Un día más de TACO en el menú: cuando ganar tiempo es urgente para un Trump que no vence
El presidente de EEUU estaba otra vez entre la espada y la pared: o prorrogaba la tregua con Irán o iba con todo contra su adversario. Lo segundo no lo quiere; lo primero lo puede vender como prudencia, aunque también revela cierta debilidad.

Pues sí, vamos con un nuevo día de TACO en el menú. No de los sabrosos mexicanos, sino de los trumpistas: el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha vuelto a dar marcha atrás a sus amenazas del infierno sobre Irán, prorrogando el alto el fuego, ahora hasta una fecha indefinida, mientras sus adversarios le entregan una "propuesta unificada" de paz.
Aplica de nuevo eso de "Trump Always Chickens Out", algo así como que "Trump siempre se acobarda". El republicano estaba otra vez entre la espada y la pared: o prorrogaba el armisticio, que acababa la pasada noche, o iba con todo contra su adversario, hasta operación terrestre si hacía falta, como habían filtrado sus asesores. Lo segundo no lo quiere; lo primero lo puede vender aún como prudencia, aunque también revela cierta debilidad.
La disyuntiva no era sencilla, como no lo fue hace dos semanas cuando concedió otros 15 días de paz. El régimen de los ayatolás no cede y EEUU no puede vender siquiera una victoria parcial, la que supondría que el estrecho de Ormuz esté plenamente abierto y el compromiso de Teherán de destruir o sacar del país su combustible nuclear. De este jaleo, que tiene sumido al mundo en incertidumbre, queda el consuelo de que, mientras, no se cosecha más muerte ni más destrucción en Oriente Medio. Por ahora.
Lo que anunció el neoyorquino es que sigue una tregua indefinida para dar tiempo a la negociación con el régimen teocrático. En una publicación en su red Truth Social, anunció que extenderá el alto el fuego hasta que el Gobierno de Irán, que a su juicio se encuentra "gravemente dividido", presente "una propuesta y concluyan las negociaciones, sea cual sea el resultado".
Trump afirmó que tomó esta decisión a petición de Pakistán, que ejerce como mediador, concretamente del jefe del Ejército, el mariscal Asim Munir, y del primer ministro, Shehbaz Sharif, con quienes mantiene muy buena relación desde que Washington medió el año pasado en el conflicto entre Pakistán y la India, una de esas medallas diplomáticas de latón que suele lucir como méritos para el Nobel de la Paz.
Más tarde, en la misma red, el republicano dijo no quiere que "se cierre el estrecho de Ormuz" pero que mantendrá su bloqueo naval impuesto en la zona, pese a haber extendido el alto el fuego ,porque a su criterio es la única forma de presionar para obtener un acuerdo. Señala que varias personas le han dicho que "Irán quiere abrir el estrecho de inmediato" pero él respondió: "Si hacemos eso, nunca podrá haber un acuerdo". "Irán no quiere que se cierre el Estrecho de Ormuz, lo quiere abierto para poder ganar 500 millones de dólares al día (...) solo dicen que lo quieren cerrado porque lo tengo totalmente BLOQUEADO (¡CERRADO!)", agregó.
Un difícil equilibrio
Los críticos con Trump se burlan en estas horas del paso dado anoche. "No more Mr. Nice Guy", o sea, ya no más concesiones, dijo el presidente norteamericano días atrás. Y las ha habido. Prometió mano dura si el régimen iraní no capitulaba, pero les da más tiempo y se lo da a sí mismo. Por una vez, parece que Trump prefiere afrontar estas críticas a poner en riesgo más vidas iraníes y -para él, sobre todo- estadounidenses, al redoblar la apuesta en una guerra que, además de ilegal, se torna más imprudente con las horas.
Simplemente para preservar su imagen de tipo duro no le vale la pena, cuando se le está levantando en contra medio Partido Republicano, cuando los sondeos dicen que crece la oposición popular a esta operación: más del 65% de la población se opone a la contienda y sólo el 25 % afirma que está siendo un éxito estratégico, cuando el 42 % la considera un fracaso, según la última entrega de CBS News-YouGov. En noviembre hay elecciones de mitad de mandato y los demócratas esperan recoger votos en el enfado popular de un país que ve crecer los precios y ha enterrado ya a 13 soldados.
