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28/02/2014 07:04 CET | Actualizado 29/04/2014 11:12 CEST

La voz de su amo

Rajoy: Ese es el que me gusta a mí, serio, él, bien vestido, sí, con su corbatita azul y bien repeinadito a la derecha. Rubalcaba: Macho, es que este tío por lo menos se cree lo que dice. Porque dice lo que le sale, lo que piensa de verdad y no lo que le dicen que diga.

Existen 10 tipos de personas: los que entienden el código binario y los que no.

Cualquier forma de comunicación es una conversación, si bien en ocasiones solo uno de los participantes habla, o escribe, mientras que el otro se limita a escuchar, o leer, y pensar -con suerte- en lugar de responder.

Manos a la obra. El escritor de discursos decide en primer lugar a quién dirige el mensaje: crea el texto en función del destinatario.

Rajoy

Ese es el que me gusta a mí, serio, él, bien vestido, sí, con su corbatita azul y bien repeinadito a la derecha. Y oye, hablando como se tiene que hablar, con palabras que demuestran que el hombre sabe. ¿Yo? No, yo no entiendo lo que dice, pero claro, es natural, yo de economía no sé, ni de números. Él sí, se nota que domina. ¿Que en qué se lo noto? Pues en lo firme que lo dice todo, ¿no le ves tú, que ni se traba ni nada? Y bien fuerte, para que se entere todo el mundo, ¡que la crisis se ha acabado! Se puede decir más claro, pero no más alto, ¿o era al revés?

Abruma -y aburre- al oyente mediante la gran profusión de datos, cifras y tecnicismos que despliega. Sus enunciados son largos, enrevesados y contienen demasiadas ideas: es un discurso denso que resulta poco adecuado para ser seguido, procesado y comprendido por vía auditiva.

Suena profesional.

El discurso está cargado de figuras retóricas, metáforas e imágenes poéticas. Son eufemismos, las perlas para lucir los dientes, y tal.

Es el discurso abstracto de un orador etéreo, elevado. Mi reino no es de este mundo.

Su voz, como de costumbre, se encuentra en el límite agudo de su registro de pecho, a punto de pasarse al falsete. Su faringe se escucha tensa y apretada: las glotalizaciones con que inicia y acaba las frases son la prueba. Energía excesiva, pecho alto, gestos duros. Muy marcial.

Aparece tajante, firme y eficaz, pero poco asertivo y nada dinámico. Impone por la fuerza, pero no seduce, no persuade.

Habla rápido, a veces tanto que no pronuncia todas las sílabas. Hace pocas pausas y las que hace son muy cortas e inexpresivas. El único recurso de énfasis que usa es la subida de intensidad -grita más-.

Se muestra poco benevolente y rígido.

Tema catalán. Aquí todo cambia: la voz se relaja y baja a un tono más grave, reduce la velocidad de articulación e introduce pausas largas que añaden un elemento de énfasis y valoración. Las frases se acortan y los enunciados se hacen directos, tipo: sujeto, verbo, predicado. Deja las metáforas y los eufemismos y pasa a un lenguaje llano y comprensible, con palabras cotidianas.

Cuando quiere, se hace entender.

Rubalcaba

Macho, es que este tío por lo menos se cree lo que dice. Porque dice lo que le sale, lo que piensa de verdad y no lo que le dicen que diga. Y tiene los pies en la tierra: conoce los problemas de la gente y lo más importante, conoce a gente con problemas ¡Vaya frase redonda me ha quedado!, ya puedo ir yo al Congreso, con las compañeras y los compañeros, a lucirme. Y es inteligente, el tío, que no se escribe ni una línea y va pum, pum, pum, soltando las cosas. Encima relaciona las ideas y se le entiende. Lo que te digo, un crack.

La característica más importante del discurso que se construye mientras se pronuncia es la posibilidad de fallos: el orador puede quedarse en blanco, decir lo que no quería, dejarse ideas en el tintero o tergiversar algún dato. El orador que se enfrenta a un acto como el debate sobre el estado de la nación sin papeles, ante todo, asume un riesgo.

Se muestra valiente.

Su voz tiene un tinte fatigado, algo de débil, y si se equivoca en una sílaba o una vocal, rectifica.

Se muestra humano, vulnerable.

La velocidad de articulación cambia entre unas partes y otras del discurso. Cuando es más encendido, habla más deprisa y los enunciados son más largos: se muestra indignado, enfadado. Cuando quiere dar más dramatismo hace pausas más largas y enunciados más cortos. En ocasiones se oye cómo saca aire después de una palabra, exhausto. Otras veces, la voz es suave, casi un susurro, derrotado.

Se muestra sensible, guiado por la emoción.

El énfasis con que remarca alguna idea aparece porque la ocasión lo demanda, no da la sensación de haber planeado de antemano dónde va a gritar más o donde va a meter una pausa dramática.

Se muestra apasionado, que se deja llevar. Sincero.

El discurso espontáneo no contiene tantas ideas como el discurso escrito. La estructura es: una idea, un par de datos fáciles de recordar e interpretar y un par de ejemplos concretos -historias de la calle-. Usa palabras sencillas, de uso corriente. No se encuentran apenas tecnicismos. Es un discurso más ligero y en apariencia menos profesional, pero más comunicativo.

Se muestra accesible, abierto. Expone sus razonamientos.

Cuestión de metabolismo

Ciertos votantes quieren un líder fuerte que suene profesional. No les molesta la rigidez, mientras se perciba el control. No les molesta no entender todo lo que dice, mientras se le note firme. No les importa que sea autoritario, mientras se le note eficaz.

Otros quieren un líder cercano que suene inteligente. Anhelan un líder que les comprenda, les escuche y les dé libertad. No les molesta que sea débil, si es sensible y respeta sus derechos. No les importan los fallos, mientras se escuche pasión.

Dos tipos de votantes, dos esferas, dos amos.

Pero en el sistema decimal 10 son diez, no dos.

NB: Se buscan líderes eficaces y sensibles; firmes y apasionados; comunicativos y elevados. Y sinceros, realistas, capaces, benevolentes, dinámicos, flexibles.

NUEVOS TIEMPOS