De un segundo de silencio a un estruendo inolvidable: así es, así se vive y así se siente la Rompida de la Hora de Calanda
Más de mil tambores rompen el silencio cada Viernes Santo en Calanda en un ritual que mezcla tradición, emoción colectiva y una identidad que ni el paso del tiempo -ni su salto al cine con Luis Buñuel- han conseguido alterar.

A las doce en punto del mediodía, el silencio en Calanda no es normal. Es un silencio denso, contenido, casi irreal. Te corta la respiración. La plaza -y ya no solo la plaza, sino calles, balcones y cualquier rincón cercano- está teñida de morado. Nadie toca todavía. Nadie habla. Nadie rompe ese instante suspendido.
Y entonces pasa. Entonces ocurre.
En apenas un segundo, ese silencio absoluto estalla. Más de mil tambores comienzan a sonar al mismo tiempo, al unísono, generando un estruendo que no se parece a nada que puedas imaginar. "El paso del silencio absoluto al estruendo es muy impactante", explica Manuel Royo Ramos, presidente de la Junta Coordinadora de Cofradías de Calanda. "La verdad es que impresiona mucho".
Para quien lo vive por primera vez, es una experiencia difícil de anticipar. Para quien lo ha vivido siempre, sigue siendo el momento más esperado del año. "Para nosotros es el momento más importante", dice Royo. "Lo llevamos esperando desde pequeños, con la familia, con los amigos".
Ese instante -la llamada Rompida de la Hora- no es solo el acto central de la Semana Santa de Calanda; es, en muchos sentidos, el eje alrededor del cual gira todo.
Un estruendo con siglos de historia
Como ocurre con muchas tradiciones profundamente arraigadas, su origen exacto no está del todo claro. Lo que sí existe es una transmisión constante de historias y leyendas que han llegado hasta hoy. Que perduran. El legado.
Una de ellas sitúa el origen en el momento de la muerte de Jesucristo. Según esta versión, el estruendo de los tambores representaría la tormenta que, según la tradición cristiana, acompañó ese instante. "El sonido de los tambores representaría ese momento, esos truenos", explica Royo en esta entrevista con El HuffPost.

Otra leyenda, conocida como la de los castilletes, remite a un episodio mucho más terrenal. Unos pastores habrían alertado con tambores de la llegada de tropas enemigas, lo que permitió al pueblo protegerse. "A partir de ahí se celebraría con tambores el Viernes Santo", cuenta.
No hay una versión definitiva ni única. "La realidad original no la sé ni yo, ni la sabe nadie", admite. Lo que sí se sabe es que la tradición ha sobrevivido, intacta en su esencia, durante generaciones.
El pueblo antes del estallido
Pero la Rompida de la Hora no empieza a las doce. Empieza días antes. Desde comienzos de la Semana Santa -incluso desde Martes Santo- Calanda comienza a transformarse. Vuelven los que viven fuera. Se abren casas que han estado cerradas durante meses. Las calles se llenan de preparativos.
"Es una vorágine", describe Royo. "La gente prepara las túnicas, los tambores, las comidas… el pueblo no tiene nada que ver con cómo estaba dos meses antes".
No es solo un evento. Es un reencuentro.
La tensión crece a medida que se acerca el momento. No es nerviosismo en el sentido habitual, sino algo más cercano a la anticipación colectiva. Todo el mundo sabe que se acerca ese instante que, aunque se repite cada año, nunca es exactamente igual, pero mantiene la magia de siempre.
Crecer sin perder lo que importa
En los últimos años, la Rompida de la Hora ha crecido. Y mucho.
Lo que antes se concentraba en un espacio concreto hoy se extiende por varias plazas y calles adyacentes. La afluencia de visitantes no deja de aumentar, y el evento ha pasado de ser una tradición local a convertirse en un reclamo turístico de primer nivel.
Pero, a pesar de ese crecimiento, hay algo que no cambia.
"Por mucha gente que haya, los calandinos te puedo asegurar que lo vivimos como si estuviéramos solos", explica Royo. Es una frase que resume mejor que ninguna otra la naturaleza de la Rompida, porque, en medio de miles de personas, cada participante mantiene una vivencia íntima.
"Lo vivimos con nuestros recuerdos, con nuestras convivencias", añade. Esa interioridad es, probablemente, lo que ha permitido que la tradición no pierda su esencia.
El sonido que salió de Calanda y llegó al cine
Hay otro elemento que ha contribuido a que la Rompida de la Hora trascienda el ámbito local: el cine.
Calanda es el lugar de nacimiento de Luis Buñuel, uno de los grandes nombres del cine mundial. Y el sonido de los tambores formó parte de su universo creativo.