Aún agradeciendo la luz divina de la prudencia, la rectificación de Trump genera nuevas dudas sobre sus habilidades de liderazgo en tiempos de guerra, en un día en que Irán se negó directamente a presentarse a las conversaciones en Islamabad (Pakistán) destinadas a poner fin a la guerra, lo que dejó al vicepresidente JD Vance esperando en casa, en una jornada caótica de comentarios sobre si había salido, si no, si se iba a presentar en el hotel sede de los contactos... El número dos del Gobierno, al final, se dirigió a la Casa Blanca para participar en "reuniones de política" mientras el presidente y sus asesores principales debatían los pasos a seguir.
Trump se aferra a que las cosas pueden progresar y que le estaba haciendo un favor a los gobernantes de Pakistán, sorprendentes pero eficaces mediadores en esta crisis. También vende que, al no poner plazos, presiona menos para que los contactos concluyan finalmente. El proceso es complicado, se sabe, pero él aporta una justificación extra: que hay división. Supuestamente, una muestra de debilidad de sus archienemigos, si no fuera porque los analistas llevan semanas negando que exista división en el seno del nuevo poder iraní, más radicalizado tras el asesinato de su líder supremo, Ali Jamenei, y con un mayor peso de la Guardia Revolucionaria, tremendamente fiel en lo ideológico a los principios de la Revolución Islámica de 1979.
La CNN informó anoche de que altos funcionarios consideran que el viaje de Vance a Pakistán para las conversaciones era poco útil, dadas las circunstancias. Que Irán no respondió a las propuestas estadounidenses porque sus líderes aún no han llegado a un consenso sobre su postura ni sobre el alcance de las negociaciones relativas a las reservas de uranio del país. Un factor que complica la situación podría ser que el nuevo líder supremo, Mojtaba Jamenei, el hijo del defenestrado Ali, se encuentre oculto y, por lo tanto, no pueda transmitir instrucciones claras. Es algo en lo que ya pusieron énfasis fuentes del New York Times y de Axios hace dos semanas, cuando se llegó al ultimátum previo.
Es una explicación posible, plausible, pero también las inteligencias occidentales tienen informes de que no todas las comunicaciones del poder iraní están tan tocadas y hay cierta capacidad aún de mover las cosas, de los debates a las órdenes. Por eso, también podría ser una estrategia interesada para encubrir la rectificación de Trump, toda vez que, precisamente, los ataques de EEUU y de Israel acabaron con buena parte de los hipotéticos negociadores más moderados o reformistas. Lo dijo el propio presidente el 2 de abril: "El ataque fue tan exitoso que acabamos con la mayoría de candidatos" a tomar el poder, aseguró Trump en la llamada con ABC News. "No va a poder ser nadie de los que pensábamos porque están todos muertos. Hasta el puesto segundo y tercero están muertos", expuso.
El fracaso es el fracaso
La retórica del presidente Trump no puede ocultar la conclusión más importante de este nuevo martes de angustia: su estrategia de usar amenazas de una fuerza militar estadounidense abrumadora para obligar a Irán a rendirse en las negociaciones ha fracasado en repetidas ocasiones. Da igual que amague con acabar con toda una civilización en una noche. Por lo tanto, dentro de Irán, debe parecer que las amenazas de escalada militar de Trump carecen de credibilidad.
En general, en Teherán no se fían para nada de Trump y su equipo, porque ya ordenaron ataques contra su territorio en dos ocasiones previas, cuando estaban en plenas negociaciones diplomáticas: el 28 de febrero pasado, cuando se lanzó la operación Furia Épica, y en junio de 2025, cuando comenzó la Guerra de los 12 Días.
