Sergio, nutricionista de 35 años al que su empresa niega el teletrabajo: "Podríamos hacerlo todo desde casa; es una empresa antigua y casposa que no lo entiende"
“La mayor parte del tiempo estoy sentado delante del ordenador”, asegura.
Desde el estallido de la pandemia de la COVID-19, el teletrabajo pasó de ser una excepción a convertirse en una alternativa habitual para millones de trabajadores. Lo que empezó como una solución de urgencia terminó revelando ventajas claras: mayor conciliación, ahorro de tiempo en desplazamientos y una organización más flexible del día a día. Sin embargo, años después, no todas las empresas han adoptado este modelo con la misma convicción.
A pesar de este cambio de mentalidad, todavía hay miles de trabajadores que siguen atados a la presencialidad aunque sus funciones podrían desempeñarse perfectamente desde casa. Es el caso de Sergio, nutricionista de 35 años en Madrid, cuya jornada transcurre entre correos electrónicos, revisión de informes y llamadas con clientes, tareas que podría realizar en remoto sin afectar al servicio, pero que su empresa insiste en mantener dentro de un modelo tradicional basado en la asistencia diaria a la oficina.
Este es un ejemplo de aquella cultura empresarial que muchos expertos consideran aún anclada en el control directo y la desconfianza hacia el trabajo en remoto. “La mayor parte del tiempo estoy sentado delante del ordenador, como podría estar en mi casa”, lamenta Sergio en declaraciones recogidas por El País. Una situación que refleja el día a día de muchos empleados que ven cómo sus empresas siguen sin dar el paso hacia modelos más flexibles.
Resistencia empresarial
La negativa de la empresa es tajante y no deja margen para la negociación, pese a que sus funciones no requieren presencia física continua en la oficina. “Me dicen que no, que imposible, que es política de empresa. Es una empresa antigua y casposa. No lo entiendo, podríamos hacerlo todo desde casa. Con teletrabajo mejoraría mi calidad de vida”, resume Sergio, que considera que esta rigidez no solo afecta a su bienestar, sino que evidencia la falta de adaptación de algunas compañías a las nuevas dinámicas laborales.
Su caso llega en un momento en que el teletrabajo se ha normalizado menos de lo que se esperaba tras la pandemia. Según datos del INE recogidos por el medio citado, el 16,1% de los ocupados en España podría desempeñar su trabajo a distancia, pero nunca lo hace, una bolsa que suma en torno a 3,4 millones de personas. En paralelo, la proporción de quienes sí teletrabajan apenas se ha movido: en 2025 fue del 14,8%, frente al 15,1% del año anterior.
En este contexto, la regulación también juega un papel clave en el fenómeno del teletrabajo. La ley aprobada en 2021 establece que esta modalidad debe ser voluntaria para ambas partes y fija mayores obligaciones para las empresas cuando supera el 30% de la jornada, como formalizar acuerdos, compensar gastos o garantizar los medios necesarios. Aunque la norma nació para proteger a los trabajadores, algunos especialistas apuntan a que este marco ha llevado a muchas compañías a limitar su aplicación o evitar desarrollarlo plenamente.
En definitiva, el caso de Sergio no es una excepción, sino el reflejo de una tensión aún sin resolver entre las demandas de flexibilidad de los trabajadores y la cautela de parte del tejido empresarial. Mientras el teletrabajo sigue consolidándose en otros países y sectores, en España avanza de forma desigual, condicionado por factores culturales, organizativos y normativos. Una realidad que deja en el aire hasta qué punto las empresas serán capaces de adaptarse a largo plazo.