INTERNACIONAL
10/05/2018 10:00 CEST | Actualizado 10/05/2018 10:02 CEST

Jean-Luc Mélenchon: "Macron no sabe lo que es Francia"

Entrevista al líder del movimiento Francia Insumisa, principal opositor de izquierdas al Gobierno de Emmanuel Macron en Francia.

Jean-Luc Mélenchon.
Le HuffPost/Pierre Tremblay
Jean-Luc Mélenchon.

Un año después de la victoria de Emmanuel Macron en las elecciones francesas, Jean-Luc Mélenchon —líder de la plataforma Francia Insumisa— se ha impuesto como el "primer opositor" al presidente de la República. Este sábado 5 de mayo Mélenchon ha celebrado el aniversario con los suyos, en una manifestación anti-Macron que, además, coincide con el cincuenta aniversario de la huelga general de Mayo del 68 en París. En esta agitación social, el político insumiso ve "signos precursores" de una revolución ciudadana a la que él mismo llama.

"En materia de revolución, estoy en contra del amateurismo", confía Mélenchon a la edición francesa del HuffPost en una larga entrevista realizada en su barrio parisino de la estación del Este. Los herederos de Mayo del 68 "son el pueblo entero", y es precisamente el pueblo quien tiene que unirse para expresar su oposición a las reformas "muy muy de derechas" de Emmanuel Macron. Jean-Luc Mélenchon habla de los indicios de agitación social que buscan un cambio político, de la violencia en la calle y la violencia social (contra las que lucha), de la "visión desfasada" del jefe de Estado, de la desunión de la izquierda y de las manifestaciones de mayo... para él, todo esto perfilará la legislatura que ya se presenta como una encrucijada para Macron.

En Mayo del 68, ¿qué conciencia tenía del alcance de los acontecimientos?

Muy poca. Iba al instituto y me vi involucrado en la dinámica de los hechos en mi ciudad, Lons-le-Saunier en el [departamento de] Jura, muy lejos del centro burbujeante de la juventud que estaba en París. Intentamos ocupar nuestro instituto Rouget de Lisle, ¡y nos expulsaron en menos de un día! Luego ocupamos durante más de un mes la Casa de los Jóvenes y de la Cultura...

No tenía visión política de los acontecimientos. A los 16 años, estás en una actitud bastante espontánea de disconformidad frente a la sociedad en la que vives. La nuestra era muy convencional, muy rígida. De experiencia en experiencia, pasé de la participación en esos actos a su comprensión.

Al final, me alegro de haber escapado del aspecto más candente de Mayo del 68 y del entorno de la juventud parisina. Quizás porque me habría dejado envolver por el entusiasmo o por el espíritu del sistema, que me habría llevado a unas direcciones demasiado duras. Di mis primeros pasos entre jóvenes de mi edad, en el contexto del sindicalismo obrero. En el fondo, eso marcaría toda mi vida, esa doble relación con la acción espontánea de las masas y con la acción disciplinada.

Cuando la sociedad se desintegra, la propia gente actúa para cubrir aquello que no funciona.

50 años después, la agitación social ha vuelto a apoderarse del país y todavía no se sabe si desembocará en una convergencia de rabia o se dispersará y acabará ahogándose.

No he dejado de investigar sobre los ingredientes que desembocan en una implosión social mayor. La respuesta es que todo depende del acontecimiento fortuito.

Siempre hay unas condiciones por las que un buen número de personas no aceptan las reglas que se aprovechan de ellos y que les oprimen. La cuestión es saber por qué ocurre o no el punto de inflexión. A día de hoy ya hemos visto signos precursores: la huelga política, todos los franceses que no votaron ni en las presidenciales ni en las legislativas, el desequilibrio en nuestras propias clases sociales, entre los que se radicalizan y los que se ponen poco a poco en movimiento... Y, además, está la tectónica de las placas, el desfase aterrador entre dos niveles de la realidad: por un lado se acumula la extrema riqueza y, por el otro, lo que se amontonan son las mierdas de la vida cotidiana.

Ni siquiera son problemas políticos. Es el sistema, que ya no responde a sus funciones mínimas: en Air-Bel, en Marsella, no hay agua corriente limpia; en otros sitios no está garantizada la seguridad; el profesor de mi hijo no tiene sustituto... Cuando la sociedad se desintegra, surgen fenómenos de recambio, en los que la propia gente actúa para cubrir aquello que no funciona. Es típico de las revoluciones, y ocurre prácticamente en todas las épocas.

