Anuntius (2006). Cortesía de la artista.

En este terreno de las deudas y el reconocimiento es donde se mueve la exposición Seducidos por el arte. Pasado y presente de la fotografía (en el CaixaForum de Barcelona hasta el 19 de mayo, y en el de Madrid del 20 de junio al 15 de septiembre), organizada por la Obra Social La Caixa y la National Gallery de Londres. Pese a planteamientos expositivos distintos, tanto la muestra española como su precedente británica, Seduced by Art: Photography Past and Present, exploran la pervivencia de los referentes pictóricos en la fotografía, desde sus inicios en el siglo XIX hasta hoy. ¿Un hilo conductor obvio? Por supuesto, pero como ya señaló Mery Cuesta en el suplemento Cultura|s de La Vanguardia, se trata de una obviedad convertida en exposición estimulante. Y pertinente, porque de vez en cuando conviene recordar de dónde venimos para evitar la literalidad y la vacuidad en la repetición. Todavía hay alumnos y profesores en las clases de fotografía o de pintura que protestan si en los bodegones que utilizan en sus prácticas aparecen elementos "excesivamente contemporáneos", como una lata de Coca-Cola, pongamos por caso. En Seducidos por el arte queda claro que la repetición como forma de conocimiento, esa que hemos aludido con Mapi Rivera, también es muchas otras cosas: respeto, superación, investigación, interpretación... ¿Paradójico? Bueno, así es el arte. Si la exposición ofrece alguna lección, es la que escribía Giuseppe Tomasi di Lampedusa en El Gatopardo (1958): «Si queremos que todo siga como está, es preciso que todo cambie». Un elogio, por tanto, no a las postales y su autocomplacencia de cliché, sino a las imágenes que invitan a la reflexión mediante los largos tentáculos del reconocimiento y la cultura.

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Dos de las imágenes que se pueden encontrar en las salas del CaixaForum, una fotografía decimonónica de James Anderson (?), El grupo de Laocoonte (1855-1865, Wilson Centre for Photography), sin la que es difícil entender la seducción tentacular que Richard Learoyd retrata en nuestros días en Hombre con tatuaje de pulpo II (2011, cortesía de McKee Gallery, Nueva York. © Richard Learoyd, cortesía de McKee Gallery, Nueva York).

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