INTERNACIONAL
12/08/2018 09:59 CEST | Actualizado 12/08/2018 10:01 CEST

El hombre que casi escapó de Guantánamo

Después de 14 años en prisión sin cargos, Abdul Latif Nasser pensó que por fin se iba a casa. Pero luego ganó Donald Trump.

Isabella Carapella/HuffPost

CASABLANCA, Marruecos — Mustafa Nasser iba conduciendo por las abarrotadas calles de Casablanca cuando le sonó el teléfono. Christopher Chang, investigador de derechos humanos, le llamaba con buenas noticias: el Gobierno de Estados Unidos acababa de recomendar la liberación del hermano menor de Mustafa, Abdul Latif. Era julio de 2016, y después de más de 14 años de prisión sin cargos en la base militar de Estados Unidos en Guantánamo (Cuba), Abdul Latif iba a regresar a casa.

Mustafa se tragó las lágrimas mientras le daba las gracias a Chang por transmitirle la buena noticia. Empezó a planear la vuelta a casa de su hermano. La familia arreglaría una recién renovada habitación en la casa donde se crió Abdul Latif. Le darían una nueva capa de pintura blanca justo antes de su llegada, lo que significaría un nuevo comienzo. Mustafa prepararía a su hermano para que fuera ingeniero de tratamiento de aguas en su empresa. Y su hermana Khadija ya había empezado a buscarle una novia a Abdul Latif.

Pero, dos años después, Abdul Latif Nasser todavía no ha vuelto a casa.

Después de la victoria de Donald Trump en las elecciones de 2016, los funcionarios de la Administración Obama se apresuraron por sacar de Guantánamo a los prisioneros que ya estaban autorizados antes del día la investidura del nuevo presidente. Trump había prometido mantener abierta la prisión, y sabían que las posibilidades de que los detenidos fueran liberados con el próximo gobierno eran muy pocas.

Al final pudieron transferir a 19 hombres fuera de la prisión durante el período de transición. Pero, debido a una serie de retrasos burocráticos y de discrepancias entre agencias, se olvidaron de Nasser y de otros cuatro hombres que iban a ser liberados. A uno de ellos incluso lo midieron para llevarle ropa de calle y lo fotografiaron para el proceso de seguimiento en el exterior; pero cuando llegó el avión, no le permitieron subir abordo.

Ahora, Nasser, de 52 años, ha vuelto a la casilla donde comenzó en 2002: se enfrenta a una detención indefinida sin cargos en Guantánamo.

Courtesy of the Nasser family
Una reciente foto de Abdul Latif Nasser facilitada por su familia, que la recibió del Comité Internacional de la Cruz Roja.

Cuando era pequeño, Nasser quería ser profesor de matemáticas, quizás en Australia. Se sentía atraído por un país diferente a aquel donde creció. Estudió matemáticas y ciencias en la universidad, pero siguió a su hermano mayor, Abdul Wahid, hasta Libia antes de terminar su grado. Luego, desapareció.

Khadija, hermana de Nasser, fue la primera en recibir la noticia. Después de años de silencio, recibió una carta de Nasser en Guantánamo, entregada por el Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR). Ahí decía a su familia que no se preocuparan y les pedía fotografías. No les contaba dónde había estado ni con quién había viajado.

Según el Pentágono, Nasser viajó a Sudán en 1993 "en busca de la sociedad islámica perfecta" y empezó a trabajar en una empresa propiedad de Osama bin Laden como supervisor en una unidad de producción de carbón. Después de un intento fallido de viajar a Chechenia para "llevar a cabo operaciones extremistas" —según alega el Pentágono en una evaluación filtrada del detenido—, Nasser siguió a bin Laden a Afganistán.

Es casi imposible para los periodistas verificar si las alegaciones del Pentágono son ciertas. Se ha demostrado que varias de las evaluaciones militares de los detenidos en Guantánamo contenían información incorrecta o sin verificar.

"A lo largo de los años, muchas de las pruebas aportadas en el caso [de Nasser] han sido desacreditadas después de que los tribunales descubrieran falta de fiabilidad de varios testigos clave en su caso y en el de otros", cuenta a la edición estadounidense del HuffPost Shelby Sullivan-Bennis, una de los abogados de Nasser. No obstante, al equipo de Nasser le cuesta rebatir algunas de las acusaciones contra él porque el Gobierno ha mantenido un "poder absoluto monopolizado para desclasificar o no según qué evidencias", añade.

