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17/10/2015 21:53 CEST | Actualizado 17/10/2015 21:53 CEST

Así es la mente de un ‘conspiranoico' (o eso es lo quieren que creas)

PROJECT APOLLO ARCHIVE

Cuando Kipp Teague decidió colgar en internet miles de fotos de las misiones lunares tripuladas, no sólo enriqueció el conocimiento popular sobre una de las mayores hazañas del ser humano; también reavivó el debate popular sobre lo que algunos creen uno de los mayores fraudes de la historia.

Teague es un aficionado entusiasta del programa Apolo que se ha tomado la molestia de hacer algo para lo que la NASA no había encontrado tiempo: subir a Flickr miles de escaneos en alta resolución de las fotografías tomadas por los propios astronautas y que hasta ahora dormían en soporte DVD. Pero de inmediato, la avalancha de nuevo material ha servido a algunos para recordar que, naturalmente y según ellos, en realidad nunca fuimos a la Luna.

La hipótesis de que las misiones lunares se grabaron realmente en un estudio de cine es una de las teorías de la conspiración más conocidas, junto con la del asesinato de John Fitzgerald Kennedy, la del ovni de Roswell, la del presunto asesinato de Lady Di o incluso la que acusa al gobierno estadounidense de haber planeado o consentido los atentados del 11 de septiembre de 2001. Más recientemente, otra teoría afirma que el tiroteo de la Escuela Primaria Sandy Hook en 2012, que costó la vida a 26 personas, en realidad nunca sucedió, sino que fue un montaje del gobierno de Barack Obama para instigar una ley de control de armas.

MÁS ANTIGUAS Y VIGENTES DE LO QUE QUIEREN HACERNOS CREER

Sin embargo y al contrario de lo que podríamos pensar, la conspiranoia no es un fenómeno moderno. Según el profesor emérito de Sociología de la Universidad de Rutgers (EEUU) Ted Goertzel, que ha estudiado la cuestión a fondo, "la creencia en teorías de la conspiración se remonta a muy atrás". "Un gran factor en la Revolución Americana fue creer en una conspiración de los británicos para esclavizar a los americanos y de la Iglesia de Inglaterra para suprimir el protestantismo", cuenta Goertzel a El Huffington Post. El experto considera que el entorno actual añade el factor de la viralidad: "Los medios sociales hacen que promover estas teorías sea mucho más fácil".

Naturalmente, lo último también se aplica a las refutaciones de los argumentos esgrimidos por los conspiranoicos. En el caso de las misiones lunares, cualquiera puede encontrar en internet todas las explicaciones: la bandera no ondeaba, sino que estaba sujeta con un armazón y vibraba con el movimiento del mástil; no se aprecian las estrellas porque su luz es demasiado tenue, como sucede si se toma una fotografía nocturna en una calle iluminada; no había cráter de impacto del módulo porque el alunizaje fue suave y el polvo levantado se posó de nuevo; las sombras eran multidireccionales porque la luz se reflejaba; y así sucesivamente. Y pese a todo, la teoría de que aquello fue un tinglado sigue más viva que nunca. ¿Por qué?

"Necesitamos una mejor educación sobre la lógica de los argumentos y las pruebas", reflexiona Goertzel. El sociólogo apunta que, en realidad, es imposible extinguir por completo la creencia en conspiraciones, ya que ésta no se basa en pruebas, sino en "errores y contradicciones en el relato oficial" por lo que "puede ser muy difícil o imposible probar su inexistencia". De hecho, para un conspiranoico la ausencia de pruebas tangibles es precisamente la mejor evidencia del esfuerzo por ocultarlas. Y más aún cuando iniciativas como WikiLeaks han destapado escándalos reales ocultos, o cuando fraudes como el de los motores de Volkswagen nutren la idea de que las grandes organizaciones se confabulan para engañarnos.

"Si Volkswagen hizo lo que hizo, ¿no es posible que la NASA fingiera los aterrizajes en la Luna, o que realmente la CIA esté detrás del Estado Islámico?", ilustra Goertzel. "El hecho de que existan conspiraciones reales se usa a menudo para justificar conspiraciones hipotéticas", añade. "Cualquier cosa que mine la integridad y la reputación de instituciones establecidas alimenta la creencia en conspiraciones por parte de quienes se sienten aislados y no reconocidos”.

¿ALGUIEN MUEVE LOS HILOS?

Esta última afirmación de Goertzel apunta a un perfil de la mente conspiranoica. En la película de Richard Donner Conspiración (1997), Mel Gibson interpretaba a Jerry Fletcher, un taxista neoyorquino obsesionado por la creencia en innumerables complots. Dejando aparte el hecho de que, en la película, Fletcher sí era realmente la víctima de un experimento secreto, el retrato del personaje era una caricatura extrema del perfil que popularmente se asocia a la mente del conspiranoico: una persona relativamente aislada, con problemas de relación social y una manía enfermiza de buscar patrones y vínculos en todo lo que acontece en el planeta.

