Abren y prueban una ración de supervivencia alemana de 24 horas y sus reacciones conquistan a una multitud
“Esto no… no me termina de convencer”
Un padre de 90 años, su hijo y una cámara. No hace falta más. Bueno, sí: una ración de supervivencia alemana de 24 horas, sellada al vacío, con aspecto de botín de guerra moderno. Así arranca el vídeo que ha arrasado en TikTok, publicado por @aruncinante, en el que padre e hijo se enfrentan —sin trinchera ni uniforme— al contenido de una bolsa pensada para sobrevivir en medio de la nada. Y lo hacen como lo haría cualquier español: con humor, sospecha y una pizca de “esto qué demonios es”.
El padre hizo la mili en Sevilla, en caballería. De cuando los caballos se montaban, no se alquilaban por minutos. Lo suyo eran cuadras llenas de animales, disciplina de cuartel y un tal Valdecillo que “pegaba hasta bocado” y que no quería ni ver. También fue barbero de oficiales, lo que significa que sabía manejar una navaja antes que una cuchara, y que pasó la mili afeitando tenientes y esquivando guardias. O sea, un superviviente, pero de los de antes.
La aventura gastronómica arranca con los frutos secos. Él los mira como si fueran algo radioactivo. Pone cara de “yo he visto guerras, pero esto no lo entiendo”. Aun así, prueba. Y cambia el gesto. “Está rico”, dice, y lo dice de verdad. Aquí no hay ironía ni diplomacia: los cacahuetes le gustan. Y se los come con gusto. Primer producto: aprobado sin reservas.
Llega la bebida isotónica. Un sobre con polvo blanco, 250 ml de agua (echados a ojo, como manda la tradición) y un meneo con estilo. El padre la observa como si fuese lejía. Prueba. Silencio. Otro trago. “Está bueno”. Y se lo bebe entero, con la cara de quien esperaba lo peor y se ha encontrado con algo que, bueno, no está tan mal. Segunda prueba: superada. El apocalipsis, por ahora, no da tanto miedo.
Tercera parada: batido de proteína con sabor a chocolate. Entre comillas. Lo huele, lo mira, lo duda. Prueba. Y entonces dice: “Tiene un poquito de chocolate… pero poquito”. El veredicto no es entusiasta, pero se lo toma igual. Porque aquí se viene a probar, no a huir. Lo bebe entero, sin amor pero con dignidad. Si esto es lo que hay cuando cae una bomba, se sobrevive. Con desgana, pero se sobrevive.
Después viene el plato fuerte: pasta carbonara con queso. La pinta no ayuda. Él la examina como quien se encuentra una criatura nueva. Pero prueba. Y para sorpresa de todos, suelta un “está bueno, ¿eh?”. Y repite. Y sigue. Y acaba comiéndoselo sin una sola queja. Hasta le encuentra trocitos de carne. Quizá no sea una carbonara como las de casa, pero para ser comida de guerra, da la talla.
El postre llega en forma de barrita de frambuesa, que visualmente recuerda más a un taco de madera que a algo comestible. La huele, duda, muerde. “Está dulce”. Y le gusta. No se hace el héroe, pero se la come sin protestar. La frambuesa industrial pasa el filtro del veterano. El apocalipsis, hasta ahora, se le está dando bien.
Y entonces llegan los chicles. Último producto. Uno para cada uno. El hijo habla a cámara. El padre mastica en silencio. Algo va mal. Cuando el hijo se gira, lo ve sacándose el chicle de la boca con toda la calma del mundo. No hace falta que diga nada más. Pero lo dice: “Con esto y un bizcocho…”