El consenso de Londres: una invitación a la izquierda
Desde el primer mandato de Trump el mundo inició una incontrolable escalada proteccionista que entorpece el crecimiento.

En 1989, cuando la mayoría de los países emergentes, seriamente endeudados, atravesaban por una onerosa crisis económica, surgió espontáneamente el llamado "consenso de Washington", ultraliberal, que supuestamente debía ayudar a aquellas naciones a salir del agujero. La realidad fue que el abuso del mercado y sobre todo la desregulación del sistema financiero —que hizo posibles, por ejemplo, las célebres hipotecas basura— produjo un gran crash mundial en los años 2008-2009, cuyos efectos duraron casi una década.
Cuando la crisis se hizo manifiesta, muchos expertos atribuyeron correctamente el problema a las causas mencionadas, es decir a una política económica radicalmente equivocada. Y algunos de los más avisados analistas españoles comenzaron ya a hablar del “Consenso de Washington”, refiriéndose no a un futurible sino a una reunión trascendental del G-20 que tuvo lugar el 1 de abril de 2009 en Londres, encabezada por Obama, a la que asistió el entonces presidente chino Hu Jintao.
El 4 de abril de 2009, tres días después de que comenzara aquel foro decisivo, Manuel Castells escribía en La Vanguardia un artículo titulado El consenso de Londres que comenzaba así: «"El consenso de Washington está superado", declaró Gordon Brown al término de la reunión del G-20 en Londres que ha marcado simbólicamente el fin de un modelo de capitalismo y el incierto inicio de una nueva forma de globalización. Atrás queda la fe ciega en la capacidad del mercado para autorregularse, la piedra angular del llamado consenso de Washington, el dogma dominante de nuestras economías y nuestras vidas en las dos últimas décadas. Se acabó el reducir la sociedad al mercado y el mercado a la cotización en bolsa. Y se reafirma la responsabilidad de los estados para gestionar los flujos globales en vez de navegarlos sin brújula. Ha tenido que producirse una crisis catastrófica del sistema financiero mundial para que las llamadas de atención que hasta hace poco se descartaban por ideológicas y arcaicas se hayan convertido en materiales de reflexión para la reconstrucción de la economía mundial».
La regulación volvió para quedarse, pero desde que pudo darse por controlada la crisis que arrancó en 2009 —con el colofón inquietante de la pandemia que estalló en 2020— , la economía global ha transitado vacilante por una serie de indefiniciones inquietantes. La hiperglobalización anterior a 2009 nos arrojó al precipicio de la vaguedad, y los dos viajes de Trump al ejercicio del poder con extravagancia han terminado de desconcertarnos, pero parece que al fin se ha puesto en marcha un movimiento encaminado a estructurar un verdadero «Consenso de Londres», en principio teórico pero con pretensión prescriptiva, surgido de la mano de personalidades vinculadas a la London School of Economics y plasmada en un libro, El consenso de Londres: principio económicos para el siglo XXI, editado por Tim Besley, Irene Bucelli y Andrés Velasco (LSE Press, 2025, 672 págs.), y del que no hay versión en español.
Velasco fue ministro de Finanzas de Chile con la presidenta Bachelet, y la periodista de El País Amanda Mars ha hablado con él antes de escribir este pasado fin de semana un artículo muy bien trabado y aclaratorio titulado Más bienestar, más Estado y más sindicatos : una nueva vía económica frente a la ola trumpista. En él, Velasco declara a la periodista que "hicimos este libro precisamente porque sentimos que los gobiernos y líderes políticos no populistas, ya sean de centroizquierda o centroderecha —póngase la etiqueta que se quiera— se han quedado sin guion, sin programa, y dando palos de ciego. Este libro es un intento para dar a estos gobiernos no populistas, no autoritarios, un manual o una guía que los ayude a formular políticas y combatir las locuras que están ocurriendo". Velasco está haciendo una gira por todo el mundo para difundir el libro y el 11 de mayo estará en España.
El libro es denso y parece un sacrilegio resumirlo en apenas unas líneas, pero muy sintéticamente —y eliminando de antemano el miedo a las palabras— constituye un recetario de buenas ideas socialdemócratas. La felicidad no solo proviene de las rentas sino del bienestar social; el Estado es un asegurador de último recurso, en el sentido de que a él le corresponde proporcionar seguridad; no hay buena economía sin buenas políticas, que deben crear el ecosistema idóneo para el desarrollo de la innovación y la actividad; y el Estado nunca puede ser un agente subsidiario: no solo el Estado no sobra sino que tampoco es exclusivamente un prestatario de servicios (sanidad, educación seguridad): también es preciso "invertir en Estado" para disponer de las estructuras adecuadas. Asimismo, los sindicatos han de desempeñar un papel tendente a modular el reparto justo de beneficios entre capital y trabajo.
La teoría es hermosa y convincente pero, como refleja Amanda Mars, desde el primer mandato de Trump el mundo inició una incontrolable escalada proteccionista que entorpece el crecimiento ya que la demanda se mantiene restringida por dicha presión controladora. Mientras dure esta tendencia —es decir, mientras Trump controle las cámaras parlamentarias de su país—, será inútil que las instituciones internacionales intenten decantarse hacia esta política económica humanizada que toma en cuenta que los indicadores económicos no reflejan toda la realidad si no están interpretados conjuntamente y de buena fe. En el caso español, por ejemplo, llevamos unos años de crecimiento admirable… pero la satisfacción mengua e incluso se esfuma cuando se sabe que en nuestro país los salarios están prácticamente estancados desde hace dos décadas.
En definitiva, lo importante de la renovación ideológica de la economía consiste en colocar al ser humano en el foco del raciocinio. El viejo consenso socialdemócrata, con todos sus inconvenientes, consiguió infundir en aquellas generaciones unas dosis admirables de bienestar. Hoy, la desazón es una constante europea que alcanza no solo a sectores sociales marginales sino también a las grandes clases medias. Es hora de que los políticos salgan al rescate.
