ECONOMÍA
20/01/2013 11:19 CET | Actualizado 11/12/2014 12:14 CET

Economía alternativa entre unos vecinos muy ecológicos (VIDEO)

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“¡Víctor, tienes en mi casa las manzanas que pediste!”, interrumpe el vecino del número seis de la Calle Ecoaldea de Valdepiélagos, al noreste de Madrid, mientras Víctor Torre habla de los beneficios de vivir en una urbanización sostenible. Las 30 viviendas que conforman el complejo están hechas con materiales ecológicos, preparadas para aprovechar los recursos de la naturaleza, y sus habitantes han aprendido a organizarse para desarrollar una economía que les ayuda a capear la crisis y al mismo tiempo respeta el medio ambiente.

Han formado un grupo de consumo, tienen sus propias huertas y han fomentado el trueque entre ellos y con la gente del pueblo. Cualquiera que se acerque a esta localidad de 540 habitantes, situada a 50 kilómetros de la capital y vea los chalets de dos o tres plantas, alineados en dos hileras en una colina, pensaría que lo que ve es una urbanización cualquiera construida en los años en los que la burbuja aún no había estallado. Nada más lejos de la realidad.

“Esta forma de vivir se anticipa a la crisis”, comenta Torre satisfecho. Ellos fueron quienes impulsaron hace 20 años la idea de formar una cooperativa para construir viviendas en un medio rural y de una forma más respetuosa con el medio ambiente. Las casas son tan grandes –todas tienen más de 130 metros cuadrados– que permiten dedicar un espacio a un negocio. Torre y su mujer tienen una empresa de títeres. Sus dos hijos otra de informática. Todos viven y tienen su sede en casa. "Lo que le está pasando a la economía se veía venir. Nosotros queríamos volver de alguna manera al medio rural,

vivir más acorde con la naturaleza, pero sin tener que estar menos acomodados", añade Torre.

Casas ecológicas

Las edificaciones se orientan al sureste, para aprovechar todas las horas de sol, y tienen huertas y árboles frutales. En la parte trasera, que es la que da al norte, casi no tienen ventanas y cuentan con árboles de hoja perenne, que funcionan como aislantes naturales del frío. Los ladrillos están hechos con una base de virutas de madera y todo el cemento que se utilizó es sin plomo, ya que es altamente contaminante y nocivo para la salud. Las baldosas son de barro, bajo las que está la calefacción, en un sistema de suelo radiante. “Al salir el calor del suelo, la casa tarda menos en calentarse”, explica

el vecino del número seis, Juan José Leralta, mientras camina por su vivienda donde vive con su mujer. Son una pareja de sexagenarios que abandonaron la céntrica calle madrileña de Arturo Soria para mudarse a Valdepiélagos.

Todo está pensado. Hasta el sistema de irrigación de sus huertos utiliza las aguas grises de las casas –el agua que se utiliza en el fregadero o en los lavabos–. Sin olvidar el enorme depósito de 150.000 litros que almacena el agua de lluvia, también para regar.

Cuando se construyeron las casas, en 2008, el precio medio que gastó cada familia fue de 300.000 euros, “lo mismo que te costaba un piso de 90 metros en Madrid”, añade Torre. No obtuvieron ayudas estatales como sucede en otros países como Alemania, donde el Gobierno apoya este tipo de iniciativas. Simplemente contaron con ayudas puntuales para un número limitado de paneles solares. Finalmente, cada casa cuenta con una pequeña placa que les permite reducir los gastos de calefacción y agua caliente. “Nunca pagamos más de 50 euros al mes en gas, ni en pleno invierno”, explica Torre. Sin embargo, tanto él como Leralta se lamentan de una cosa, que la situación económica actual no permita a los jóvenes hacer inversiones así, a largo plazo. “Hay tres o cuatro parejas jóvenes aquí, pero la media es madura”, expone el primero.

Pero esta ecoaldea no es solo un conjunto de construcciones bioclimáticas, como se conoce a este tipo de edificación, sino que conforma un grupo humano que se ha organizado para reducir gastos. "Como hay tanto problema de empleo, un vecino en paro va a Mercamadrid a comprar frutas y verduras y nos las trae, él se saca algo de dinero y nosotros tenemos productos más baratos, saludables –son de agricultura ecológica– y evitando los intermediarios", comenta Torre cuando se acerca a la de Leralta, donde hay un montón de cajas con vegetales en el suelo.

Fabio Fricano tiene 19 años y lleva un tiempo sin empleo. Su familia, como las restantes de la ecoaldea, llevaba dos años comprando en grupo la mayoría de los productos que necesitan (alimentos, productos de limpieza, refrescos, etc.). Formaron un grupo de consumo. Al hacer la compra juntos, abarataban costes. Sin embargo, el padre de Fricano pensó que una buena forma de que su hijo se sacara un "dinerillo" sería que fuera él quién se encargara de realizar y recoger los pedidos.

Desde el pasado junio, Fricano va todos los martes a Mercamadrid a comprar las frutas y la verduras que piden sus vecinos. Todos se organizan con un documento a traves de internet e ingresan el dinero de los gastos de los gastos en una cuenta conjunta. "Yo me saco entre 30 y 60 euros cada semana", explica el joven, que también se encarga del resto de los pedidos, "cada seis meses compramos jabones y cada dos, por ejemplo, compramos zumos", añade.

Estos nuevos vecinos se han integrado plenamente en el pueblo. De hecho, dos de los que viven en la urbanización forman parte del Ayuntamiento. Pero este vínculo va más allá. Los miembros de la cooperativa han conseguido transmitir su conciencia de llevar una vida más sostenible y han instaurado el sistema de intercambio en la zona. “¿Sabes lo que es un banco de tiempo?”, pregunta Leralta sonriente, “nosotros vamos más lejos, tenemos hasta moneda propia, 'la mora' (que equivale a un euro)”.

Es un sistema de intercambio de servicios por tiempo. La unidad con la que se da valor al servicio o producto no es el dinero habitual sino una medida de tiempo, por ejemplo el trabajo por hora.

En Valdepiélagos y alrededores, han comprendido que todo el mundo tiene algo que aportar. “Si necesito que alguien nos eche una mano en la huerta, como mi mujer sabe coser, quien me ayuda, por ejemplo, se lleva a cambio la ropa arreglada”, explica Leralta. ¿Y la moneda? Si quien hace un servicio en ese momento no necesita nada, recibe las moras que consideren oportunas para canjearlas cuando lo necesite.

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