Jaime Martínez Valderrama, científico del CSIC, sobre el 41% del territorio degradado por la desertificación en España: "Es una amenaza directa a la seguridad hídrica y alimentaria"
“Esto es algo de suma gravedad”, advierte el experto.

Lejos de la imagen de dunas interminables o paisajes desérticos propios del Sahara, la desertificación en España es un proceso silencioso que avanza bajo nuestros pies. No se trata de que el país se convierta en un desierto, sino de algo más sutil: la pérdida progresiva de suelo fértil, agua disponible y capacidad para sostener la vida y la agricultura. Un problema complejo con consecuencias muy reales para el futuro del territorio.
En ese contexto, el investigador Jaime Martínez Valderrama lleva años estudiando cómo y por qué se degrada el territorio en España. Desde la Estación Experimental de Zonas Áridas del CSIC, advierte que el problema está mucho más extendido de lo que suele percibirse y asegura que cerca de la mitad del país muestra ya signos de degradación. Para el científico, entender bien qué está ocurriendo es el primer paso para poder afrontarlo con decisiones realistas.
En una entrevista con ‘Objetivo Planeta’ de RTVE, Jaime habló de que el Atlas de la Desertificación en España revela que el 41% del territorio nacional muestra signos de deterioro y que el 80% de la población española vive en zonas áridas, incluidas ciudades como Madrid, Barcelona, Sevilla o Valencia. "Es una amenaza directa a la seguridad hídrica y alimentaria, algo de suma gravedad para un país que pierde sus recursos y su capacidad de producir alimentos", asegura el experto.
Sobre la intrusión marina
En su intervención, Jaime explica que la sobreexplotación de acuíferos, la presión del regadío y el avance del cambio climático están vaciando reservas que tardan décadas, o incluso siglos, en recuperarse. Todo esto genera un deterioro que no es solo cuantitativo, sino también cualitativo, con impactos cada vez más difíciles de revertir sobre la disponibilidad y calidad del agua, lo que termina afectando directamente a la capacidad de los territorios para sostener actividades agrícolas.
Uno de los efectos más delicados de esta presión sobre los acuíferos aparece en las zonas costeras, donde el equilibrio natural entre el agua dulce y el mar se está rompiendo. A esto se le conoce como intrusión marina, cuando se extrae demasiada agua subterránea, esa barrera natural que mantiene separadas ambas masas de agua desaparece y el mar acaba entrando tierra adentro. “Una vez que ocurre eso es muy complicado volver atrás”, advierte el experto.
El resultado es la salinización del recurso, que deja de ser útil para el riego y se convierte en una pérdida prácticamente irreversible. Una de las soluciones que se ha planteado es recurrir a desaladoras para obtener agua a partir del mar, pero el propio Jaime advierte de que no es una salida fácil. Estas infraestructuras requieren grandes cantidades de energía, elevan los costes del agua y trasladan el problema a otro nivel, ya que dependen de procesos con un fuerte impacto ambiental y económico.
Todo ello plantea un debate de fondo sobre cómo se gestiona un recurso cada vez más escaso y estratégico como el agua. Las soluciones tecnológicas pueden aliviar la presión, pero no eliminan la raíz del problema ni sus costes asociados. “Hay que hacer una serie de procesos que son caros y que obviamente parte tiene que sufragar el estado”, recuerda Jaime, insistiendo en que la desertificación no es un problema aislado, sino un fenómeno que condiciona a todo un país.