Pero más allá de la caricatura, los expertos advierten de que el conspiranoico no es un tarado, y tampoco su propia mente sigue un patrón establecido. "Para muchos, promover teorías de la conspiración es un hobby", dice Goertzel. Algunas personas se focalizan en casos concretos que les afectan de forma personal; "por ejemplo, alguien con un hijo con autismo puede creer en una conspiración de los fabricantes de vacunas", lo que les proporciona "alguien a quien culpar e incluso a quien demandar". Otros, en cambio, pueden mostrar una tendencia general a creer en tramas ocultas. "Tienden a ser personas muy inteligentes que sienten que sus capacidades no han sido adecuadamente reconocidas y que se enorgullecen de encontrar fallos en los razonamientos de otros", expone Goertzel.

Los psicólogos han propuesto una serie de rasgos o detonantes en la mente del conspiranoico: "Ansiedad, falta de control sobre la propia vida, extremismo político, pesimismo, tendencias paranoides subclínicas, sesgos de razonamiento, escasa confianza en la ciencia y las autoridades, y un vínculo con otras creencias marginales como las paranormales", enumera a El Huffington Post el neuropsicólogo de la Universidad de Friburgo (Suiza) Sebastián Diéguez. Pero el científico, suizo de ascendencia española, alerta: "Debemos evitar las generalizaciones". En concreto, el trabajo de Diéguez ha tumbado una de estas generalizaciones, la idea de que el conspiranoico cree que el azar no existe, sino que todo sucede por algún motivo; en definitiva, que alguien mueve los hilos.

"Los foros, blogs y comentarios de los creyentes en las teorías de la conspiración a menudo invocan irónicamente el papel del azar en los acontecimientos mundiales", expone Diéguez. "Suelen decir cosas como ¡qué casualidad!". Esta tendencia a encontrar "patrones entre el ruido", dice el neuropsicólogo, ha llevado a los investigadores del fenómeno conspiranoico a asumir que los creyentes comparten la idea de que nada ocurre por accidente. "Pero nadie había examinado formalmente esta idea", subraya.

EL AZAR TIENE EL CONTROL

Diéguez y sus colaboradores sometieron a un grupo de voluntarios a tres experimentos en los que se les presentaban secuencias de X y 0, con unas instrucciones específicas para que los participantes juzgaran si las series eran aleatorias o si respondían a un patrón. Por otra parte, los sujetos rellenaron un cuestionario sobre sus creencias en teorías de la conspiración. El resultado, según publican Diéguez y sus colaboradores en la revista Psychological Science, es que los conspiranoicos no son tan diferentes del resto. "Encontramos que no hay diferencia en un ensayo simple de percepción de aleatoriedad entre creyentes y no creyentes en teorías de la conspiración", resume el investigador.

Los resultados del estudio son negativos, pero "muy importantes", valora Diéguez, ya que cuestionan el arquetipo clásico en el que se basaba el personaje de Jerry Fletcher. El neuropsicólogo resalta que su estudio apoya una interesante hipótesis, y es que la tendencia conspiranoica no es el resultado de un impulso inconsciente irresistible, sino que "parece ser de naturaleza más ideológica que psicológica". Por ejemplo, las personas de posturas conservadoras extremas tenderán a creer que el cambio climático es una patraña orquestada para demoler el sistema capitalista, mientras que aquellos en el otro extremo del arco político defenderán que existe un complot de las corporaciones y los gobiernos para tapar los perjuicios de los cultivos transgénicos. Para Diéguez, el "¡qué casualidad!" es simplemente una excusa, pura retórica.

Claro que eso es lo que dice Diéguez, pensarán algunos. "Me he dado cuenta, como otros colegas, de que estudiar científicamente las teorías de la conspiración provoca una fuerte suspicacia entre los creyentes en ellas", observa el neuropsicólogo. "Después de todo, somos parte del establishment, nos paga el gobierno y a veces recibimos fondos privados...”.

Pero por si alguien piensa que la investigación de Diéguez es parte de una conjura destinada a desacreditar a los que saben demasiado, a este científico le interesaría también analizar el perfil psicológico de quienes descartan por completo la existencia de tramas secretas: "¿Por qué rechazan las teorías de la conspiración? ¿Acaso confían ciegamente en las autoridades y en los medios?", se pregunta. Incluso en este mundo digital en el que, según Goertzel, "es muy difícil mantener algo en secreto", la verdad aún está ahí fuera.

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