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01/02/2019 07:20 CET | Actualizado 01/02/2019 17:35 CET

Marie Kondo: la angustia de lo que sobra

Getty Images
Marie Kondo.

"Consultora de organización"; ¿qué clase de profesión es ésa?, ¿se necesita realmente de alguien que enseñe cómo doblar calcetines? Ya sea por inventiva o como resultado de su propia neurosis con el orden, a la japonesa Marie Kondo se le ocurrió que sí, y se ha convertido en fenómeno. Primero, con su libro La magia del orden y ahora con su serie en Netflix.

Kondo se presenta como una asesora/terapeuta/sacerdotisa que en su triple rol viene a dar tips/consejos/culpa-y-expiación a sus clientes/pacientes/ovejas. Ella es un ejemplo perfecto del marketing existencial, ese híbrido contemporáneo que inscribe a la espiritualidad en el mito de la superación, y logra envolverlo en un producto comprable.

Hace algunas semanas a propósito de la visita del científico Richard Dawkins a mi país, Chile, quien es una especie de rock star del ateísmo, se despertó una apasionada, pero curiosa, discusión acerca de la existencia de Dios. Los liberales, especialmente entusiasmados, argüían de un modo como si aún fuera necesario abandonar la versión infantil de Dios; la que hace ya varios siglos de filosofía fue abandonada por otras más interesantes. Como sea, liberales o no, hay que preguntarse si ese Dios desapareció con la racionalidad científica o sencillamente se desplazó. Desde la espiritualidad management, que suele preferir pasar frío y hambre subiendo altas cumbres, ojalá el Everest, que es como el Vaticano del ejecutivo ateo; hasta el yoga que se ha masificado por hacer trabajar cuerpo y alma; hay opciones sacrificiales y expiatorias para todos los gustos.

Más allá de sus contradicciones, posiblemente lo que la consultora del orden logra es tocar una necesidad espiritual.

La ensayista Annie Le Brun le llama racionalidad de la incoherencia a la condición cultural moderna, donde tanto una idea como su contrario pueden ser promovidas y mercantilizadas de manera simultánea. Es lo que ocurre en el show de Kondo, por ejemplo, cuando enseña a sus consultantes a desprenderse de su exceso, primero, los confronta con su obscenidad, llevándolos a poner toda su ropa sobre la cama (algunos lloran como adictos que reconocen su vicio), luego los lleva a conectarse con sus prendas, a agradecer y despedirse de aquellas con las cuales "no sienten felicidad". Poco importa si esa camiseta duró una semana, o dónde irá a parar todo aquello que le sobra a la casa y a la angustia de su usuario.

Pero más allá de sus contradicciones, posiblemente lo que la consultora del orden logra es tocar una necesidad espiritual. Hace algún tiempo se instaló lo nórdico como promesa de calma. "Hygge" fue nombrado como el secreto de la felicidad de los daneses, que básicamente significa bajar la luz, cambiar el plástico por materiales naturales, disminuir la intensidad de la vida. El paraíso se va trasladando geográficamente, entre lo nórdico, la India -y su turismo espiritual-, China y Japón. Lo común en todas esas fantasías occidentales no es sólo lo lejano, sino que también el llamado a vaciar la casa, literal y metafóricamente.

Cuando la casa está tomada, no hay lugar para existir, hay ahogo.

Escuché en una comunidad terapéutica para adictos sobre las casas donde, además de comprar droga, los clientes frecuentes pueden quedarse por un tiempo. Quien contaba la historia describía que se sentía como la distribución caótica de las casas/droga: espacios donde faltan puertas, no se cocina en la cocina, ni se transita de acuerdo a una rutina, sino que a un deambular. Es un espacio parecido al tiempo en la angustia: circular, sin puntuación, sin día ni noche, donde el cuerpo parece una casa okupa, de la cual hay que saltar al vacío. Porque eso es la angustia, lo que sobra; decir que es lo que falta ha sido convencernos de algo siniestro.

Ahogarse es el pánico. Ese es el infierno hoy, crisis de pánico se llama. Para existir se necesita respirar y eso implica intervalos al traga traga social. Yo creo que Dios existe, por ejemplo, en el silencio que es imprescindible para que un ruido se convierta en melodía. Pienso a veces que Dios es pura puntuación.

Este artículo se publicó originalmente en www.latercera.com

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