Así que sólo falta la chispa que prenda...

Sí, pero nadie puede predecirlo. Me interesan mucho los fenómenos de esta naturaleza, especialmente en América Latina. He observado que, en relación con la gravedad de los acontecimientos, el punto de partida siempre parece insignificante. Por ejemplo, en Venezuela, fue el aumento de dos céntimos del billete de autobús en plena crisis del plan de contingencia. En Francia, no sabemos cuál será el detonante. Nuestra responsabilidad no es esperarlo de manera metafísica. Sino contribuir de forma consciente y organizada para poner en marcha un plan que cree la confianza en uno mismo y que permita organizar los pasos.

Una revolución es comparable a un proceso natural, a una erupción volcánica. Nunca ha ocurrido como una acción orquestada.

¿Quiénes son ahora los rebeldes del 68? ¿Los estudiantes, los zadistas [grupo anarquista], los black blocs, los huelguistas?

No, es el pueblo entero. Tendemos a presentar Mayo del 68 como un gran monomio estudiantil. Es cierto que fue uno de los detonantes. Pero el verdadero detonante, el que provocó los cambios, fue la huelga general. Fue Yvon Rocton, un obrero, un delegado de personal, quien desencadenó una huelga prorrogable en su fábrica de de Sud Aviation, en Bouguenais (Loira-Atlántico). El resto seguiría como una reacción en cadena.

Hay que comprender las revoluciones como un fenómeno social y no como un complot político, como suelen hacernos creer los policías y los macronistas. Una revolución es más bien comparable a un proceso natural, a una erupción volcánica. Nunca ha ocurrido como una acción orquestada.

Como en Mayo del 68, asistimos a enfrentamientos violentos que emanan de grupos de extrema izquierda y de extrema derecha. ¿Es la violencia un paso obligado en un proceso revolucionario?

Digamos que no hay un proceso revolucionario en curso. Si quisiera ser gracioso, citaría a Mao Tse-Tung, que decía que una revolución no es una cena de gala. El gran burgués sueña con una revolución, pero sin revolución. Robespierre les reprochaba querer una revolución sin revolucionarios.

A mí me reprochan tener un discurso de violencia, como si yo hubiera incitado a un solo joven a romper las cristaleras de un McDonald's. Es un gran clásico de quienes son incapaces de ver el desorden que ellos mismos crean. Me gustaría que Emmanuel Macron reflexionara sobre la violencia cotidiana habitual. Hay 565 muertes vinculadas a accidentes de trabajo. Un campesino se ahorca cada dos días. Y nunca hemos oído al presidente de la República hablar de ello. ¿Esta violencia no le plantea problemas? La violencia de la sociedad capitalista atraviesa toda la sociedad. Así que, en cuanto a los escaparates, las personas que piensan no deberían creerse toda la indignación.

Pero usted no apoya la violencia del 1 de mayo...

No sólo no la apoyo, sino que la combato. Estos métodos se presentan como formas de combate revolucionario. Yo lo veo como lo contrario. Al final, son esas imágenes las que nuestros adversarios necesitan. Son prácticas vanguardistas con las que estoy totalmente en desacuerdo. En una revolución lo que cuenta es la mayoría de la gente, no un puñado de individuos. Estas personas son incapaces de lanzar su propio movimiento político. Si no, no vendrían a estropear nuestras manifestaciones para lograr la recuperación política.

Y hay una lógica de escalada de la violencia que condeno, porque eso nos lleva a un callejón sin salida. ¿Cuál es la próxima etapa? ¿La guerrilla urbana? En realidad, eso va a dar lugar a la justificación de disposiciones de seguridad cada vez más violentas. Al final, son grupos que tienen unas prácticas parecidas a las de la extrema derecha. Ni siquiera los fachas se arriesgan a bloquear una comitiva del 1 de mayo.

Entonces, ¿pide que se prohíban los black blocs igual que pide que se prohíban ciertos grupúsculos de extrema derecha?

Hay una diferencia bastante evidente en su naturaleza. Los grupúsculos que vimos el 1 de mayo la toman con el mobiliario de las calles...

Y con los policías...

