Bartjan, 27 años, ganó un millón de euros en un conocido concurso de su país y acto seguido renunció a su trabajo: "El dueño no se lo tomó bien"
Un giro inesperado fruto de una corazonada.
Para muchos, la idea de ganar una gran suma de dinero en un concurso de televisión, la lotería o cualquier juego de azar es un sueño recurrente: dejar atrás la rutina, resolver de golpe las preocupaciones económicas y empezar de nuevo. Sin embargo, cuando la fortuna llama de verdad a la puerta, no siempre trae solo alegrías, como demuestra la historia de un joven neerlandés cuya vida dio un giro inesperado tras un premio millonario.
Bartjan Werink, un agente inmobiliario de 27 años, se convirtió en uno de los ganadores de la histórica recompensa que repartió la Lotería de Códigos Postales en el pequeño pueblo de Balkbrug. La localidad se embolsó el premio mayor de la llamada PostcodeKanjer, casi 60 millones de euros entre varios domicilios y, al corresponderle a Bartjan las letras de su código postal, el beneficio personal ascendió a alrededor de medio millón de euros.
La decisión de jugar no fue fruto del azar, sino que dos semanas antes del sorteo, mientras reformaba su nueva vivienda en Boslaan, tuvo la corazonada de apuntarse. Esa intuición resultó providencial ya que, además de su propio premio, otros vecinos del barrio también vieron cómo cambiaba su suerte aquella Nochevieja. “Mi hermana también ganó una cantidad que usó para renovar su baño”, cuenta en declaraciones recogidas por De Telegraaf.
Sigue siendo el mismo
La noticia del premio motivó a Bartjan para presentar su renuncia donde había empezado a trabajar recientemente. “El dueño no se lo tomó bien, se desató una fuerte discusión, tras la cual entregué las llaves del coche de empresa y no volví”, explica el joven. Pese al conflicto, Bartjan mantiene vínculos profesionales en el municipio y en los meses siguientes registró Reestdal Makelaars como proyecto propio, continuando su actividad en su pueblo.
Con el dinero, el joven ha priorizado arreglos para su casa y gastos modestos como muebles y compras de segunda mano, en línea con sus creencias no materialistas. También compartió parte del premio con la familia, llegó a pagar una estancia en el parque vacacional que solían visitar y compró bicicletas nuevas para sus padres. A su vez, admitió que el premio hizo que empezase a recibir mensajes, llamadas y cartas de desconocidos, y notó cómo algunos proveedores intentaron cobrar más por sus trabajos.
No obstante, no todo es pura felicidad. Bartjan canceló un viaje planeado a Sri Lanka por una mezcla de intuición y miedo a que la buena racha se tornara en mala suerte, así como recuerda viajes cortos que no superaron sus expectativas. La exposición pública y la presión añadida le pasaron factura emocional, por lo que buscó ayuda de un coach para recuperar la tranquilidad y aprender a gestionar la atención ajena y las expectativas que generan los premios.
Hoy en día, Bartjan asegura que su vida no ha cambiado mucho: sigue viviendo en Balkbrug, mantiene su proyecto profesional y valora la normalidad. “No necesito coches lujosos ni relojes caros; estoy satisfecho con lo que compré para la casa”, resume, y celebra que sus amigos perciban que sigue siendo el mismo. Para el pueblo de Balkbrug, la gran noche de la lotería dejó múltiples ganadores y una comunidad que, pese al dinero, intenta mantener su identidad.