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27/05/2018 10:34 CEST | Actualizado 27/05/2018 10:35 CEST

'Die Soldaten', música para pensar(se) cómo ser un ser humano

Javier del Real
Susanne Elmark en Die Soldaten, Teatro Real

Llega a España con mas de 50 años de retraso la ópera 'Die Soldaten' con libreto y partitura de Bernd Alois Zimmermann. La monta el Teatro Real con dirección musical de Pablo Heras-Casado (aunque esta crónica pertenece al día que dirigía excelentemente Michael Zlabinger) y con dirección escénica frontalmente violenta de Calixto Bieito. Un clásico del siglo XX con una excelente carrera comercial por los mejores teatros de ópera del mundo por lo que no se explica su tardanza en llegar a nuestros escenarios y pone de manifiesto el retraso musical español que tantos llevan a mucha honra sin avergonzarse. Una ópera que, de alguna manera, cumple con todos los requisitos de lo que el común de los mortales entiende por contemporánea, es decir, sin una melodía o tonada que recordar claramente y poder tararear o silbar.

Sin embargo, una escucha atenta e interesada por lo que ocurre en escena permite identificar estrategias musicales de Beethoven, como ese impresionante cluster sonoro inicial por el que merece la pena meterse en el teatro. O las composiciones de Bach y otros clásicos que suenan a la vez o en forma de collage musical. Además de ser una ópera con arias, duetos, tercetos, música escénica y, como otras muchas óperas, referencias a la música de su tiempo. En este caso al jazz de tugurios o garitos llenos de humo que se coloca justo en los momentos de la típica reunión festiva masculina y soldadesca de la obra, único momento de relax auditivo. Nada está dejado al azar, ni siquiera la parte musical azarosa ni los breves pero intensos silencios necesarios para poderse preguntar que si lo que se ha oído y visto ha pasado.

De todas formas, el interés para el público no es su virtuosismo técnico. Ni tampoco su importancia histórica al mostrar que tras la Segunda Guerra Mundial se podía seguir haciendo óperas. No. Lo importante es cómo la historia, el libreto y la música permiten al espectador situarse en el mundo en el que vive. En el día a día. El poner discurso musical al presente. Ya que como todo clásico que se precie habla en presente, habla en el momento presente en el que se sube escena. Motivo que haría bien el espectador, sobre todo el interesado por el teatro y/o la música, en pedir daños y perjuicios a aquellos medios o figuras de referencia que le hayan convencido de no acudir a este espectáculo.

Video promocional de 'Die Soldaten' de B. A. Zimmermann del Teatro Real

Esto se debe a la historia que cuenta. La historia de Marie. Una jovencita plebeya, enamorada y correspondida, que rompe con su amor al ser cortejada por alguien importante, el Barón Desportes. Ruptura que le aconseja su padre que ve la opción de progreso social a la que le canta que ya la ve hecha una princesa. Barón que una vez disfrutada sexualmente, la ningunea, y la expone y deja al deseo de otros hombres, por mostrarla como fácil. Tanto, que hombres y mujeres se refieren a ella como la puta de los militares. Y a partir de ahí todo es caer. Una sociedad que promueve un hacer y un comportarse, el uso del sexo para progresar socialmente, pero que sin embargo la condena y margina cuando no tiene éxito en ese empeño. Una obra que se sitúa en el siglo XVIII pero que su director de escena sitúa en una época muy cercana a la nuestra. Tal vez, tratando de llamar la atención sobre esa presión social y mediática para que las niñas quieran ser y se ofrezcan como princesas.

La misma educación que condena a los hombres a ser, imaginarse y comportarse como brutos soldados. Hombres que deben prepararse para ganar todas las batallas. Cualquier batalla. Incluida la del sexo. A fanfarronear y a abusar. Abusar de los débiles y los diferentes. A no tener barreras ni frenos a sus deseos, excepto al deseo de rebelarse. Para evitar esa rebelión existe un orden. Alguien que manda. Una jerarquía que los mantiene embrutecidos, como perros de presa. Que en los descansos del partido, de la refriega, los alcoholiza o los droga, los entontence, entretiene y excusa. Todo ello mantenido por una estructura social. Un andamiaje como el que ocupa la escenografía sobre el que se eleva una orquesta grandiosa vestida de soldados que literalmente aplasta al elenco, al coro, a la gente.

Javier del Real
Escena de Die Soldaten, Teatro Real

Una ópera que, ante semejante espectáculo, canta la necesidad de los seres humanos de pensar qué es un hombre. Reflexión que viene de un capellán que observa, desde la altura de ese andamiaje social, cómo los soldados disfrutan de una orgía de alcohol y sexo donde todo se permite, pues, son soldados y es la guerra. Todo es válido con tal de que los bravos soldados crean que se divierten, que se lo pasan bien, que eso es una fiesta. Momento en el que alguien canta que para pensar que es ser un hombre antes habría que pensar que es ser una mujer ¿se puede creer que esto ya se escribiese en los cincuenta del siglo pasado?

Historia con un orden musical, el que impone el compositor con sentido, que suena a caótico y sin sentido. Una música que vapulea e incomoda, que canta al espectador para que no se adormezca, sino para mantenerle vivo, con los oídos y los ojos abiertos. Que lo trata como un individuo adulto y responsable y no como el componente de una piara o una manada de bestias sobre las que el pastor ejerce su poder. El ordeno y mando.

Pero es que en los cuarteles de la vida, en los que todos somos soldados, huele a tabaco, cerveza derramada, suciedad, sudor, sangre y semen. Huelen a la muerte de la batalla diaria de la competencia y al abuso. Nada de eso tiene épica ni estética que valga. Es, ni más ni menos, violencia ejercida sobre el más débil y ¡ay, como alguien intente salirse de lo que se le tiene asignado! Será mandado al margen donde ni siquiera el amor paterno lo reconocerá, querrá reconocerlo. ¡Qué lección!

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