Lo desapruebo. Pero mientras hablamos de ellos, no hablamos de la gente que intentó asesinarme, y que quería matar a [Christophe] Castaner, que hacen de policías fronterizos o controles de identidad en dos ciudades de Francia. El peligro permanente no es el turista del black bloc que viene a París de fin de semana, sino la violencia organizada y metódica de la extrema derecha.

Los 50 años de Mayo del 68 coinciden con el primer año de presidencia de Emmanuel Macron. ¿Cómo explica el hecho de se resista a conmemorar el 68?

Creo que hay un poco de pudor, ¿no? Celebrar Mayo del 68, ¿para qué? Sería como decir a la gente: "Venga, rebelaos, poneos en huelga". No, él es candidato a convertirse en jefe de la derecha en Francia y la derecha no está ahí para que haya Mayos del 68. ¿Se da cuenta? Sería aumentar el salario mínimo un 35% o crear secciones sindicales en las empresas, cuando en realidad están tratando de inhabilitarlas. Por eso me imagino que habrá pensado: "Este no es mi sitio". Y con razón. Mire, al final soy capaz de decir que tiene razón en algunas cosas.

Macron tiene una visión del mundo completamente desfasada.

De De Gaulle a Macron, el presidente monarca; ¿no es en el fondo eso lo que los franceses esperan?

Espere, porque está confundiendo el traje con lo que hay dentro. Cuando De Gaulle se comporta como De Gaulle, es De Gaulle. ¿Pero qué es el señor Macron? ¿Habla usted de caer en el ridículo de presentarse ante de la pirámide del Louvre? ¿Es eso lo que constituye un personaje? No, el contenido tiene que ser acorde a algo que esté en el pueblo francés.

Con De Gaulle, la gente decía "es eso lo que hay que hacer... ya basta de IV República". Ahora estamos en una situación exactamente inversa. Es decir, se ha contado a la gente que él no era ni de derechas ni de izquierdas y después, una vez elegido, resulta que es muy muy derechas, lo nunca visto. Suprime el impuesto sobre las fortunas, hace un cepillado generalizado de la administración pública, el mayor plan social de la historia de Francia... Ahora se tiene que precipitar rápidamente sobre los símbolos para tener la sensación de autoridad.

Pero no tengo la sensación de que la gente lo vea así. Para empezar, él mismo no se ve así. En una entrevista comentó: "Estoy aquí por allanamiento". Y no deja de decir: "Mélenchon quiere repetir la partida". Parece que está obsesionado, que no está seguro de sí mismo. Y entiendo el porqué. Las elecciones no han consumado su rol en una democracia. En una democracia, las elecciones son duras, se confrontan ideas y, al final, hay un resultado y eso purga. Pero en este caso no se ha purgado nada. Tenemos la impresión de estar en el mismo punto o incluso peor, en la confusión que estábamos al final del mandato de François Hollande.

Más allá de sus desacuerdos, ¿no le reconoce algún acierto [a Macron]?

No, para el país creo que no tiene ni uno. Para empezar, no sabe lo que es el país. Es un poco duro decirlo así, pero es la verdad. Para conocer el país no hay que viajar de un barrio burgués a otro. Hay que tomarse un tiempo para dar la vuelta, ver los recovecos, las curvas... del lugar y de la gente. Esta experiencia le falta. No se lo reprocho, es muy joven. En cambio, tiene una visión del mundo, en mi opinión, completamente desfasada, que consiste en decir que va a permitir a algunos acumular riqueza y que dejará exprimidos al resto. Parece que estamos volviendo a eso en prácticamente todos los países del mundo. En fin, creo que este hombre tiene una visión muy abstracta e ideológica y, desde ese punto de vista, podría acabar mal.

Nosotros no creemos en la unión de la pequeña izquierda. La suma de siglas no produce nada.

La marcha del 5 de mayo, en la que participó, ha querido hacerle "la fiesta a Macron". ¿Sirven de algo hoy en día las grandes manifestaciones?

Ahora mismo estamos dispersos por la propia naturaleza de la vida. Las grandes marchas funcionan como una demostración de fuerza y, para nosotros, también tienen una función de aliento al reunir a miles de personas tranquilas. Por eso las irrupciones violentas rompen este proceso y las condeno firmemente. Esta vez hemos elegido otra táctica, conducida por François Ruffin, que se las arregla magníficamente, y que consiste en promover una forma ciudadana de reunión.

