El 23-F, explicado para quienes no lo vivieron o no recuerdan qué supusieron los 45 disparos que tambalearon la democracia
La democracia empezaba a dar sus primeros pasos cuando un golpe de Estado puso en jaque todos los cimientos recién forjados. Los disparos resonaron en el Congreso en una tarde donde sólo tres hombres le mantuvieron la mirada al miedo.
Un total de 45 disparos quebraron el aire del hemiciclo del Congreso de los Diputados en la tarde del 23 de febrero de 1981, alrededor de las 18:30. Hace hoy 45 años. España transitaba entonces por una democracia embrionaria y frágil, apenas seis años después de la muerte del dictador Francisco Franco. La Transición había abierto las puertas del parlamento a fuerzas políticas que durante décadas habían sido clandestinas o directamente perseguidas. Entre ellas, el Partido Comunista de España (PCE), cuya legalización en 1977 simbolizó un punto de no retorno.
Para amplios sectores del Ejército, formados ideológicamente en el franquismo y acostumbrados a ocupar un lugar central en la vida política, aquella nueva pluralidad suponía una amenaza. La presencia de figuras como Santiago Carrillo en el hemiciclo alteró equilibrios internos y activó resistencias soterradas que apostaban por el miedo como herramienta para volver a la dictadura. La joven democracia española avanzaba, pero lo hacía sobre un terreno minado por tensiones políticas, crisis económica, terrorismo y conspiraciones militares.
"Quieto todo el mundo". Con esa frase, pronunciada por el teniente coronel Antonio Tejero mientras irrumpía armado en el Congreso, comenzó el intento de golpe de Estado del 23-F. Tejero, al frente de un grupo de guardias civiles, pretendía forzar la caída del Gobierno e imponer una solución de fuerza que frenara el proceso democrático y volviera a poner al Ejército como cabeza de poder. Su acción no fue aislada: formaba parte de una trama más amplia en la que participaron el general Jaime Milans del Bosch, que sacó los tanques a las calles de Valencia, y el general Alfonso Armada, quien aspiraba a encabezar un gobierno de concentración bajo tutela militar y con el respaldo del rey, aunque este finalmente no se prestara.
De haber triunfado la asonada, España se habría mantenido en las décadas de retroceso en derechos y libertades, que ya distaba mucho del resto de Europa o de países homologables al español. El propio Carrillo, años después, subrayó que el fracaso del golpe evitó una prolongación del régimen autoritario y del retorno al exilio de formaciones democráticas. El 23-F quedó grabado en la memoria colectiva como una advertencia: la democracia no era irreversible.
Durante las horas de secuestro parlamentario, la actitud de algunas figuras resultó decisiva para el imaginario social. Al igual que durante la dictadura, muchos mantuvieron la mirada firme anhelando un país donde el franquismo no oprimiese a la sociedad. El entonces presidente del Gobierno, Adolfo Suárez, permaneció en su escaño. También lo hizo el vicepresidente primero, el teniente general Manuel Gutiérrez Mellado, quien se encaró con los golpistas con los que había compartido uniforme, y el propio Carrillo. Su negativa a tirarse al suelo se convirtió en una imagen memorable de resistencia tras décadas de lucha y clandestinidad. Tres hombres cuyo destino emergió tras la sacudida de los disparos que trataban de quebrar la esperanza.
El golpe no solo pretendía frenar un gobierno concreto, sino revertir el conjunto de transformaciones iniciadas tras 1975: la Constitución de 1978, la descentralización territorial, la libertad de prensa y el inicio de la integración de España en el contexto europeo. Sin embargo, 45 años después, el conocimiento detallado de aquellos hechos se ha diluido entre generaciones que no vivieron la incertidumbre de aquella noche y ante un nuevo contexto donde las ideas de extrema derecha vuelven a hacer frágil la democracia, cabe recordar que no, no hay que retroceder. Por ello, desde El HuffPost hemos detallado los perfiles que mantuvieron la entereza cuando todo parecía desmoronarse en la tarde en la que la democracia se colocó en jaque.