Buñuel llevó ese estruendo a la pantalla, incorporándolo en varias de sus películas como un elemento simbólico, casi hipnótico, profundamente ligado a la memoria y a lo religioso. Lo que para Calanda era tradición, él lo convirtió en lenguaje cinematográfico.
Esa conexión no se ha perdido con el paso del tiempo. Cada año, la Rompida de la Hora cuenta con la participación de alguna figura vinculada al mundo del cine. En esta ocasión, el encargado de dar inicio al acto será Antonio Resines, reforzando ese vínculo entre tradición y cultura audiovisual que forma parte de la identidad del propio municipio.
No es casualidad. Como explica el propio Royo, en el pueblo "los tambores y los bombos lo son todo". Y ese "todo" no se limita a la Semana Santa. Marca el ritmo del año.
Un calendario que no funciona como los demás
En Calanda, el tiempo no se mide exactamente igual.
"Nosotros siempre decimos que el año empieza y termina con la Semana Santa. Es nuestra particular Nochevieja", explica Royo. Es una forma de entender el calendario en la que la Rompida de la Hora actúa como punto de referencia.
Después de esos días intensos, llega un breve descanso. Pero pronto vuelven los ensayos, los preparativos, los viajes. Las cofradías -nueve en total- mantienen viva la actividad durante todo el año.
Se afinan los tambores. Se revisan las túnicas. Se organizan actos fuera del municipio, muchos de ellos relacionados con el cine y con la figura de Buñuel. Y nada se detiene del todo.
Los que llegan por primera vez
Cada año, miles de personas llegan a Calanda para ver la Rompida de la Hora por primera vez.
"Se asombran", dice Royo. "El impacto es inmediato. El contraste entre el silencio previo y el estallido posterior genera una reacción difícil de disimular".
"Después, poco a poco, se acercan. Preguntan. Observan. Y, en muchos casos, quieren participar. Nos piden si pueden tocar el tambor o el bombo", nos sigue explicando.
Es en ese momento cuando la frontera entre espectador y participante comienza a difuminarse. Porque, aunque hay una diferencia clara entre quien lo vive desde dentro y quien llega por primera vez, la experiencia tiene algo de contagioso.
Mucho más que un solo momento
Aunque la Rompida de la Hora es el acto más icónico, la Semana Santa de Calanda no se limita a esos minutos.
El Jueves Santo por la noche, la procesión del Calvario reúne a tantos tambores como el propio Viernes. A lo largo de ese día se suceden otras procesiones importantes, como la del Pregón o la de la Soledad.
Y por la noche, lejos de apagarse, el sonido continúa.
"Se vuelve a tocar sin túnica durante toda la noche", explica Royo. "Hay cuadrillas que aguantan hasta el amanecer. Familias que preparan comida. Calles que no descansan. El ritmo solo se detiene al día siguiente -Sábado Santo-, cuando concluyen los actos. "Es todo muy intenso… y agotador", resume.

Lo que no cambia
A pesar del paso del tiempo, de la evolución social y del crecimiento del evento, hay algo que permanece.
"La rompida es igual que cuando yo tenía siete años", afirma Royo. "Han cambiado algunos detalles -la indumentaria es más cuidada, los instrumentos están más preparados-, pero el fondo sigue siendo el mismo".
Lo que se siente, lo que se representa, no ha variado. Y quizá ahí está la clave.
Una tradición que no se explica
Hay cosas que se pueden contar. Y otras que no. La Rompida de la Hora pertenece, en gran medida, a la segunda categoría. Se puede describir el sonido, el momento, la plaza. Se pueden explicar sus orígenes, sus leyendas, su evolución.
Pero hay algo que queda fuera de las palabras.
Para Royo, la respuesta es sencilla. "Es una de las cosas más importantes de mi vida", afirma. Y remata con una idea que, en realidad, lo resume todo: "Si los calandinos no tuviéramos la Semana Santa, tendríamos que sentarnos esta tarde a inventarla".
