Alexandre, 11 años, y su abuelo se topan con un tesoro arqueológico en sus tierras de 450.000 años de antigüedad
El descubrimiento revela una ocupación humana antiquísima.
Durante décadas, arqueólogos de todo el mundo trabajan pacientemente, centímetro a centímetro, con la esperanza de hallar vestigios que ayuden a comprender cómo vivieron nuestros antepasados. Por eso resulta especialmente sorprendente que, lejos de una excavación profesional y casi por casualidad, haya sido un niño de apenas 11 años quien diera con una reliquia milenaria en unas tierras familiares.
Se trata de un descubrimiento que arroja luz sobre el pasado más remoto del municipio de Ayguesvives (Haute-Garonne), al sur de Toulouse. Detrás de este hallazgo excepcional se encuentran el joven Alexandre y su abuelo, ambos miembros de SHEPA, la Sociedad de Ayguesvives para el Estudio de la Historia y el Patrimonio, y gracias a ellos se ha dado a conocer una ocupación humana mucho más antigua de lo que se creía.
El tesoro recuperado está formado por una colección de piezas prehistóricas que ha sido datada en aproximadamente 450.000 años de antigüedad. Más concretamente, son nueve herramientas talladas, principalmente guijarros trabajados conocidos técnicamente como “choppers” o picadores, cuyos filos fueron obtenidos por percusión, según recoge La Dépêche. Sus tamaños oscilan entre 10 y 23 centímetros.
Piezas sencillas pero sorprendentes
Estas piezas pertenecen al Paleolítico Inferior y evidencian técnicas líticas rudimentarias utilizadas por grupos humanos que ocupaban la zona en épocas muy antiguas. Además de los guijarros tallados, los descubridores sacaron a la luz un hacha pulida de mayor antigüedad relativa, datada en torno al 6.000 a. C., que corresponde al Neolítico y pone de manifiesto la presencia, en momentos posteriores, de comunidades agrícolas y sedentarias en el entorno.
La combinación de piezas de distintos periodos habla de una ocupación del paraje a lo largo de milenios. Las piezas fueron presentadas a arqueólogos profesionales, sometidas a estudio y los resultados se han recogido en publicaciones científicas que avalan la autenticidad y la datación de los objetos. Aunque las piezas son sencillas, su interés radica en documentar la larga historia de ocupación humana en una comarca todavía poco conocida desde el punto de vista arqueológico.
El yacimiento se sitúa en la meseta de Saurine-Beauregard, un entorno particularmente favorable: con una ligera pendiente, buena exposición solar, un suelo blanco y ligero, y la proximidad a un arroyo y un antiguo abrevadero local. La combinación de estos factores explica por qué el lugar fue recurrentemente ocupado y aprovechado por poblaciones humanas muy antiguas durante periodos prolongados.
Más allá del valor científico, la historia tiene un fuerte componente humano, ya que el avistamiento nace de la curiosidad de un niño que paseaba con su abuelo y que percibió que un guijarro “no era normal”. Este hallazgo recuerda que la arqueología puede comenzar con una simple mirada curiosa y que la herencia local sigue siendo clave para desenterrar capítulos desconocidos del pasado.