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21/07/2014 21:52 CEST | Actualizado 22/07/2014 02:58 CEST

Lorena Ros: "Los abusos de la Iglesia aquí­ todavía no han estallado"

La fotoperiodista Lorena Ros (Barcelona, 1975) ha publicado un libro en el que recoge las fotografías y experiencias de personas que sufrieron abusos sexuales cuando eran menores de edad, que afectan a uno de cada cinco niños europeos según datos recopilados por el Consejo de Europa. Ros, ganadora de un premio World Press Photo en 2001, ha recogido testimonios en España, Estados Unidos y México para su nuevo trabajo.

La fotógrafa es madre de una niña de 15 meses y vive a caballo entre lo que ella llama "las tres B" (Barcelona, Bombay y Brooklyn). Con Unspoken (Blume, 35 euros), quiere "concienciar" y, para ello, expone imágenes actuales de los "supervivientes" de abusos y también de cuando eran niños, así como de los sitios donde ocurrieron los hechos.

¿Te ha costado que hablaran?

La fotoperiodista Lorena Ros

No. Ellos han visto que el acercamiento era bastante honesto y tienen ganas de hablar. Si no hablan es porque los medios les estigmatizan de alguna manera o porque la sociedad no lleva bien este tema. Yo creo que en un contexto respetuoso sí que hablan. Hay muchos que no, pero la gente que ha pasado por una terapia sí está dispuesta. Algo a enfatizar es que todas las personas con las que he trabajado habían hablado de este tema con alguien antes. Cuando conversaban conmigo, ya tenían los sentimientos más o menos superados.

Una persona, cuando saca esto por primera vez, es una bomba de relojería. Yo creo que ahí es fundamental la ayuda psicológica, el apoyo familiar, de los amigos... Por eso opino que es muy importante que la sociedad esté concienciada, porque si alguien que ha sufrido abusos quiere hablar de ello ha de tener el soporte. Lo que ocurre, como esto se silencia tanto, es que cuando la persona quiere hablar, se siente súper sola.

Claudia, que hoy tiene 34 años, tenía cuatro cuando su madre falleció y fue a pasar una temporada con sus hermanas a casa de unos parientes. Una persona que vivía allí abusó de ella hasta que volvieron a mudarse.

¿Se repite algún patrón en los casos que has recogido?

Se trata de un abuso de poder. Puede ser cualquier figura que sea mayor que el menor. Ya sea un eclesiástico, ya sea un familiar, ya sea un profesor... O alguien del entorno. Pero, obviamente, es alguien muy cercano. No son gente extraña. ¿Recuerdas aquello que te dicen de "no cojas caramelos a la salida del colegio"? Pues esto es lo opuesto. Es gente que está muy metida en tu familia o en tu entorno y por eso crea ese sentimiento de superioridad, de poder. En el libro salen 17 casos, pero yo fotografié y entrevisté a 40 o más. No están todos, porque luego tuve que hacer una edición y porque hay gente que, finalmente, no ha querido participar en el proyecto.

¿Cuáles son las claves para luchar contra este tipo de abusos?

La conciencia social. Por un lado, el silencio de todos (de los que lo han sufrido y de la sociedad por ser un tema escabrosísimo) hace que los abusadores queden impunes. Por otro, hay que crear la conciencia de que, si hay un problema con un niño, hay una posibilidad de que sufra abusos. Barajarlo en lugar de pensar: "No, no, eso a mi hijo no le puede pasar". Luego, si le ocurre, damos la espalda a esa persona y se queda sin ningún apoyo.

¿Cómo se te ocurre la idea de llevar a cabo este proyecto? ¿Qué pasos has seguido?

Llegó un momento en el que veía que estaba focalizándome mucho en temas en otros países y este tema era más cercano. Leí un artículo que me impactó bastante al ver las estadísticas y también coincidía con una época en la que sufría un desencanto, porque había trabajado muchos años en un tema de tráfico de mujeres y veía que esas mujeres continuaban en la calle, que nada había cambiado con mis fotos. Quizás sea muy pretencioso y muy ingenuo al mismo tiempo lo que estoy diciendo, pero entonces pensé: ¿por qué tengo que irme tan lejos? Me dieron una beca Masterclass, de World Press Photo, y empecé esto como un ensayo. No creí que llegaría a ser un libro, pero luego me dí cuenta de que era un temazo. Después me fui a vivir a EEUU y allí lo continué. No he buscado los tres países a conciencia, se ha ido desarrollando así, al azar. Porque este tema, desgraciadamente, ocurre en todos los sitios.

