¿Soberabía estratégica? La UE es más fuerte de lo que parece. Y de lo que sus liderazgos creen
Abunda un nivel manifiestamente mejorable de autoconfianza y aprecio de las propias posibilidades de la UE para competir con los actores globalmente relevantes con los que debemos aspirar a medirnos.

El Parlamento Europeo (PE) continúa dándole vueltas a la IA, en cada debate en Pleno y Comisiones competentes.
Cuando, en la pasada Legislatura 2019/2024, en el ambicioso marco de la Agenda Digital, aprobamos en el Pleno del PE la Ley Europea de IA (2024), incluso cuando aprobamos su posterior simplificación, la denominada "Ley Ómnibus IA" (parte del "Ómnibus Digital", jerga europea que alude a un gran paquete normativo de carácter transversal tendente a rebajar los estándares previamente establecidos) éramos conscientes de que poníamos en vigor una legislación pionera llamada a ser obsoleta a partir del día siguiente, puesto que nos encontramos ante una revolución tecnológica tan vertiginosa como imparable.
De ahí que ante los últimos desarrollos de la denominada "IA de frontera" (Anthropos, Mythos, Open IA), se haga preciso subrayar que no cabe concesión al miedo —ni menos aún al pánico, antesala de la rendición— ante el poder mastodóntico e intimidatorio de los gigantes tecnológicos y las plataformas digitales en que operan, pero tampoco es cuestión acentuar la dependencia exterior de la UE, ni de renunciar a las exigencias constitucionales distintivas del modelo europeo: transparencia, dación de cuenta, coherencia con la Carta de Derechos Fundamentales de la UE/CDFUE, y, en definitiva, supervisión humana.
De otro modo, los grandes operadores de IA explotarán tal dependencia como una vulnerabilidad estratégica de la UE. Apuntalar la "soberanía estratégica" europea —lo que quiera que esto signifique— es fomentar la soberanía digital y, consiguientemente, la capacidad europea de autoabastecerse y de alimentar su patrón de innovación tecnológica.
En los debates del PE, el primer desafío suele residenciarse en el escalón moral de la confianza de la UE en sí misma. Si bien los eurobarómetros (medidores de estados de opinión de escala continental) invitan al optimismo —persisten en una valoración ampliamente predominante de los beneficios actuales y potenciales de la integración europea-—, llama la atención su falta de correspondencia con el impulso esperable del liderazgo en la UE y sus Estados miembros/EEMM.
Abunda en este estrato, por el contrario, un nivel manifiestamente mejorable de autoconfianza y aprecio de las propias posibilidades de la UE para competir con los actores globalmente relevantes con los que debemos aspirar a medirnos, tal y como proclamamos en la retórica oficializada y en la literatura de los documentos de la Comisión Europea, la normativa del PE y las Conclusiones del Consejo de la UE.
Y, sin embargo, es innegable que nuestros competidores —referentes alternativos, némesis, como queramos llamarlos (EEUU, China, Rusia, Sudáfrica, Brasil, India o, si se quiere, el Sur Global en conjunto)— no solo no le pierden la cara al potencial de la UE, sino que, al enfilarla como "rival sistémico", están de algún modo, y por lo mismo, ponderando ese potencial de la UE en términos mucho más positivos de lo que es habitual en el debate interior.
En otras palabras, si la UE es "rival sistémico" de superpotencias globales, la causa es, precisamente, el poder de sugestión, atracción (verificado en la "lista de espera" de los candidatos a la adhesión) y emulación que se le reconoce y estima al "modelo europeo", a la "idea europea" de democracia y de Estado de Derecho, y a su balance único entre cohesión social, con su corrección tendencial de desequilibrios estructurales, libertades, derechos (con proscripción, no se olvide, de la pena de muerte) y cooperación preventiva de conflictos armados, esto es, resolución pacífica de disputas alternativa a la guerra que tanta sangre derramó en el pasado, a lo largo de su historia, y tanta continúa derramando en las latitudes y longitudes del planeta.
Es bueno tenerlo presente, particularmente cuando llueven chuzos de punta y flaquean en los liderazgos y en las Instituciones la fe europeísta y el momento euroentusiasta.
Pero es un objetivo que requerirá —requiere— de voluntad política y determinación a la altura del empeño y de su envergadura.