Adolfo Suárez: el franquista que apostó por la democracia
Adolfo Suárez era un hombre del franquismo. Fue gobernador civil de Segovia, además de procurador de las Cortes y director general de Radiodifusión y Televisión (actual Televisión Española). Suárez encarnó la paradoja de la Transición: un hombre del régimen encargado de desmontarlo desde dentro. Nombrado presidente en 1976 por el rey Juan Carlos I, lideró la aprobación de la Ley para la Reforma Política y la convocatoria de las primeras elecciones democráticas en 1977. El monarca decidió prescindir de los poderes heredados por el dictador y la democracia era el único camino para la prosperidad del país. Por ello, necesitaba a alguien que tuviera el visto bueno del pueblo —algo fácil, cualquier cosa era mejor que lo anterior— y del Ejército —algo bastante más difícil—.
Suárez, en realidad, era lo que se conoce como un hombre hecho a sí mismo. El cargo de presidente era lo que siempre había anhelado y, con la muerte de Franco, la ventana de oportunidad estaba más abierta que nunca. Amoldado a la dictadura, entonces empezó a dar los pasos hacia que se reconociera, no sólo a España como democracia, sino a él mismo como presidente democrático y elegido por la sociedad. Para ello, el trazo del camino empezó a despertar el malestar entre los militares, que querían volver a su paraíso dictatorial.
Su decisión de legalizar el PCE en plena Semana Santa de 1977 fue especialmente arriesgada y controvertida en los sectores más fieles al periodo de oscuridad. La medida provocó dimisiones en la cúpula militar y aumentó el malestar en sectores, como se suele decir, nostálgicos. A ello se sumaron la crisis económica, el desgaste político y la fragmentación interna de la UCD. En enero de 1981, acorralado e inmerso en la soledad del poder, Suárez dimitió. Paradójicamente, el intento de golpe se produjo durante la sesión de investidura de su sucesor, Leopoldo Calvo-Sotelo. Su firmeza aquella tarde reforzó su figura histórica como garante de la dignidad institucional y de la preservación de la democracia en su momento más frágil.
Santiago Carrillo: sin PCE no hay democracia y sin democracia no hay PCE
El cigarrillo de la resistencia. Aquel que pasó en el exilio desde 1939 hasta 1976. Un total de 38 años en los que vivió en diversos países como la Unión Soviética, Estados Unidos, Cuba, México o Argentina. Realizó varios viajes clandestinos a España mientras se empezaba a gestar la Transición —uno de ellos fue el famoso que pasó por Francia con peluquín—. Con todo el esqueleto franquista vigente, se sorprendió al encontrar un aliado en Adolfo Suárez, de quien sabía que quería ganarse el respeto del pueblo venciendo en unas elecciones completamente democráticas y con todos los actores presentes.
Al igual que se reconoce el movimiento arriesgado de Suárez, Carrillo también tuvo que hacer sacrificios que supusieron una herida interna dentro del PCE, partido del que fue secretario general durante décadas. La aceptación de la monarquía parlamentaria como modelo político, sin ni siquiera plantear el referéndum, además de que permaneciera la bandera rojigualda como representante del Estado fueron sapos que tuvo que tragar para entrar en el juego. En las primeras elecciones democráticas de 1977, el PCE obtuvo el 9,38% de los votos y 20 escaños, un resultado mucho menor que el esperado sobre todo en comparación con el PSOE que obtuvo casi el 30% y 118 escaños.
En el 23-F, su serenidad en el escaño simbolizó la madurez política alcanzada por un partido que había sido ilegal y perseguido. Tras el golpe de Estado, el propio secretario general de los comunistas reconoció que sabía que, "de todos los presentes en el Congreso, al primero que los golpistas le pegarían un tiro sería a él". El PCE fue uno de los partidos fundamentales en la resistencia ante la dictadura y uno de los pilares imprescindibles para la democracia. En la Constitución y aunque fuera aprobada por consenso, algunos de los puntos tallados para la posteridad son iniciativa suya, como el derecho a huelga, la vivienda digna, la aconfesionalidad del Estado o la educación.
Manuel Gutiérrez Mellado: la dignidad en el Ejército
Militar de carrera, Manuel Gutiérrez Mellado asumió la tarea de modernizar y despolitizar las Fuerzas Armadas. Desde la Vicepresidencia impulsó reformas para subordinarlas al poder civil, un cambio estructural que generó resistencias internas y que prendió la mecha dentro de los militares para que algunos empezaran a idear el golpe.
