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16/11/2018 06:56 CET | Actualizado 16/11/2018 06:56 CET

Vivir en los prefijos

Pixabay
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Ya no sirven las grandes palabras que hasta hace poco representaban definiciones y denominaban grandes aspiraciones universales con un sólo término. El siglo XXI ha inventado los modos de combinar los conceptos a la carta, para que sean los que revelen nuestro 'yo' al mundo y nos separen de nuestros semejantes, con la suficiente elocuencia lingüística para particularizarnos frente a las mayorías e incluirnos en las minorías que nos identifican, a su vez, como grupo diferente de los demás.

En 1933, en La voz a ti debida, Pedro Salinas sostenía: "Para vivir no quiero / islas, palacios, torres. / ¡Qué alegría más alta: / vivir en los pronombres!". Hoy, ya ni siquiera nos valen los pronombres. Necesitamos componer nuestro 'yo' mediante el aislamiento "de lo mismo", de lo "igual" y la confirmación de la identidad fragmentaria, aquella en la que nos autoafirmamos ante la plenitud de lo igual que nos trasplanta al vacío, tal como predijo Walter Benjamin. Presumo que hoy vivimos en los prefijos, pues es allí donde nos realizamos. Los prefijos móviles nos colman de identidad fragmentada, fraccional, diferenciada, somos "e", "eco", "bio", "super" o "mega", como quienes nos lo creen a pies juntillas o nos lo dicen con particular aplomo. Exclusivos, únicos. Por el contrario, Ángela Davis defiende un "feminismo antirracista", inclusivo, que explique y supere no solo la opresión de género, sino también el racismo, el fascismo y la explotación económica. "El feminismo será antirracista o no será", dice con 75 años quien ha sido una líder de los empeños de la humanidad por las grandes ideologías universales, acelerados, para convertirse después en "partículas elementales". Habrá que reclamar corrientes más amplias, pues como cantaba Nacha Guevara, de Mario Benedetti, "...en la calle, codo a codo, somos mucho más que dos".

Así, casi cada persona representa un país, un clan, un cantón, un microclima, y un estatuto individual.

Este momento de la diferenciación exacerbada aflora la identidad más estrecha, limitada a la complacencia de tribus que antes adjudicaban un marchamo extensivo. Eco-feministas, xenofeminismo (Hester 2018), ciberfeminismo, poshumanismo, "fem-queer", eco-socialistas, bio-región, bio-regionalistas, bioclimático, eco-aldea, pro-sumidor, pro-activos, anti-capitalistas, info-adictos... Hiper, micro, nano y otros términos de uso científico, también han conquistado la comunicación criogenizada en la vida cotidiana. En política, las acepciones se multiplican para acoger las distintas variedades de grupos y subgrupos que clasifican especies en vías de expansión o extinción, localizándolas en sus reservas naturales o parajes específicos. Los anglicismos nos abruman: Vivimos el corsé de un lenguaje "selfie" que nos incomunica y nos segrega. Donald Trump quiere suprimir el término "género" (gender en inglés) de la ONU. Richard Gere le pide a Pedro Sánchez que luche contra la "fobia" a los pobres, -"aporofobia" se llama-. Se trata de resumir el perfil característico de cada "etnia" distintiva y agruparla en torno de sí misma, de su expectativa en lengua inglesa, "scale", "location" o "mapping"... SLAM, gentry, teen, spin, etc. Hay turismofobia, "balconing", siglas, - IPPC, LGTBI, Lgtbiq; en las redes @, HTH, ROFL, OMG, NIMBY...-, y sufijos para todo.

Los móviles pre-o-su-fijos son tan estrechos y localistas como los mudables prejuicios

En los partidos políticos, este proceso divisorio alcanza niveles llamativos. El anhelo de lo "común", de los "comunes", dura poco. Como pasó con términos que apuntaban a abarcar lo universal en una sola palabra, -fuera esta comunismo, socialismo o ambientalismo-, lo común parece extinguirse en lo "yoico". Ahora los comunes son comunes urbanos, comunes soberanistas, comunes rurales, eco-comunes, supremacistas comunes y muchas cosas más, que los distinguen de lo "igual" y los alejan de la uniformidad, a la vez que los introducen en el anonimato de lo lejano-distinto. No hay manera de separar la biodiversidad de la autonomía reducida al infra-grupo, que se justifica por su propia definición, hecha de términos poliédricos, "facies" que evitan poder emularse en los otros y se agotan en la predefinición de "su" espacio, "su" tiempo, "su" ideología y "sus" "mi-mismos". En 2018, el frenesí del egocentrismo individualista no escucha lo otro, "lo distinto" -que diría Byung-Chul Han-, tenemos que acudir a las palabras compuestas. "La cercanía lleva inscrita la lejanía como su contrincante dialéctico. La eliminación de la lejanía no genera más cercanía, sino que la destruye. En lugar de cercanía, lo que surge es una falta total de distancia. Cercanía y lejanía están entretejidas."

La "sociedad complaciente" gusta de identificar a sus individuos, como si estos fueran un paquete de palabras yuxtapuestas "detox", que exprimieran términos sectoriales en zumos de identidad de los sujetos. A falta de casa (oikos) aspiramos a vivir en "eco"-barrios y, a falta de vida, vivimos en "bio"-entornos en licuefacción, "mega"-contaminados en "meta"-sitios "geo"-localizados y "macro"-cosmos "hiper"-conectados. Existimos en algunas ideologías "particularistas", mezcladas a la carta, para ser soberanistas, españolistas, andalucistas, veganos, veganos estrictos, semi-veganos, auto-gestionarios, auto-empleados... "okupando" micro-espacios, tan "diversificados" que no contribuyen a la emancipación, sino, más bien, a defendernos de las pesadillas, de "los otros".

Para desesperación de los académicos de la Real Academia Española (RAE) el español crece en falsedades, apriorismos, fragmentos enumerativos y metalenguajes

Vivir así supone apretarse en espacios muy pequeños e inconfortables. Fluir en "significantes flotantes". Los móviles pre-o-su-fijos son tan estrechos y localistas como los mudables prejuicios. En las 8 formas de combinar las palabras compuestas, -mezclando sustantivos, sustantivos y adjetivos, verbos y adjetivos repetidos con pronombres, sustantivos y verbos- se adhieren las siglas como percebes; se confunden los anglicismos crónicos, los "argots" castizos, se mistifican los "palabros". Las lenguas oficiales del Estado son como apostólicas lenguas de fuego pentecostales, que flamean con ese calor de la pasión española por los reinos de taifas. En cualquier terruño, en los arrabales del lenguaje proliferan porno-palabras o mentiras, pervirtiendo los vastos territorios del entendimiento racional del común de la gente.

Para desesperación de los académicos de la Real Academia Española (RAE) el español crece en falsedades, apriorismos, fragmentos enumerativos y metalenguajes, pero todo esto pasará: Vendrán tiempos en que la dependencia del malentendido será tan esclavizante como la adicción a las redes; después, las trombas de letras y símbolos se irán sedimentando más allá de las riadas de los prefijos, porque no cabe tanto significante en tan minimalistas significados. Y, como no podremos vivir en ellos, nos quedaremos en las periferias de la ideología del poder que los impone. Tal vez entonces volvamos a creer que el lenguaje existe más allá de la maldición de Babel, esa que ahora nos hace babear palabras deformadas para que nadie las entienda, aunque algunos descollen como élites prescindibles entre la multitud consumista de "verdades" falsas.

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