Los combatientes de la Alianza del Norte, un grupo de Afganistán que se opuso a los talibanes con ayuda de Estados Unidos, capturaron a Nasser poco después de los atentados del 11 de septiembre y lo entregaron a Estados Unidos, según el Pentágono. Los abogados de Nasser dicen que fue vendido a los americanos por una recompensa. Los militares estadounidenses mantuvieron a Nasser en Kandahar (Afganistán), durante aproximadamente tres meses antes de transferirlo a Guantánamo el 3 de mayo de 2002.

Nasser y su familia se han pasado la siguiente década y media examinando los arduos procesos del Gobierno estadounidense como su único camino hacia la libertad. Nasser presentó un recurso de habeas corpus —para impugnar su encarcelación— en 2005 ante el Tribunal del Distrito de Columbia y negó ser miembro de al Qaeda y de cualquier grupo terrorista. El juez del caso todavía no ha determinado si la prisión es lícita.

En 2011, cuando Nasser llevaba nueve años en Guantánamo, la Administración Obama creó el panel Periodic Review Board (PRB), vistas como las que se utilizan para la libertad condicional diseñadas para evaluar qué detenidos deberían ser liberados y cuáles deberían seguir recluidos sin cargos. El proceso, que supuestamente tenía que facilitar al Gobierno la liberación de prisioneros que no planteaban ninguna amenaza, no se parece en nada a una vista en un tribunal real. Para recomendar un arresto continuado, los agentes del PRB no tienen que demostrar que los detenidos hicieron algo malo. Los departamentos de Defensa, de Seguridad Interior, de Justicia y Estado, del Personal Común y la Oficina del Director de Inteligencia tienen representantes en el panel, y cada representante tiene el poder de vetar la recomendación del comité. No obstante, pese a las limitaciones del PRB, muchos detenidos consideraban que obtener su apoyo era equivalente a una libertad inminente, especialmente hacia el final del mandato de Obama.

El sistema del PRB avanza lentamente —las vistas no empezaron hasta 2013— y a los detenidos de Guantánamo se les informa con muy poca antelación de que tendrán que presentarse ante el comité. El equipo legal de Nasser quería estar preparado. Así que en la primavera de 2016, Chang, que trabajaba con los abogados de Nasser, voló a Casablanca y grabó entrevistas en vídeo con 10 de los hermanos, hermanas, cuñados y sobrinos de Nasser en la casa donde se crió.

Chang quería que los agentes de Estados Unidos echaran un vistazo a la estable vida que le esperaba a Nasser de vuelta a casa. A diferencia de muchos de los hombres que conoció en Guantánamo, Nasser tenía un lugar donde vivir, un trabajo y una familia cariñosa que le estaba esperando. No tenía probabilidades de convertirse en terrorista.

"Se crió con mis hijos; lo considero uno de mis hijos. Lo echamos mucho de menos y pedimos a Dios que acelere su libertad para que pueda volver con nosotros y vivir con nosotros", dice Naima, cuñada de Nasser, ante la cámara, sentada delante de una pared de coloridos azulejos en el salón. "Nuestra casa es su casa, y estamos dispuestos a ofrecerle todo el apoyo que necesite, moral y económico, y todos los requisitos necesarios para una vida digna".

"Estoy preparado para formar a Abdul Latif Nasser en el trabajo", comenta Mustafa. "Es mi hermano pequeño y lo quiero mucho".

"Todos estamos dispuestos y preparados para darle lo más valioso que tenemos", afirma Milouda, hermana de Nasser.

Jessica Schulberg/HuffPost
La familia de Nasser en la casa donde se crió en Casablanca, Marruecos.

Nasser finalmente compareció ante el PRB el 7 de junio de 2016, 14 años, un mes y cuatro días después de llegar a Guantánamo.

Luego esperó.

Un mes después, Nasser fue llevado a una sala para oír la decisión del comité. Sullivan-Bennis se conectó con ellos desde Londres. El panel recomendó devolver a Nasser a Marruecos en cuanto los oficiales estadounidenses recibieran garantías de seguridad del Gobierno marroquí, incluidos detalles de cómo los marroquíes planificaban monitorizar a Nasser cuando regresara a casa.

Nasser estaba eufórico. "Estoy muy emocionado por ver a mi familia", contó a Sullivan-Bennis cuando hablaron por teléfono. "Ya puedo ver la cara de mi hermano. Tienes que venir a Marruecos, como te dije, tienes que venir de luna de miel a Casablanca".

