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14/04/2016 07:21 CEST | Actualizado 14/04/2016 07:22 CEST

Viajo sola para conocer gente

mujer viajeAhora estoy mucho más cómoda al acercarme a desconocidos con el objetivo de hacer amigos y al unirme con seguridad (y con respeto) a conversaciones de otros viajeros. Se me da muy bien hacer preguntas, escuchar a los demás y aprender de las historias de las personas (desde camareros hasta guías turísticos, pasando por trabajadores de hoteles).

Sahaj Kohli

Mi primer viaje sola sirvió para enfrentarme a mí misma después de acabar una larga relación de una manera que jamás había hecho, también me enseñó muchas cosas sobre las relaciones personales... y que, en realidad, nunca estoy sola.

Desde entonces, me he unido a varios grupos de "viajes en solitario", y me he dado cuenta de las razones que llevan a las personas (y más concretamente a las mujeres) a viajar solas: viajar solo resulta liberador, me ha ayudado a encontrarme y a quererme tal y como soy y me ha ayudado a salir de mi zona de confort.

Son razones perfectamente válidas por las que me gusta viajar sola; pero me he percatado de que hay algo que nunca se menciona cuando se habla de viajar solo: la gente a la que se conoce. Aquí están los motivos por los que viajo sola para conocer gente:

1. Me ayuda a sentirme cómoda con la vulnerabilidad.

Soy plenamente consciente de que también podría conocer gente si no viajara sola. Pero la verdad es que cuando estoy sola me vuelvo vulnerable e incapaz de esconderme detrás de la gente a la que ya conozco.

Ahora estoy mucho más cómoda al acercarme a desconocidos con el objetivo de hacer amigos y al unirme con seguridad (y con respeto) a conversaciones de otros viajeros. Se me da muy bien hacer preguntas, escuchar a los demás y aprender de las historias de las personas (desde camareros hasta guías turísticos, pasando por trabajadores de hoteles).

Y, lo que es más importante, he aprendido a reírme de mí misma y a reconocer y aceptar mis fallos y defectos. Soy consciente de que no puedo hacer todo sola y soy capaz de pedir ayuda tantas veces como necesite, especialmente si estoy perdida en la calle y no tengo ni idea de dónde estoy.

2. Me enseña a ser flexible y a hacer cambios de planes.

Ingenua de mí, planifiqué mi primer viaje en solitario a Croacia hasta el mínimo detalle. Sabía lo que haría cada día, cuándo visitaría otra ciudad y cuánto tiempo me quedaría en cada sitio. ¡Sorpresa! El viaje no salió tal y como planeé.

Para algunas personas, la idea de visitar un país extranjero sin ningún plan a seguir es algo muy estresante. Para mí es una aventura.

Otros viajeros, o incluso las personas que vivan allí, pueden darte ideas o guiarte (¡o hasta llevarte ellos mismos!) hacia aventuras que no aparecen en Internet o en las guías turísticas. Sin planearlo, aprendí a hacer surf en Lima con un israelí y una alemana con los que había salido de fiesta la noche anterior. Me uní a una escalada en los glaciares islandeses con una chica de California que acababa de conocer (ahora es una de mis mejores amigas). Nada de eso habría pasado si me hubiera ceñido a un plan.

3. Me enseña que tengo que ser mi prioridad número uno.

Soy una persona extrovertida y me gusta recorrer el mundo con desconocidos que piensen como yo y permitirme el lujo de decir que no.

Cuando se viaja con gente, una no puede pasar mucho tiempo sola (por no decir nada) porque el viaje es para todos. Hay que comprometerse para decidir lo que vais a hacer, lo que vais a comer, si os vais a echar la siesta, para decidir la hora de levantarse o para decidir cuánto tiempo vais a pasar fuera.

Viajar sola me ha ayudado a darme prioridad. Primero voy yo y puedo hacer lo que quiera y cambiar de opinión cuando quiera. Encontrar el equilibrio entre cuidar de mí misma y ser una persona generosa en la que se puede confiar (en vez de ser alguien que siempre dice que sí), ha resultado ser muy liberador.

4. Me ayuda a confirmar que soy importante.

Es muy fácil acostumbrarse a una relación y a una rutina, por eso, cuando estás en el extranjero con gente desconocida te acuerdas de que te tienes a ti, aunque haya veces en las que no sepas lo que significa eso.

La primera vez que me fui sola de viaje -con el corazón roto y emocionalmente perdida-, conocer a gente nueva me recordó que me merezco amor, pasión y aventuras. También me recordó que yo soy mi propia dueña. Yo soy la que controlo mis conversaciones con la gente, las perspectivas, mis opiniones, mis pensamientos y mis sentimientos. Puedo cambiar si quiero. Puedo elegir y decidir yo sola. Y haga lo que haga siempre será importante.

