INTERNACIONAL

Bruselas, imán de terroristas

La huella de la capital belga aparece reiteradamente en la biografía de los yihadistas que desde hace un par de años siembran de muerte las ciudades europeas. ¿Por qué?

24/08/2017 21:56 CEST | Actualizado 24/08/2017 21:56 CEST
CARLOS CARNICERO URABAYEN

Es una tradición maldita para Bruselas. Su huella aparece reiteradamente en la biografía de los terroristas que desde hace un par de años siembran de muerte las ciudades europeas. Los ataques de Barcelona y Cambrils no son una excepción y confirman el irresistible poder de atracción que ejerce la capital de la UE sobre el islamismo radical.

El imán de Ripoll, Abdelbaki Es Satty, al que se sitúa como autor intelectual de los atentados de Cataluña y adoctrinador de los jóvenes terroristas, vivió dos meses en Bélgica en 2016 y trató de instalarse en este país del norte de Europa. Su estancia coincide en el tiempo con los meses anteriores a los ataques terroristas de marzo de 2016 en Bruselas.

Según ha revelado El País, las autoridades belgas detectaron el radicalismo del imán de Ripoll y preguntaron a un mando de los Mossos d'Esquadra por sus antecedentes. Más allá de los posibles fallos de coordinación y de la pista belga que podría desvelar la investigación, la pregunta vuelve sobre la mesa: ¿por qué Bruselas atrae tanto a los terroristas?

En relación a su población de 11 millones de habitantes, de los que alrededor del 6% son musulmanes – el 25% en Bruselas-, Bélgica está a la cabeza de los países europeos en el número de ciudadanos (alrededor de 600) que han partido en los últimos años a Siria e Irak a combatir junto al Estado Islámico.

El fenómeno de la radicalización no es reciente. El primer atentado terrorista de corte islamista se produjo en 1987. Militantes del grupo Muyaldines del Pueblo mataron a tiros al segundo secretario de la embajada siria en Bruselas. Desde 2006, el gobierno belga puso en marcha el Plan radicalización, con el objetivo de detectar y combatir la xenofobia, el antisemitismo y el terrorismo. En 2014 un tribunal de Amberes condenó en un macro-juicio al grupo Sharia4Belgium y en mayo de ese año se produjo el atentado contra el Museo Judío (cuatro muertos).

'LOCKDOWN'

Pese a no ser un fenómeno nuevo, los atentados de París en noviembre de 2015 –que dejaron 130 fallecidos en el camino- alertaron sobre la magnitud del problema belga y su capital, Bruselas, cambió - ¿para siempre? – de la noche a la mañana. Las investigaciones pusieron sobre la mesa las conexiones de los terroristas con Bruselas (situada cómodamente a 280 kilómetros al norte de la capital francesa sin fronteras de por medio) y su céntrico y paupérrimo barrio de Molenbeek, lugar en el que algunos de ellos vivieron.

Salah Abdeslam, el único superviviente de los atacantes de París, huyó a Molenbeek la misma noche del ataque y permaneció allí hasta el día de su detención en marzo de 2016. Pese a ser "el hombre más buscado de Europa", había permanecido escondido a cien metros de la casa en la que creció.

Tras los ataques de París, Bruselas se blindó en modo lockdown, evocando una ciudad fantasma, sin apenas paseantes, multitud de comercios apagados, guarderías, escuelas y transporte cerrados. Los militares se instalaron en las calles y desde entonces las patrullan con la misma naturalidad con la que antes lo hacía la policía local. La parafernalia de la guerra dibujó en la psicología colectiva la pesadumbre de la inevitabilidad del mal. El 22 de marzo de 2016 los terroristas golpearon el metro y el aeropuerto, matando a 32 personas e hiriendo a cientos. "Lo que temíamos ha sucedido", reconoció el primer ministro Charles Michel.

El país continúa en alerta tres (sobre un máximo de cuatro). Los incidentes son habituales. Desde redadas a falsas alarmas. El pasado 20 de junio un terrorista trató de explotar su maleta en la Estación Central, pero erró y fue abatido por un miembro del ejército mientras gritaba "Alá es grande".

INTELIGENCIA COMPARTIDA

Los ataques de Barcelona y Cambrils han vuelto a poner el énfasis en la importancia de compartir inteligencia para evitar los ataques. Pese a los repetidos llamamientos tras cada atentado, la realidad sigue siendo la misma: los terroristas no tienen fronteras en la zona Schengen y las policías nacionales no gozan de esa misma libertad para perseguirles, a pesar de que cada vez comparten más información.

Bruselas y la complicada estructura institucional de Bélgica dan una idea de las dificultades para coordinarse. Con un millón de habitantes, Bruselas tiene seis departamentos de policía diferentes ("Nueva York tiene uno sólo con 11 millones", ha reflexionado el propio ministro del Interior belga), y está troceada administrativamente en 19 distritos, con sus consiguientes alcaldes.

La gestión de la información no resulta fácil. Según las autoridades belgas, el imán de Ripoll no fue aceptado en la comunidad musulmana local por su radicalismo, pero no consta que ello generara una alerta sobre su peligro y que fuera transmitida a España y el resto de países vecinos.

Antes de los ataques de París y Bruselas, la embajada de Holanda en Ankara fue notificada en julio de 2015 por el gobierno turco acerca de la deportación del ciudadano belga Ibrahim El Bakraoui, que había sido capturado en tierra turca cuando trataba de llegar a Siria. El Bakraoui estaba ya perseguido por la justicia belga, pero la información no cruzó a los Países Bajos, país fronterizo al norte de Bélgica. Menos de un año después, Ibrahim y su hermano Khalid participaron en la organización de los ataques de París y terminaron inmolándose meses después, el primero en el aeropuerto de Bruselas y el segundo en la estación de metro de Maalbeek.

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