Nasser no dejó de agradecer la labor de Sullivan-Bennis. "Mis abogados han sido la luz en estos tiempos de oscuridad", dijo.

En septiembre, Sullivan-Bennis llamó a sus contactos del Departamento de Estado varias veces a la semana para seguir el caso de Nasser. Un agente le dijo que no se preocupara. Nasser iba a "volver a casa, claramente", le aseguró el oficial, según Sullivan-Bennis.

Ultimar los detalles de seguridad debería haber sido relativamente fácil: Marruecos es un aliado cercano de Estados Unidos y ya había aceptado a más de una docena de ex presos de Guantánamo. Pero el proceso se eternizó. Desde la victoria de Trump, los agentes del Departamento de Estado dijeron a sus homólogos marroquíes que era importante que concluyeran el caso de Nasser antes de que el presidente electo tomara posesión. Pero el día de la investidura de Trump se aproximaba, y los agentes del Departamento de Estado todavía no habían recibido noticias del Gobierno marroquí. La edición estadounidense del HuffPost trató de ponerse en contacto con un portavoz del Gobierno para preguntar por el motivo del retraso, pero no obtuvo ninguna respuesta.

Nasser trató de rebajar sus expectativas. Empezó a decirle a Sullivan-Bennis que, de momento, intentaba no imaginarse su vida de vuelta a casa. No quería llevarse una decepción.

El Congreso exige que el secretario de Defensa notifique a los legisladores al menos 30 días antes de sacar a cualquier detenido de Guantánamo. Eso significaba que si no se notificaba al Congreso antes del 21 de diciembre, sería mucho más difícil que Nasser saliera antes de la investidura de Trump en enero.

Nasser y Sullivan-Bennis hablaron por teléfono días antes de la fecha límite. "Mi cuerpo está en Guantánamo, pero mi corazón y mi mente están en Marruecos", contó Nasser a su abogada. El tiempo se les acababa y ambos estaban ansiosos por obtener respuestas.

El día de Nochebuena, Sullivan-Bennis estaba con unos amigos en un restaurante de Rhode Island cuando recibió una llamada de Thomas Durkin, otro abogado del caso de Nasser. Durkin había oído por canales informales que el secretario de Defensa Ash Carter no había notificado a los legisladores sobre la liberación de Nasser. Ya no había manera de salir de Guantánamo a través de canales regulares antes de que Trump fuera investido presidente.

"Recuerdo coger el teléfono fuera del restaurante, con un frío gélido, hundida en el suelo de cemento pensando '¿qué está pasando?", cuenta Sullivan-Bennis.

La defensa de Nasser se reunió en el Centro de Derechos Constitucionales con otros abogados que representaban a otro preso de Guantánamo con autorización para salir. Trabajaron todas las navidades y en enero presentaron una moción de urgencia en el Tribunal del Distrito de Columbia, pidiendo que un juez federal permitiera la liberación de los dos prisioneros. Su traslado se había retrasado debido a obstáculos burocráticos no relacionados con los hechos de sus casos, argumentaban los abogados en la disposición judicial. "Si los demandantes no son trasladados en la próxima semana por la Administración saliente, es muy probable que no sean transferidos de Guantánamo al menos durante los próximos cuatro años", señalaba.

La moción exponía las prioridades competentes de la Administración de Obama. Obama había hecho campaña por cerrar Guantánamo y se comprometió a sacar a cuantos hombres pudiera de prisión antes de dejar el cargo. Pero mientras la prisión permaneciera abierta, él estaba comprometido a defender la legalidad de mantener allí a detenidos sospechosos de terrorismo. El caso de Nasser obligó a la Administración a elegir qué política priorizar.

Varios oficiales del Departamento de Estado y del Consejo de Seguridad Nacional (NSC) intentaron convencer a sus homólogos en el Departamento de Justicia (DOJ) de que no revocaran la moción de urgencia. Pero el Departamento de Justicia, que rara vez da marcha atrás en casos en los que sus abogados creen que tienen un argumento legal viable, se pronunció al respecto.

Los abogados del DOJ argumentaron que la determinación del PRB es sólo una recomendación, no una decisión final legalmente vinculante. El Gobierno de Marruecos no aceptó las condiciones de seguridad de Estados Unidos hasta el 28 de diciembre, escribía el DOJ en el fallo. En ese punto, Carter optó por dejar la decisión a su sucesor porque la respuesta de los marroquíes había llegado menos de 30 días antes del final de su mandato.