Irán también esperó la decisión del presidente estadounidense sobre si asistiría a las conversaciones propuestas en Islamabad, lo que le permitió proyectar una imagen de fortaleza. De tener la sartén por el mango. Además, la aversión de Trump a una guerra de mayor calado y duración sugiere que Irán podría haber recuperado parcialmente su capacidad para atacar a los estados del Golfo y, por ende, su capacidad de disuasión estratégica. Es justo lo que prometió en la campaña electoral que lo elevó de nuevo a la Casa Blanca: que no llevaría a su país a una contienda prolongada, en lugares lejanos y poco conocidos, que supusieran un enorme gasto económico y defensivo.
"No importa lo que diga el presidente, el vicepresidente o el secretario de guerra. No tiene ninguna influencia en los cálculos iraníes", declara Danny Citrinowicz, exjefe de la rama iraní de la inteligencia militar israelí, a la CNN. "Desde el punto de vista de los iraníes, ellos tienen la ventaja. Y si Estados Unidos quiere intensificar el conflicto, lo hará. Y si (Estados Unidos quiere) un acuerdo, tendrá que aceptar los 10 puntos que les enviaron a través de los paquistaníes", dijo, refiriéndose a una propuesta iraní anterior que incluía diversas exigencias rechazadas por EEUU.
Teherán, por ahora, se ve sobreviviendo y nadie sabe cuánto le queda en sus arsenales. Es la gran incógnita: hasta dónde puede seguir extendiendo territorial y temporalmente la guerra y cuánto daño más puede causar con el cierre de Ormuz; por más que EEUU esté en la zona tratando de impedirlo, sigue amedrentando y siendo cancerbero. Sin contar con la amenaza de colocar más minas bajo el mar. Amenaza con una tasa o peaje, algo que los países del golfo Pérsico rechazan de plano y que elevaría los precios de los portes y los combustibles en todo el mundo.
¿Qué viene ahora?
La verdad es que nadie sabe qué puede pasar en las próximas horas, porque es imposible ponerse en la cabeza de alguien como Trump ni, tampoco, adelantar movimientos en el nuevo liderazgo iraní, enfadado y buscando su supervivencia a toda costa. Si nos ponemos optimistas, se puede esperar que la prórroga indefinida del alto el fuego abra un espacio para que la diplomacia funcione, sin presiones del calendario ni amenazas de armagedones.
Si Trump plantea ahora que durará hasta que concluyan las conversaciones de paz, podríamos estar hablando de semanas o de meses, ya que siempre todo es complicado con Irán. Años le costó al demócrata Barack Obama el acuerdo sobre el programa nuclear de los ayatolás, de 2015, considerado uno de los mayores éxitos de la diplomacia moderna, del que su sucesor se salió en 2018 asegurando que Irán estaba financiando el "terrorismo internacional".

Cuanto más dure el alto el fuego, menos dispuesto estará Trump a pagar el precio de romperlo, eso parece claro. Indirectamente, esto podría darle al mandatario lo que más necesita: la suspensión de una guerra que ha mermado su popularidad (está en un 16%, cuando lo habitual en él es de, como poco, un 36-37%, que es además lo habitual en un presidente cuando apenas lleva 16 meses de mandato) y ha dañado severamente la economía global, con temblores que pueden no parar hasta 2030. Un río revuelto ideal para que el Partido Demócrata pesque votos y escaños en noviembre.
Sin embargo, Trump es conocido por su carácter voluble, así que de todo puede pasar. Irán cree que, si EEUU interrumpió un proceso diplomático con ataques dos veces, puede hacerlo de nuevo, por eso temen que, secretamente, en Washington lo que estén preparando es un ataque mayor, mientras despistan a unos y otros con estas conversaciones. Es un fantasma justificado, visto el pasado.
Pero es que incluso un alto el fuego no resolverá de forma permanente los mayores problemas de Trump. Hay que lograr resultados tangibles que justifiquen la entrada en esta guerra, que es de elección y no de legítima defensa, porque no se han aportado pruebas, ni desde su gabinete ni del del primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, de que Irán estaba a punto de poder montar una bomba atómica o de lanzar misiles de largo alcance contra territorio norteamericano. No ha respondido a las preguntas que aún impulsan esta crisis, al menos sobre el papel.
