José Antonio Luengo, psicólogo: "Para educar a un niño hace falta toda una tribu. Y la tribu no es solo una idea abstracta"
“Puede ser la familia, el grupo de amigos, el aula o el centro educativo”, asegura.

En un momento en que los casos de acoso escolar siguen afectando a miles de jóvenes dentro y fuera de las aulas, y donde las redes sociales han ampliado el impacto del daño, expertos y familias coinciden en una idea urgente: el bullying ya no puede entenderse como un problema menor ni como “cosas de niños”. La necesidad de detectar las señales a tiempo y construir entornos más seguros se ha convertido en uno de los grandes desafíos de hoy en día.
El psicólogo educativo José Antonio Luengo aborda esta realidad en su nuevo libro, ‘El algoritmo del miedo’, una obra en la que analiza cómo ha evolucionado el acoso escolar en las últimas décadas. Con una trayectoria ligada a la convivencia escolar y la protección de menores, el experto defiende que frenar el bullying no depende únicamente de los centros educativos, sino de una implicación conjunta de familias, profesores y compañeros.
Frenar el bullying no pasa solo por castigar a quien agrede, sino por construir entornos capaces de proteger, escuchar y educar en la empatía antes de que el daño sea irreversible. "Para educar a un niño hace falta toda una tribu. Y la tribu no es solo una idea abstracta", asegura en declaraciones recogidas por El País. Para el psicólogo, el entorno social tiene una responsabilidad compartida de frenar una violencia que sigue dejando profundas secuelas emocionales en niños y adolescentes.
Defiende un enfoque restaurativo
Lejos de entender la educación como una tarea exclusiva de los padres o de los profesores, el experto defiende la importancia de crear redes de apoyo en el día a día de los menores. “Puede ser la familia, puede ser el grupo de amigos, puede ser el aula, puede ser el centro educativo. Son espacios donde se aprende a convivir”, explica el experto en referencia a la idea de la tribu. Es en esos entornos cotidianos donde los niños aprenden a relacionarse, gestionar conflictos y desarrollar empatía hacia los demás.
En su diagnóstico, el acoso nace de una lógica de dominio: quien agrede busca colocarse por encima, humillar y ganar prestigio dentro del grupo. También advierte de señales que deberían encender las alarmas en casa, como tristeza, aislamiento, pérdida de interés por actividades habituales, dolores físicos recurrentes o rechazo a ir al colegio. Según explica, muchas víctimas tardan en hablar por miedo a no ser comprendidas o a que la situación empeore tras contarlo.
A su juicio, expulsar o castigar al agresor no repara el daño ni ayuda al menor a comprender lo ocurrido. “Por eso es importante incorporar un enfoque restaurativo, que permita pedir perdón, reparar y comprender el daño causado”, explica. Para el psicólogo, solo desde la educación emocional, la empatía y la implicación colectiva será posible construir aulas más seguras y evitar que el silencio siga convirtiendo el sufrimiento de muchos menores en un problema invisible.