En cuanto a los pasos, la que me dio la primera oportunidad fue Vicky Bernadet [creadora de una fundación con su mismo nombre especializada en abusos a menores]. Este tema asusta, porque los medios lo tratan de una manera muy sensacionalista. Me dio la la oportunidad de conocer a un grupo de 'supervivientes', les expliqué lo que querí­a hacer y algunos se prestaron. Una vez que tenía unos cuantos testimonios y una exposición, ya poseía una credibilidad cuando iba a asociaciones de otros países y confiaban en mí, algo que es primordial.

Cuando Miguel Ángel tenía 16 años (hoy tiene 23) el sacerdote del grupo juvenil en el que participaba empezó a abusar de él.

En los tres sitios en los que has trabajado para este libro, ¿has notado diferencia?

Entre las personas que he fotografiado no. Esto es algo sociológicamente interesante, que gente que ha sufrido este tipo de abusos y que son de sociedades sustancialmente distintas (porque entre una persona de Carolina del Sur y una persona de México DF no hay mucha relación cultural) los patrones se repitan. Por ejemplo, el sentimiento de culpabilidad de la ví­ctima, las artimañas que desarrolla el abusador para manipular, el secreto y el estigma social. Y, también, el proceso de darse cuenta que eso que le habían hecho de pequeño es algo que no estaba bien. Es increíble, pero los patrones son los mismos en culturas muy distintas.

Eres madre de una niña de 14 meses, ¿crees que hay alguna forma de proteger a tu hija de estos abusos?

Siendo muy dura, los abusadores tienen un objetivo y se camuflarán de alguna manera para acceder a él. Contra eso creo que es difícil luchar. Obviamente, hay que estar muy pendiente en el entorno familiar, pero no volverte una policía, porque puedes crearle inseguridad a la niña. Muchas de las personas que han sufrido esto en la infancia ya tenían síntomas. Y, sobre todo, si se te escapa, que puede pasar, estar ahí. Espero que no ocurra, pero no querer pensarlo te hace que gires la espalda al tema. Una buena sensibilización, sin alarmismo, es lo ideal.

¿Qué le dirías a alguien que ha sufrido abusos?

Que solicite ayuda psicológica, aunque cada caso es un mundo. Lo ideal es que se pudiera denunciar, pero es que en el caso de España estos delitos prescriben demasiado pronto, como máximo a los quince años después de los 18.

Phyllis tiene 55 años. Cuando era pequeña, su padre se la llevaba a las obras de las que era vigilante y abusaba de ella allí.

¿Por qué se escribe tan poco sobre el tema?

Pues porque es un tema tabú. España no es una sociedad tan avanzada, ¿eh? Lo de la Iglesia, por ejemplo, aquí todavía no ha estallado. Empezó en Boston con la Iglesia católica. En Irlanda ha estallado también. ¿En España? Va a pasar, porque ha pasado en Irlanda, han tenido que compensar a las víctimas y ha salido todo. Aquí no ha salido nada y en Italia casi tampoco. La Iglesia tiene mucho poder todavía.

¿Por qué muchas mujeres no creen a sus hijas o terminan culpándolas?

Es curioso, porque muchas de ellas han sufrido también abusos. Entonces, han tomado ese rol y se ponen del lado del abusador: es una especie de síndrome de Estocolmo. Es muy escalofriante pero muy común. No quieren creer.

¿Qué sensaciones le ha provocado el proyecto?

Mucha rabia, repulsión, rabia, indignación, y también una gran admiración hacia las personas que han hablado.

¿Esperas algo de este proyecto aparte de concienciar?

Que rompa el tabú. Ya ha tenido un poco de efecto real. Una vez se expusieron unas cuantas fotos en Barcelona y una de las supervivientes del libro llamó a su madre, con la que no hablaba desde hacía dos años. Le dijo que fueran a tomar un café y la trajo a la exposición. Todos los supervivientes hacían corro y hablaban del tema y la madre estaba ahí, sin saber qué hacer. Años antes había echado a su hija de casa, la culpaba de haber provocado ella a su padre... Espero que esto sea un efecto dominó. De hecho, otra de las mujeres que sale en el libro me dedicó en público unas palabras muy bonitas en la presentación en Barcelona: "Cuando vi la foto que Lorena me había hecho, vi retratado mi interior".