Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro.
Platero, el burrito blanco nacido de la pluma de Juan Ramón Jiménez, cumple ahora cien años. La obra cumbre de Jiménez, o al menos la más conocida, ha sida leída en centenares de escuelas entre jóvenes que aprendieron gracias a ella lo que era la prosa poética mientras descubrían cómo Platero paseaba por los campos de Moguer (Huelva), jugaba con los niños y correteaba por los campos, con minuciosas explicaciones casi poéticas a lo largo de 138 capítulos. Y eso que el autor explicó en más de una ocasión que no era un libro escrito para niños, sino "escojido para los niños" (en la misma gramática que usaba el escritor).
Escrito en 1914, Platero y yo pertenece a la primera etapa creativa del escritor, la llamada sensitiva. En ella abundan "las descripciones del paisaje, los sentimientos vagos, la melancolía, la música y el color, los recuerdos y ensueños amorosos", como explica la web del Instituto Cervantes.
La obra de la que Platero es el eje conductor está construida gracias a palabras tan sencillas como deslumbrantes que, una tras otra, capítulo a capítulo, van relatando cómo es Moguer y cómo la viven el escritor y su burrito blanco. Estas son algunas de las frases más bellas de la obra.
Las frases escogidas son de la edición de Platero y yo publicada por Alianza Editorial en 2006, similar a la que publicó la biblioteca Juventud (Ediciones La Lectura, Madrid) en la Navidad de 1914.