Mientras el tribunal consideraba la moción, un puñado de funcionarios del NSC se quedó trabajando el fin de semana del Día de Martin Luther King Jr. redactando un memorándum que esperaban entregar a Obama, explicándole la urgencia del caso. El documento nunca llegó al presidente.

El 19 de enero de 2017, el día anterior a la investidura de Trump, un juez federal falló en contra de Nasser.

La Administración de Obama había ganado. Habían defendido con éxito la legalidad de mantener en prisión a un hombre por el que llevaban meses luchando por liberar.

A los abogados que trabajaban en la moción de urgencia no les pasó desapercibido lo absurdo del caso.

"¿Por qué la Administración Obama seguía luchando por el derecho a detener a dos individuos a los que anteriormente había determinado innecesario mantener en prisión? ¿Por qué lo intentó de todas las maneras hasta el día antes de la investidura?", preguntaba J. Wells Dixon, fiscal veterano del Centro de Derechos Constitucionales.

"No tiene sentido, pero es algo sintomático en el esfuerzo de la Administración Obama por cerrar Guantánamo", prosigue Dixon. "El presidente dijo todo bien... pero su Administración, y él mismo, como comandante en jefe, no estaban dispuestos a dar los pasos necesarios para lograr el cierre. Y, de hecho, cuando se llegó [a la moción de urgencia], dieron los pasos en la dirección contraria al deseo que habían establecido de cerrar la prisión".

Un portavoz de Obama declinó la opción de responder a la pregunta de si el expresidente lamentaba no haber intervenido en nombre de Nasser.

Courtesy of Reprieve
Una nota de Nasser a su abogada Shelby Sullivan-Bennis.

Los hermanos se preocuparon por cómo sobrellevaría Nasser la decepción. Había perdido todos los ánimos. "Era peor que cuando le arrestaron. Estaba deprimido; estaba desesperado", comentaba Mustafa a principios de este año, sentado entre una decena de familiares reunidos en la casa familiar para defender la liberación de Nasser.

Cuando Sullivan-Bennis trató de llamar a Nasser a finales de enero, él no quiso hablar. Era la primera vez que rechazaba una llamada o una visita de ella, cuenta la abogada.

Nasser se disculpó profusamente la siguiente vez que habló con Sullivan-Bennis. No es que la culpara de ello, le dijo, sino que no estaba preparado para hablar cuando ella lo llamó. Ella también le pidió disculpas. Se culpaba por haberle dado esperanzas y por haberse creído la palabra del gobierno.

Después de la victoria de Trump, los contactos de Sullivan-Bennis en el Departamento de Estado le garantizaron que seguirían disponibles para ponerla al día sobre sus clientes. Los agentes que trabajaban en casos de Guantánamo se reunieron con el equipo de transición de Trump e intentaron convencerlos para que no desintegraran el grupo de trabajo. Aunque Trump no tuviera planes de cerrar la prisión o de liberar a más detenidos, necesitaba que los expertos de Guantánamo hicieran seguimiento de los detenidos que ya habían sido transferidos, argumentaban.

Pero el Departamento de Estado disolvió la oficina que gestionaba los casos de detenidos en cuanto Trump tomó posesión. Ian Moss, un trabajador que había ayudado a negociar el traslado de decenas de hombres fuera de Guantánamo, fue reubicado a un puesto en el que debía responder a peticiones sobre la Ley de Libertad de Información. (Desde entonces, ha sido trasladado a la oficina del Departamento de Estado que trata crímenes de guerra).

Nasser ha intentado pasar su tiempo en Guantánamo haciendo cosas que le ayuden a recomenzar su vida si algún día consigue salir. Ha aprendido inglés por sí mismo y ha creado un diccionario Inglés-Árabe de 2000 palabras. A veces le escribe notas a Sullivan-Bennis.

Le cuesta pedir favores a sus abogados, pero a veces le pide que le lleve libros. Normalmente son libros sobre dinámica de familia, como Los siete principios para hacer que un matrimonio funcione, Cómo hablar para que los niños escuchen. Y cómo escuchar para que los niños hablenyEl castillo de cristal. Está intentando aprender a ser un buen marido y un buen padre para cuando vuelva a casa, según ha contado a Sullivan-Bennis.