El estrecho de Ormuz, esa ruta vital para el tránsito de petróleo por la que, antes de la guerra, cruzaba el 20% del crudo del planeta, permanece cerrado debido a las amenazas iraníes. Y además Irán aún posee uranio altamente enriquecido (se calcula que 450 kilos aproximadamente) que le permitiría reactivar un programa nuclear más temprano que tarde, incluso si el material se encuentra enterrado bajo sus centrales nucleares. Y su pueblo sigue reprimido, con ejecuciones y detenciones de quienes piden libertades y derechos que prosiguen bajo cuerda, silenciadas bajo el ruido de las bombas y los tuits.
El reto para los diplomáticos, tanto de Pakistán como de otros países, será encontrar la manera de que Trump pueda atribuirse algún tipo de victoria, vendible ante su gente. Y no parece que estemos aún en ese punto. Un posible detonante podría ser el bloqueo estadounidense de los puertos y barcos iraníes, como han expuesto medios como el Times, insistiendo en que la amenaza ha sido contraproducente y hasta una ventaja para el enemigo, una mala idea que dificultará que Irán salve las apariencias y participe en las conversaciones. Porque ellos también, claro, tienen una victoria (parcial al menos) que vender a sus correligionarios.
Una posible solución sería que EEUU intentara negociar el levantamiento del bloqueo a cambio de que Irán accediera a abrir ese cuello de botella valiosísimo. Posteriormente, un proceso diplomático más formal podría abordar cuestiones espinosas como el programa nuclear iraní, su amenaza de misiles y sus exigencias de alivio de las sanciones.
No hay garantía de que Irán responda favorablemente, incluso si tiene un gran incentivo para aliviar la grave crisis económica que obstaculiza la reconstrucción militar. Y el bloqueo estadounidense podría tardar en surtir efecto por completo, superando la paciencia política de Trump o la capacidad de la economía global para soportar el cierre del estrecho. Los líderes de Teherán, brutales, podrían estar dispuestos a someter a su pueblo a un sufrimiento prácticamente ilimitado. No han tenido reparos en hacerlo en los últimos 47 años.
Es posible que Irán nunca acepte ceder definitivamente su influencia en Ormuz. Esto se debe a que esta guerra ha dejado claro que cualquier ataque futuro contra la República Islámica conllevará el cierre de la vía marítima y una devastación económica mundial. Puede que haya algo de cierto en las afirmaciones del Gobierno de que los bombardeos estadounidenses e israelíes fueron un triunfo operacional que debilitó la amenaza regional y nuclear de Irán y quizás incluso su maquinaria de represión interna asesina. Todo eso es pronto para saberlo.
Pero hay que ir a la raíz, a la decisión inicial de Trump de ir a la guerra y al efecto acumulativo de semanas de posiciones contradictorias, de estrategia confusa, de declaraciones erráticas y cambiantes. Todo ello suma para encaminar a su país hacia una derrota estratégica. El riesgo es real. Hay que ver qué salida encuentra para no volver a los ataques y salvar los muebles.
Maria Sultan, directora general del Instituto Universitario de Estabilidad Estratégica del Sur de Asia y asesora del Ministerio de Defensa de Pakistán, ha dicho claramente a Al Jazeera que, "de no haberse extendido el alto el fuego, habríamos presenciado un recrudecimiento inmediato de la situación militar en el Golfo". "Si no hay negociaciones, la guerra es quizás la única opción que les queda a ambos", avisa. Sostiene que el Ejecutivo de Islamabad "mantiene la esperanza de que las negociaciones comiencen en las próximas 24 a 48 horas", añadiendo que ambas partes parecen saben lo que está en juego. "Comprenden que el coste de la siguiente fase de la guerra sería catastrófico, no solo para ellos, sino para la región y la economía mundial", concluye.
Queda, mientras, la esperanza del secretario General de la Organización de Naciones Unidas (ONU), Antonio Guterres, que ve en el anuncio de más tregua "un paso importante hacia la desescalada y la creación de un espacio crucial para la diplomacia y el fomento de la confianza entre Irán y EEUU". Hay que "aprovechar este impulso", desde todas las partes, y "abstenerse" de acciones que puedan socavar el alto el fuego. El mundo entero coincide.