Parte del Ejército llevaba tiempo sublevado contra el nuevo régimen democrático. La autoridad del cuerpo se veía cuestionada y muchos utilizaban el mantra de "defender a la patria" como arma arrojadiza y justificación para cualesquiera que fueran sus intereses. Mientras la corrupción se adueñaba de parte del sistema militar, Mellado presenció todo el espectáculo desde dentro. Elegido por Adolfo Suárez para conseguir el respeto del Ejército, su figura de autoridad y respeto dentro de la institución se fue quebrando con los pasos políticos y democráticos del presidente del Gobierno.
Meses antes del golpe de Estado, Mellado ya estaba en entredicho entre varios altos cargos de la institución militar por sus posiciones cercanas a Adolfo Suárez y el paso del tiempo sólo hizo aumentar esa división interna. El 23-F protagonizó una de las escenas más recordadas: enfrentándose sin armas a los guardias civiles que disparaban al techo. Su gesto representó la lealtad de una parte del Ejército a la Constitución y evidenció la fractura interna existente en la institución.
Juan Carlos I y la noche de la que vivió la Corona durante décadas
La intervención televisada de Juan Carlos I en la madrugada del 24 de febrero fue determinante. Vestido con uniforme militar, defendió el orden constitucional y ordenó a las Fuerzas Armadas que permanecieran en sus cuarteles. Su mensaje desactivó apoyos potenciales al golpe y consolidó la legitimidad de la monarquía parlamentaria ante la opinión pública. Sin embargo, el papel de Juan Carlos ha tenido algunas sombras con el paso de los años.
El general Armada, uno de los cerebros del golpe, fue el instructor del monarca, además de amigo y ayudante personal. También fue el primer secretario general de la Casa Real y fue despedido de la institución por cartas que pedían el voto a Alianza Popular —lo que se conoce actualmente como Partido Popular— que fue fundado por siete ministros de la dictadura. En unos audios conocidos años después, Juan Carlos le manifestaba a Bárbara Rey —una de sus amantes más reconocidas— que elogiaba al general Armada por permanecer en silencio sobre el 23-F durante sus años de prisión. Algo que ha despertado inquietudes históricas acerca de su papel.
Sin embargo, la mayoría de análisis coinciden en que su posicionamiento público inclinó la balanza a favor de la democracia. Gracias a ese discurso de Juan Carlos en la madrugada del golpe, la Corona fue indiscutible durante décadas en España. Sus secretos eran guardados y la prensa estuvo años sin publicar cualquier información sobre él y su entorno ya que, con luces y sombras, aquella noche su decisión hizo que la balanza se inclinara por la democracia.
Condenas y un plácido amanecer
Después de 18 horas de secuestro y con los primeros rayos de la mañana, el golpe se daba por concluido con un resultado de fracaso sin paliativos. El mensaje del monarca y la firmeza de muchos diputados mantuvieron en pie la democracia después del golpe más duro de su corta historia. Cercano el mediodía del 24 de febrero, Antonio Tejero firmó su rendición sobre el capó de un Land Rover y los parlamentarios empezaron a abandonar la sede de la soberanía popular, que permaneció albergando la decisión de los españoles expresada democráticamente.
Hasta 33 personas —todos militares menos Juan García Carrés— fueron acusados por el delito de rebelión militar en concepto de autores, es decir y según el Código de Justicia Militar, hasta 30 años de cárcel, la pena máxima. El juicio comenzó en 1982 ante el Consejo Supremo de Justicia Militar, órgano fundado en la dictadura franquista —lo que hoy se conoce como Sala Quinta del Tribunal Supremo—.
Antonio Tejero y Jaime Milans del Bosch fueron condenados a 30 años, el primero de ellos tuvo que pagar una multa de un millón de pesetas; y el general Armada tuvo pena de 6 años por el delito de conspiración para rebelión. La Constitución de 1978 se ha convertido este año en la más longeva de la historia gracias a que, entre otras cosas, aquel golpe del 23 de febrero de 1981 fracasó.