Pero no hay indicios de que la Administración de Trump esté trabajando para enviar a casa a Nasser (ni a ninguno de los detenidos con permiso para salir de Guantánamo). Actualmente, cuando Sullivan-Bennis llama a las personas con las que solía trabajar en el Departamento de Estado, nadie coge el teléfono. Cuando les escribe mails, recibe un mensaje de vuelta:

He tenido que dejar de trabajar en casos relacionados con detenciones en Guantánamo. La oficina del Cierre de Guantánamo ya no tiene trabajadores. Puede dirigir cualquier cuestión relacionada con Guantánamo a la oficina regional que proceda.

Jessica Schulberg/HuffPost
Nasser antes de ser enviado a Guantánamo.

Desde que Trump llegó al poder, los procesos del Periodic Review Board se han ido ralentizando hasta llegar prácticamente a un parón. Sólo 11 prisioneros han recibido audiencias, y ninguna de esas audiencias ha dado lugar a una recomendación de liberación. Un hombre lleva más de un año esperando recibir los resultados de su audiencia. El único prisionero que ha salido de Guantánamo durante el mandato de Trump es Ahmed al-Darbi, que llegó a un acuerdo negociado hace años que requería que lo transfirieran a una prisión en Arabia Saudí el 20 de febrero de este año. La Administración Trump no lo envió allí hasta el mes de mayo.

En enero, en el 16 aniversario de la apertura de la prisión de Guantánamo, Nasser y otros 10 detenidos presentaron una nueva impugnación legal contra la Administración Trump. Trump "ha apoyado explícitamente la reclusión indefinida", escriben los abogados de los prisioneros en un documento legal, citando anteriores declaraciones de Trump.

El abogado del Departamento de Justicia Ronald Wiltsie admitió en una audiencia el 11 de julio que el Gobierno no había hecho ningún esfuerzo por transferir a los prisioneros notificados para salir. El Gobierno podría mantener a Nasser y al resto de hombres en Guantánamo hasta 100 años, si quisiera, siempre que Estados Unidos siga en guerra con grupos terroristas como al Qaeda o cualquiera de sus socios, declaró Wiltsie en el tribunal.

Los detenidos autorizados para salir, como Nasser, están atrapados en "tierra de nadie", donde no están sujetos a ningún tipo de proceso de evaluación y tampoco están, ni mucho menos, cerca de la libertad, sostuvo durante la audiencia el juez federal Thomas Hogan, que lleva varios casos de detenidos.

Los familiares de Nasser siguen hablando de la gran fiesta que van a celebrar cuando, por fin, vuelva a casa. Cocinarán tajine y cuscús, sus platos favoritos.

Cada mes, hacen el viaje de una hora desde Casablanca al Comité Internacional de la Cruz Roja en Rabat. Desde allí, tienen derecho a una videollamada de dos horas por mes con Nasser. Pero deben seguir varias reglas básicas: no pueden hacer fotos a Nasser y no le pueden preguntar cómo le están tratando en Guantánamo. A ellos no les gustan las reglas, pero es mejor que no saber nada de él. Como no le pueden preguntar mucho sobre qué tal está, en general le ponen al día sobre cómo les va a ellos: desde que Nasser entró en Guantánamo, su hermano Mustafa ha tenido cuatro hijos y dos de sus sobrinos se han casado. Durante las llamadas, Nasser siempre pide a su familia que no se preocupen por él.

Pero Nasser sí se preocupa por sí mismo, admitió a Sullivan-Bennis. Le diagnosticaron tensión arterial alta hace años, y los médicos de Guantánamo lo tratan con anticoagulantes, cuenta Sullivan-Bennis. Le preocupaba no recibir el tratamiento adecuado, pero no protestó porque pensó que pronto iría a casa. De vuelta en Casablanca, podría ver a otro médico, seguir una dieta más sana y hacer más ejercicio, pensó.

Al darse cuenta de que su liberación no iba a ser inminente, Nasser empezó a cuidarse más en Guantánamo.

Empezó a hacer ejercicio de forma regular y a pedir siempre pez gato, una de las opciones más saludables del menú de la cárcel. Una portavoz de Guantánamo facilitó al HuffPost un ejemplo de menú y aseguró que la prisión se ajusta a necesidades dietéticas. Pero Nasser cuenta a su abogada que todo lo sirven frito, hasta el pez gato. Así que, tres veces al día, le quita el rebozado y lo aparta en su plato.

No quiere morirse en Guantánamo.

Iman El Haddad, periodista residente en Marruecos, hizo de intérprete para las entrevistas.

Este reportaje fue publicado originalmente en el 'HuffPost' EEUU y ha sido traducido del inglés por Marina Velasco Serrano