5. Me recuerda la importancia de las relaciones pasajeras.

Mantengo el contacto con casi todas las personas que he conocido en el extranjero gracias a las redes sociales. Muchas de estas relaciones son pasajeras, pero, aunque empezaran en un espacio de tiempo muy breve, siguen siendo importantes.

Mantuve conversaciones cortas, pero relevantes, que demuestran la importancia de las relaciones humanas. En Perú ayudé a un chipriota que tenía problemas amorosos. En Split (Croacia) hablé con un canadiense sobre la depresión y sobre cómo recuperarse. En Kioto (Japón), hablé con un enfermero de Colorado (Estados Unidos) sobre la adopción, los padres y la infancia. Todas estas conversaciones me recordaron que cada persona ha vivido experiencias distintas y que debería estar agradecida por las mías.

Las relaciones pasajeras no gozan de muy buena reputación, pero creo de verdad que gracias a estas relaciones aprendemos mucho sobre nosotros mismos -nuestros problemas, nuestros puntos fuertes y nuestra forma de ser- y sobre cómo nos relacionamos con los demás. Así podemos prepararnos para llevar mejor nuestras relaciones permanentes.

6. Me recuerda que tengo que creer, y confiar, en la amabilidad de los desconocidos.

Los desconocidos han hecho mis viajes en solitario más fáciles y memorables.

Como los guardias japoneses de las estaciones de metro que no hablaban mi idioma, pero comprendieron mi agobio cuando me di cuenta de que me había bajado en la estación equivocada y, aunque había pasado los tornos, necesitaba volver a subir al tren. O la dicharachera mujer (mitad india, mitad islandesa) que vendía donuts en Reikiavik (Islandia) que se ofreció a dejarnos su propio coche durante un día al escucharme hablar con otros cuatro viajeros solitarios sobre cómo podíamos llegar al monte Esja.

Estos ejemplos, y muchos más, me han recordado que sigue habiendo gente buena en el mundo y que puedo tener fe en la humanidad.

7. Me ha convertido en una ciudadana de mundo mejor educada.

Hablar con la gente sobre su ciudad o sobre las cosas únicas de cada zona es algo que no tiene comparación con leerlo en un periódico o en una guía.

Me enteré de que en 2013 la Policía de Islandia mató por primera vez a un hombre en sus 70 años de independencia. La pensión en la que me hospedé en Dubrovnik (Croacia) colindaba con la residencia de una familia. Me hice muy amiga de la hija, que me habló sobre su experiencia de huir de Bosnia en medio de la guerra y me explicó la situación entre los dos países. Y, desgraciadamente, muchos australianos, canadienses y europeos me han recordado constantemente que sus países tienen mejores sistemas educativos y sanitarios y la política de vacaciones es mucho mejor.

Sé que podría haber sabido todas estas cosas si hubiera investigado un poco en Internet, pero dudo mucho que hubiera pensado en buscar justo esas cosas. Puedo aprender más participando en conversaciones sinceras en otros países.

8. Me demuestra que los hombres buenos sí existen.

En mi familia hay muchos hombres buenos, tengo buenos amigos e incluso he tenido citas con chicos buenos de verdad. Pero soy mujer y vivo en Nueva York y todos los días veo muestras de cómo los chicos pueden ser lo peor: los piropos innecesarios, las ventajas de los hombres...

Por desgracia, como viajo sola y soy mujer, tengo que tener cuidado y pensar mucho en las situaciones que voy a pasar para asegurarme de estar a salvo y de protegerme como pueda.

Afortunadamente, en todas las aventuras que he vivido hasta ahora, he podido conocer a hombres muy amables de todas partes del mundo. He hablado durante horas sobre las diferencias de género con un inglés feminista. He hablado sobre las relaciones que he tenido y sobre las expectativas que se tiene en el sexo contrario con un canadiense en Islandia. Hablar de estos temas con mujeres puede ser muy interesante, pero hablarlos con hombres me hace pensar que los chicos buenos existen y están por todas partes. Para mí, haberme dado cuenta de esto no tiene precio.

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Disfruto mucho decidiendo por mí misma si quiero estar con gente o no. Pero he de admitir que la gente ha tenido mucho peso a la hora de hacer que mis viajes en solitario sean geniales.

Este post fue publicado originalmente en la edición estadounidense de 'The Huffington Post' y ha sido traducido del inglés por Irene de Andrés Armenteros.

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