En la izquierda hay un debate sobre cuál es la fórmula eficaz. Nosotros no creemos en la unión de la pequeña izquierda, con su cartel de partidos pequeños. El Partido Socialista (PS), con su línea "ni Macron ni Mélenchon", y los otros, que son pequeñas formaciones que viven en el pasado. Entre siete personas, convocan un mitin la víspera de un día festivo y nadie va. Resulta irrisorio: la suma de siglas no produce nada.

Más que la pequeña unión de izquierdas, proponemos la federación del pueblo. Eso pasa por el método marsellés: la reunión de sindicatos, de asociaciones y de todas las organizaciones políticas que quieran. El marco común que propone una marea popular el 26 de mayo es ejemplar. Un puñado de partidos que pretenden guiarlo todo no llevan a ninguna parte.

Y, sin embargo, la CGT se negó a participar en la manifestación del 5 de mayo. Al final, nadie se pone de acuerdo, ni para ir en contra de Macron.

Justo. Pero en 1968, la situación era peor que ahora. La izquierda estaba totalmente desunida, con un cincel que se llamaba la URSS. La huelga general provocó una onda de choque. De repente, en apenas tres años, el Partido Socialista cambió de dirección, adoptó el programa común y los comunistas le siguieron. Todo se arregló. Confío en esta energía.

La paradoja de Mayo del 68 es que la victoria del movimiento social fue seguida inmediatamente por un terremoto gaullista en las legislativas. ¿Qué lección se desprende de ahí para su propia formación?

Que todavía hay mucho trabajo por hacer. Y que después de un movimiento social de masa, también hará falta una construcción política. Cada cosa a su tiempo. Para las europeas, y luego para las municipales, hará falta un método que permita reunir a los pueblos, no los aparatos. ¿Encontraremos la fuerza y la autoridad para organizar lo que está por venir?

Hay que construir una fórmula gubernamental mayoritaria para ser una alternativa. No está prohibido pensar que haya, como en el pasado, una organización y que todo se ponga en marcha alrededor de ella. Antes, estaba el PS con una línea socioliberal con los comunistas y los verdes y eso daba una mayoría de compromiso. Ahora está Francia Insumisa con el programa L'avenir en commun [El futuro en común]...

En medio de la confrontación por la reforma laboral, usted concedió "el punto" a Emmanuel Macron. ¿Qué haría si los movimientos sociales actuales fracasan?

Digo las cosas sin demasiada precaución para obligar a todo el mundo a reflexionar. En política, nadie suele decir que ha perdido. Pero yo lo he dicho: "Hemos perdido y es grave lo que ha pasado con los decretos ley". ¿Por qué hemos perdido? La gente ni siquiera se da cinco minutos para reflexionar. Yo digo los motivos: la división sindical y la separación entre los componentes político-sociales de la lucha. Ahora estamos poniendo en marcha una estrategia para romper esa separación político-sindical. Si construimos movilizaciones en masa, nadie podrá quedarse fuera, sea cual sea su etiqueta.

Pero si el movimiento fracasa, también actuaré de otra manera. El juego limpio no siempre desencadena reacciones limpias. Esto ha provocado en la esfera mediática algo que yo no me esperaba: según los mediácratas, veían en mí marcas psicológicas de depresión. ¡Algunos incluso dijeron que era maníaco-depresivo! Esta psicologización no estaba prevista. Pero ahora ya estoy advertido.

Y aunque "concedí el punto" a Macron, nadie ha recalcado lo que nosotros habíamos conquistado. Y, sin embargo, nos reafirmamos como la primera fuerza de oposición organizando una lucha implacable, consolidamos nuestra autoridad en el pueblo. Pasamos de Jean-Luc Mélenchon, personaje desconocido y supuestamente solitario con un 20% de los votos, a un grupo parlamentario de 17 personas, es decir, 17 emisores que construyen notoriedad, movilización. El adversario ha ganado la manga de los decretos ley, pero ha perdido el resto. Él esperaba no encontrarse con nada delante. Pero estamos nosotros.

Esta entrevista fue publicada originalmente en el 'HuffPost' Francia y ha sido traducida del francés por Marina Velasco Serrano

***

A continuación puedes ver un fragmento de la entrevista (en francés):