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18/12/2016 10:24 CET | Actualizado 18/12/2016 10:24 CET

De la libertad de expresión a la responsabilidad de expresión

En los últimos días personajes célebres y no tan célebres como Maluma, Cremades, caranchoa y alcaldes de Alcorcón han hecho que en las conversaciones de media España se haya acuñado más que nunca el término "libertad de expresión". Y todo hay que decirlo, que hayan puesto este debate sobre la mesa es de agradecer, porque a todos se nos llena enseguida la boca exclamando "libertaaad" a lo William Wallace sin tener en cuenta el efecto "polvorón": que podemos terminar atragantándonos con nuestras propias palabras.

Que tenemos derecho a la libertad de opinión y de expresión es algo indiscutible (así lo indica el artículo 19 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos y la propia Constitución) además de celebrado, que se lo pregunten a Rita Maestre que esta misma semana ha sido absuelta por su protesta en la capilla de la Complutense. No queremos ir hacia atrás y perder lo conseguido, por mucho que la Ley Mordaza se empeñe en hacer un revival de "Regreso al pasado" pero eso no significa que todo lo que se exprese o publique sea incuestionable. Cuando debatimos acerca de los contenidos que se generan en los medios y en las redes no estamos cuestionando el derecho en sí mismo sino el uso que se hace de él y si ese uso tiene consecuencias positivas o negativas para las demás personas. Como cualquier otro derecho la libertad de expresión también conlleva una responsabilidad y es hacia este punto al que se deriva el debate.

En estos días se ha hablado mucho de la libertad de los artistas, los youtubers y los políticos pero también han surgido voces que reclaman ese mismo derecho para la ciudadanía. ¿Tenemos derecho a pedir la retirada de un anuncio o de un vídeo que nos ofende? ¿Podemos manifestarnos o debemos aceptar sin pestañear todos los mensajes que nos llegan?

La libertad de expresión no se da en una sola dirección. En plena era de la comunicación en la que cualquier persona, institución o empresa puede compartir sus ideas, hemos de asumir que el derecho a expresarse ya no se produce en una sola dirección. La época dorada de tener el poder y emitir contenidos sin recibir ningún tipo de reproche fue bonito mientras duró, pero las personas de a pie ahora tenemos canales y fórmulas de sobra para hacer llegar a una marca, a un artista o a un político nuestra opinión. Si no les gusta lo sentimos, haber nacido en 1869.

Que obtengas dinero con ello no te exime de responsabilidad. Que sea "arte" tampoco. Después de utilizar el comodín de la "libertad de expresión", el "me pagan por ello" es la excusa más utilizada para defender un contenido. "Yo hago anuncios sexistas porque es lo que me pide el cliente". "Yo canto esta canción porque me lo pide el público". "Yo soy francotirador porque es mi trabajo". El tercer comodín no es el de la llamada, es el de la palabra "arte". Porque ya se sabe que el arte y la ficción están exentos de todo menos de IVA. "Yo canto letras racistas que incitan al odio pero son arte". "Yo hago fotos de modelos como si estuvieran muertas y violadas pero son una expresión artística". "Yo hago vídeos en Youtube en los que acoso a las personas pero es comedia". Dicen que si pronuncias tres veces seguidas la palabra "arte" también aparece Beetlejuice.

Libertad de expresión no significa "todo incluido", hay unos códigos. Se puede opinar, debatir e incluso discutir dentro de unas "normas de conducta que aseguren el mutuo respeto entre los ponentes". La pulserita de la libertad de expresión no incluye insultar, vejar o acosar, estos son extras que hay que pagar aparte. El precio lo decide la ley y puede incluir multas y también la cárcel (dato importante para los que insultan y acosan en las redes).

La libertad no implica sólo individualidad. Rescatemos aquí la ya conocida frase "mi libertad termina donde empieza la de los demás". Cuando hablamos de libertad lo hacemos sólo desde un punto de vista individual. ¿Qué tal si lo desplazamos hacia lo colectivo? ¿Qué tal si antes de lanzar un mensaje nos preguntamos: aporta libertad a las demás personas? Si un artista o un publicista se comunica a través de estereotipos donde los hombres sólo son agresivos y las mujeres objetos, ¿nos está aportando libertad o por el contrario nos está limitando? El público también tiene derecho a una información diversa y libre de estereotipos para poder tomar sus propias decisiones. No olvidemos la libertad de los demás a la hora de ejercer la nuestra.

Que no exista un comité censor que dictamina si un producto pasa el test de lo admisible o no, no significa que esté exento de evaluación. Hoy somos las personas, los clientes y el público quienes nos manifestamos al respecto. Si un anuncio nos ofende lo decimos, si creemos que una obra de arte puede tener efectos negativos lo decimos y si un político hace unas declaraciones que consideramos reprobables también lo decimos. La marca, el artista o la figura pública no tiene que rendir cuentas sobre su libertad de expresión pero sí debe hacerse cargo de su responsabilidad de expresión. Ante esto siempre tiene dos opciones: hacer prevalecer su elección personal (o beneficio económico) por encima de las personas o, por el contrario, escuchar y considerar lo que ha generado su propuesta, asumir su responsabilidad y utilizarla para mejorar.

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