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21/11/2018 19:33 CET | Actualizado 21/11/2018 19:51 CET

La tuiterización de la política

Susana Vera / Reuters
Gabriel Rufián, en la sesión en la que ha sido expulsado del Congreso.

Leo a mucha gente echándose las manos a la cabeza con lo que sucede en el Congreso en relación con la última polémica de Gabriel Rufián y sobre cómo ha atentado, una vez más, contra la dignidad de la Cámara. Pero la cuestión es la siguiente: ¿acaso no se lleva haciendo eso durante años? Piensen en Andrea Fabra diciéndole a los parados que se jodan, a Rafael Hernando declarando que hoy muchos sólo se acuerdan de sus padres y abuelos fusilados porque hay subvenciones, recordemos al propio Hernando atacando a Irene Montero por ser simplemente pareja de Iglesias. A Hernando intentando agredir a Rubalcaba en los pasillos del Congreso. Igualmente pudimos ver a Iglesias llevando su retórica de matón al Congreso. Rufián, Fabra, Hernando y demás son consecuencia directa de un país que ha normalizado todo.

Hemos trivializado la violencia de género y apenas nos escandaliza ya una agresión sexual en una feria o en un callejón. Total, una, más no cuenta, ¿verdad?. Hemos consentido que se atente contra las minorías; miramos hacia un lado cuando vemos a una panda de cabrones darle de hostias a un gay, a una ecuatoriana o a un mendigo, incluso sonreímos con cierto cinismo cuando eso pasa; hemos difundido la imagen de la víctima de La Manada practicándole un beso negro a José Ángel Prenda, uno de los condenados, sin importarnos si a estamos contribuyendo a destrozarle la vida o no a esa chica. No es que nos comportemos como hienas en la esfera pública, es que somos aún peores en nuestro ámbito privado En España hace muchísimo tiempo que tenemos pasión por el abuso y nos fascinan tanto el delito como los delincuentes: acuérdense de las páginas de Facebook que abrieron en defensa de los chicos de La Manada, las cartas que Miguel Carcaño recibía en prisión después de haberse cargado a la "zorra" (como señalaron algunos fans de Carcaño en sus misivas) de Marta del Castillo.

Lo que ha hecho hoy Rufián, con todo el reproche que merece por ser quien es, es lo que hacemos la gran mayoría de los ciudadanos. Exigimos mucha responsabilidad a quienes se sientan en su escaño, pero poca a nosotros mismos.

Y cuando una sociedad normaliza el crimen, sólo puede surgir un nuevo totalitarismo. La sociedad, a fin de cuentas, es fruto de nuestras necesidades, pero nuestros representantes políticos, lo son de nuestra maldad. Más que pensar en Rufián, tendríamos que reflexionar todo sobre nuestra contribución diaria a que gente como Rufián, Fabra o Hernando ese encuentren en el ecosistema político de este país. Antes los debates tenían otro nivel. Ahora impera la tiranía de la imagen, del titular, del populismo y del mensaje corto y conciso. Los diputados no intervienen en el hemiciclo: lanzan tuits verbales para levantar las pasiones de los ciudadanos y la prensa, que hambrientos de carne fresca despedazan la consigna bien para aplaudirla o bien para condenarla. Nos comportamos como hienas en Twitter, y sus señorías lo saben.

Se sirven de esa red social para tomar el pulso de la opinión pública pero también para adoptar sus maneras. Ya llegan a utilizar ideas o argumentos audaces de usuarios anónimos para soltarlas en el Congreso, sin el menor atisbo de responsabilidad. No se hacen cargo de su propia indignidad, pero lo que es más grave aún, ni siquiera se responsabilizan de argumentar de una forma racional y lógica sus posiciones. Lo que ha hecho hoy Rufián, con todo el reproche que merece por ser quien es, es lo que hacemos la gran mayoría de los ciudadanos. Exigimos mucha responsabilidad a quienes se sientan en su escaño, pero poca a nosotros mismos. En el Parlamento ya no se parlamenta, ahora se tuitea.

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