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11/02/2019 22:19 CET | Actualizado 11/02/2019 22:40 CET

Sánchez tira la toalla

El presidente del Gobierno duda entre el 14 y el 28 de abril para convocar las elecciones.

Susana Vera / Reuters

Cambio de tercio. Ha vuelto a hacerlo. Pedro Sánchez en estado puro. Ni 2020, ni el próximo octubre, ni el "superdomingo" de mayo. El Gobierno ha pasado en menos de una semana a aceptar la figura del relator que exigía el independentismo catalán a romper las negociaciones con sus socios parlamentarios y replantearse el calendario.

Todo ha contado: las dificultades para explicar un acuerdo con quienes mañana mismo se sentarán en el banquillo del Supremo; la hiperventilada respuesta de la oposición; la clave orgánica; el temor a gestionar una sentencia sobre el procés antes del verano; la inestabilidad; el desgaste... El caso es que el presidente ha tirado la toalla y se dispone ya a poner fecha a las elecciones generales, que serán en abril, mucho antes de lo esperado.

Lo han contado, sí. En la Ejecutiva y en el Gobierno, en el PSOE y en La Moncloa, cerca, muy cerca y no tan cerca de Sánchez. Diga lo que diga Adriana Lastra y quienes buscan ahora al responsable de una filtración que creen "precipitada". La fecha que se manejaba desde hace tiempo, aunque ha sido en las últimas horas cuando ha cobrado mucho más fuerza, era el 14 de abril. El mismo día que se hundió el Titanic, se desintegró la nave espacial soviética Sputnik 2 y se proclamó en España la Segunda República.

Sin presupuestos, el juicio del procés por delante y una oposición que inflama a diario el verbo y la calle, el presidente se ha convencido ya de que no puede aguantar hasta octubre. Le ha costado.

Pueden ser el 14 o pueden ser el 28. De hecho Ferraz ha consultado con los responsables de varias federaciones la conveniencia de que sean un día u otro. Lo que ya nadie duda es que serán en abril, antes de las municipales, autonómicas y europeas. Ganan por tanto barones y alcaldes del PSOE contrarios al "superdomingo" de mayo, los que temían pagar en las urnas, como pagó en buena medida Susana Díaz, la gestión de Sánchez ante la crisis catalana.

Sin presupuestos, el juicio del procés por delante y una oposición que inflama a diario el verbo y la calle, el presidente se ha convencido ya de que no puede aguantar hasta octubre. Le ha costado. Cada día que pasa en La Moncloa es un día más de desgaste y de agonía. Así que el gabinete presidencial ha activado ya el protocolo de emergencia con un nuevo relato sobre la negativa del Gobierno a aceptar el chantaje y las exigencias del independentismo. ¿Demasiado tarde? Quién sabe.

De momento, ya se afanan tanto en igualar al independentismo con la derecha por coincidir en su rechazo a los Presupuestos como en dibujar al Gobierno como una opción "cabal, moderada y progresista" a favor del autogobierno, la Constitución y el diálogo, pero nunca de la independencia

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Cristiano Brown, entre Abascal y Casado, este domingo.

En el sanedrín monclovita aspiran en todo caso a pillar con el pie cambiado a la derecha política, en especial al PP y a Ciudadanos, después de no haber cumplido las expectativas generadas ante la manifestación convocada el pasado domingo al grito de "Se rompe España". 40.000 o 400.000 españoles no son en todo caso los que esperaban y, además, la imagen de Casado y Rivera junto a Abascal puede actuar de disolvente en una parte del electorado.

En el fondo, por más que lo pida la derecha en el PSOE sostienen que ni al PP ni a Ciudadanos les convienen en este momento unas elecciones. Al primero porque las encuestas que manejan en la calle Génova auguran para Casado un serio descalabro. Y al segundo porque el pacto de gobierno en Andalucía con el apoyo de VOX y la fotografía del domingo junto a Abascal le sitúa muy lejos del espacio de centro moderado con el que había crecido en los sondeos y entierra de momento su narrativa de partido transversal.

Pero hay más argumentos con los que los socialistas justifican ahora el adelanto. Y es que no hay horizonte bueno para un Ejecutivo incapaz de aprobar en el Parlamento los Presupuestos. Aguantar la Legislatura hasta octubre añadiría sólo desgaste al ya de por sí dañado Pedro Sánchez. Con la convocatoria de elecciones en abril, el presidente volvería, además, a controlar los tiempos políticos y de paso marcaría con su propio resultado el listón con el que medir, un mes después, a los barones socialistas.

Sánchez en estado puro. Lo mismo vale una cosa que la contraria

A nadie se le escapa tampoco que, a las puertas de una campaña electoral para las autonómicas, fuera cual fuera el veredicto de los españoles sobre la candidatura de Sánchez, ningún socialista se atrevería a abrir una batalla interna con la que exigir responsabilidades tras las generales.

Sánchez permanecería en La Moncloa al menos hasta julio porque ningún partido querrá retratarse en una negociación para la investidura a cuatro semanas vista del 26-M. Tampoco el tripartito de derechas.

En la política del minuto a minuto todo cambia, y mucho más con este presidente del Gobierno, quien el pasado miércoles en su reunión con Pablo Iglesias en La Moncloa dio por hecho que ERC retiraría la enmienda a la totalidad de los Presupuestos y que tenía un acuerdo cerrado con los ex convergentes para seguir adelante con la Legislatura. Sánchez en estado puro. Lo mismo vale una cosa que la contraria.

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