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28/01/2017 10:02 CET | Actualizado 28/01/2017 10:03 CET

Una teoría de la seducción

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Foto: GETTY IMAGES.

El amor no es solo amor. Es también un campo de batalla, especialmente en los tiempos de la seducción. Cuando aún no conocemos el territorio en que estamos dando la pelea, y no sabemos si al avanzar en él estamos conquistando o nos están conquistando.

Seducir es una operación de alta complejidad: ¿cómo convencer a otro de que somos lo que necesita? La publicidad generalmente lo hace asociando sus marcas a un placer o a un estilo de vida. Los políticos estos días lo hacen tratando de descifrar lo que la ciudadanía quiere a través de unas encuestas que reflejan una verdad brutal: tampoco los ciudadanos logramos descifrar bien lo que queremos. Los acosadores de todo tipo lo hacen por la vía de la insistencia, a ver si por cansancio logran su cometido. El problema en los tres casos es que queda demasiado en evidencia que el deseo corre por parte de los seductores. Es decir, queda de manifiesto que son ellos los que quieren algo de otros: clientes, electorado, objeto de obsesión. Por lo tanto, en esa batalla gana quien tiene el poder de elegir.

En el amor puede ocurrir lo mismo, que busquemos al otro tratándolo como cliente, electorado u objeto de obsesión. Intentando vendernos ofreciendo lo que suponemos el otro quiere. Pero nadie sabe muy bien lo que quiere porque el deseo humano se mueve -antes que por razones conscientes - por caprichos y otras contingencias. ¿Les ha ocurrido ir a comprar algo y no saber si prefieren la chaqueta roja o la azul, hasta que llega alguien a llevarse la blanca, y entonces recién ahí descubran que también querían la blanca?

Un verdadero seductor, en el ámbito que sea, es el que consigue torcer la escena: yo quiero algo de ti, pero la situación se da vuelta y entonces eres tú el que quiere algo desesperadamente de mí.

De ahí que intentar apuntar a lo que el otro quiere para ser elegido es una maniobra que no garantiza nada, incluso puede llevar al candidato a inferiorizarse al mostrarse tan ganoso y dispuesto a someterse. Y si hay una regla maldita en la seducción es que nadie escoge lo que mira hacia abajo.

Un verdadero seductor, en el ámbito que sea, es el que consigue torcer la escena: yo quiero algo de ti, pero la situación se da vuelta y entonces eres tú el que quiere algo desesperadamente de mí. Por ejemplo, hay quienes logran en una entrevista de trabajo hacer sentir al entrevistador que es su empresa la evaluada y que el candidato es por quien hay que pelear. Cuando eso resulta la jugada es brillante.

Pero para dar vuelta la situación hay que dar algo. Proponer al menos una idea interesante. Atreverse a ser el puntal de una situación antes que un vendedor ansioso de su producto. Se trata de administrar el poder que se tiene. Como Cleopatra en la escena de la alfombra: César invade su palacio, tiene el poder de las armas de su lado. La reina aparece desnuda al desenrollarse la alfombra. César pide al esclavo una habitación para llevar a Cleopatra. Pero ella hace la indicación clave respecto de quien porta el poder ahí: "este es mi palacio César, todo lo que hay aquí está sujeto a mi voluntad; no soy tu esclava, tu eres mi huésped"( M, Focchi). El resto de la historia es conocida.

En distintos campos de seducción - en el amor, en la política - podemos sentir pudor de usar nuestro poder. No debemos confundirnos y pensar que el poder es solo opresión, es también un lugar de proposición. A no olvidar.

Este artículo fue publicado originalmente en www.hoyxhoy.cl

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