José Luis Sastre, periodista y escritor: "La alegría se ha vuelto revolucionaria, aunque no llegue a serlo tanto como otro principio sencillo y universal"
El periodista de la SER se pronunció con una columna en 'El País' sobre el contexto político y social y abre una lanza a favor de aquellos a los que definen como "buenistas" o "tibios".

En un momento marcado por la crispación política, el ruido constante en redes sociales y un clima público dominado por el enfrentamiento, el periodista de la Cadena SER José Luis Sastre lanza una defensa poco habitual: la de quienes intentan comportarse "con empatía y sentido común". En una columna reciente, el también escritor reivindica el papel de las personas que escuchan, dudan y tratan de actuar con honestidad, aunque a menudo sean etiquetadas como ingenuas o débiles.
Para Sastre, ese perfil -que en ocasiones es ridiculizado como "buenista" o "tibio"- representa en realidad una forma silenciosa de resistencia frente a la lógica del enfrentamiento permanente que domina buena parte del debate público.
Su texto arranca con una enumeración casi manifiesto de esas figuras: "Los ingenuos. Los frágiles. Las almas cándidas". Personas que, explica, no responden al grito ni al insulto, sino que prefieren escuchar y tratar de entender a los demás, incluso cuando no los conocen.
Frente al ruido y la polarización
La reflexión de Sastre se inserta en un contexto social en el que el debate político y mediático parece cada vez más polarizado. Las redes sociales amplifican los mensajes más extremos, mientras el tono moderado o reflexivo suele quedar relegado a un segundo plano.
Frente a esa dinámica, el periodista reivindica a quienes intentan mantener una actitud distinta: "Los que no gritan. Los que escuchan. Los que se ponen en la piel de otros", escribe.
En su visión, ese tipo de comportamiento no implica ingenuidad ni falta de criterio. Al contrario: muchas de esas personas son profundamente conscientes de las injusticias del mundo, pero prefieren afrontarlas desde una ética personal basada en la empatía y la responsabilidad.
Por eso insiste en que la duda no es incompatible con tener principios claros. Describe a quienes "dudan y, en cambio, tienen clara la diferencia entre lo que está bien y lo que está mal". Personas que se hacen preguntas precisamente para no caer en la indiferencia o la equidistancia.
La fuerza de los pequeños gestos
Otro de los ejes de la columna es la defensa de los gestos cotidianos, incluso aquellos que parecen insignificantes en un mundo dominado por grandes estructuras de poder.
Sastre habla de quienes creen que esos actos pequeños —escuchar, cuidar, interesarse por los demás— siguen teniendo valor. Gente que intenta "construir a su alrededor un lugar pequeño pero seguro", lejos de la lógica de los algoritmos o del enfrentamiento permanente.
El periodista reconoce que el mundo actual está profundamente condicionado por estructuras globales que escapan al control de la mayoría de las personas. Sin embargo, considera que eso no debería conducir a la resignación. Para explicarlo, recuerda el ejemplo del escritor Albert Camus tras la Segunda Guerra Mundial, cuando defendió la solidaridad entre las personas incluso después de una tragedia de escala mundial.
En ese sentido, la actitud que describe Sastre parte de una convicción básica: la de que el realismo no debe confundirse con el fatalismo.
La alegría como gesto político
La columna culmina con una idea que resume su planteamiento. En un contexto dominado por el enfado, el resentimiento y la confrontación constante, mantener una actitud abierta y optimista puede convertirse casi en un gesto contracultural. "Ahora más que nunca, la alegría se ha vuelto revolucionaria", escribe.
Sin embargo, para Sastre hay algo todavía más importante que esa alegría: una norma básica de convivencia que atraviesa ideologías y épocas. Un principio que, en su opinión, sigue siendo la base de cualquier sociedad que aspire a funcionar. Ese principio es, simplemente, "tratar de ser buena gente". Un mensaje sencillo que, en tiempos de polarización, suena casi subversivo.
