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¿Qué podemos hacer con los conflictos enquistados en nuestra vecindad del este?

07/10/2015 07:02 CEST | Actualizado 06/10/2016 11:12 CEST

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Los conflictos en el espacio postsoviético que se han quedado congelados no son resultado de levantamientos o luchas entre naciones aleatorias sino que, en su mayoría, tienen un embrión común, que no es otro que la extinción de la Unión Soviética y sus consecuencias territoriales, políticas y sociales, y el renacimiento de la idea de la gran Rusia -y, por ende, sus áreas de influencia- a manos de su presidente, Vladimir Putin.

El trasfondo de los conflictos tiene la estrategia rusa de frenar a los países que estuvieron en su esfera de influencia de Moscú y que ahora pretenden integrarse en la Unión Europea y la OTAN.

Al principio sólo era una política oportunista, si es que entendemos como oportunismo el aprovechamiento político de una oportunidad para forzar objetivos más o menos inconfesables. Pero después de que se comprobase que se trataba de una herramienta bastante efectiva, se convirtió en un mecanismo habitual de la política exterior rusa. Salió bien la jugada, por ejemplo, en Osetia del Sur y Abjasia, en Georgia, y Rusia se ha limitado a repetir el mismo proceso en Crimea y el Este de Ucrania.

Dicho proceso, aunque desconcertante, es simple: un conflicto territorial sin una solución clara en la esfera de Rusia es la excusa perfecta para que Moscú mantenga su particular concepto de paz en sus propios términos. Una paz que es el resultado de su control sobre esos territorios.

Desde el punto de vista geoestratégico, la principal conclusión a la que se llega puede enunciarse de la siguiente manera: Rusia ha vuelto a la escena política. Su aparente decadencia tras el final de la Guerra Fría ha sido un paréntesis.

Esto no hace sino confirmar el resurgimiento de Rusia como potencia internacional con intereses evidentes en toda la región, lo que -como es lógico suponer- no anticipa soluciones a corto y medio plazo de los conflictos congelados. Unas soluciones que cubran las expectativas de esos países. Por ello no conviene que seamos demasiado optimistas respecto a su resolución rápida, definida por el respeto a la integridad territorial de los Estados afectados por estos movimientos secesionistas.

Desde el punto de vista geoestratégico, la principal conclusión a la que se llega puede enunciarse de la siguiente manera: Rusia ha vuelto a la escena política. Su aparente decadencia tras el final de la Guerra Fría ha sido un paréntesis -breve- en su secular trayectoria como potencia mundial de primer orden.

Por esa razón, hoy, más que nunca, el papel de la Unión Europea en la región debe ser el de protagonista; es necesario que dejemos de hacer una política seguidista de los Estados Unidos y empecemos a tomar decisiones; actuar. Eso sí, no debemos pasar de la diplomacia suave a la dura, ni pretender suplantar a EEUU, entre cosas porque hoy por hoy no es esta una alternativa razonable. La UE debe actuar diplomáticamente en estos conflictos, pero operando sobre la nuestros de nuestros valores comunes -el respeto a la democracia y a los DDHH-, y en abierta coordinación con otras organizaciones expertas en la resolución de conflictos y en las tareas de mediación como es el caso de la OSCE.

Y, sobre todo, y aun sabiendo que no podemos mostramos complacientes ante el despliegue de una Rusia dispuesta a influir en un espacio territorial que quizás pueda no tener límites, también debemos saber que no podemos vivir permanentemente enfrentados con el vecino.

Una adecuada combinación entre la actitud exigente y la comprensión de que no hay más remedio que convivir con un país con el que compartimos muchos kilómetros fronterizos es, desde mi punto de vista, la estrategia que hay que seguir.

Sabemos que no es cosa fácil. Pero ese es, precisamente, el objetivo de la política y la tarea de los políticos. Parafraseando a un político español de finales del siglo XIX, don Antonio Cánovas del Castillo, convertir lo necesario en posible,

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