Un reconocido economista ve posible que Europa entre en "estanflación", pero no por la guerra de Irán: "Es por el negocio que hay detrás"
Santiago Niño Becerra advierte de un escenario inédito: precios al alza, consumo a la baja… y empresas aumentando márgenes en plena incertidumbre global

La palabra vuelve a colarse en el debate económico global: estanflación. Un término que parecía enterrado desde los años 70, pero que ahora regresa en medio de tensiones geopolíticas, inflación persistente y dudas sobre el crecimiento. Sin embargo, el economista Santiago Niño Becerra lanza una advertencia que rompe con la explicación más extendida.
"¿Está volviendo la economía mundial a una situación estanflacionaria como la que se dio en los años 70? En mi opinión es posible", plantea en una serie de mensajes publicados en redes sociales. Pero inmediatamente introduce un matiz clave: "No será por lo que hasta ahora se ha visto en el conflicto… sino por el negocio que hay detrás".
Es decir, no sería una consecuencia directa de factores externos como la guerra o el precio del petróleo, sino algo más estructural.
Un contexto muy distinto al de los años 70
Para entender su análisis, Niño Becerra insiste en mirar al pasado… pero sin caer en comparaciones simplistas. En los años 70, la estanflación, inflación alta con crecimiento débil, fue el resultado del agotamiento de un modelo basado en el crecimiento continuo, el pleno empleo y un sistema de protección social robusto.
Hoy, según el economista, el punto de partida es radicalmente distinto. "Lo que se ve es un exceso de capacidad productiva, la precariedad laboral es norma y la concentración de la riqueza no cesa de crecer", explica.
A esto se suma un debilitamiento progresivo del Estado del bienestar y un mercado laboral más inestable, donde los salarios ya no crecen al ritmo de los precios.
La clave: ganar más… vendiendo menos
El elemento más llamativo de su diagnóstico está en cómo podría producirse esta nueva estanflación. No como un accidente económico, sino como una dinámica que beneficia a determinados actores.
"El gasto y el consumo bajarán, pero si los precios aumentan vendiendo menos, los márgenes aumentarán", señala.
Este planteamiento rompe con la lógica tradicional: aunque la economía se enfríe y las familias consuman menos, las empresas podrían mantener o incluso aumentar sus beneficios si logran subir precios.
El resultado sería una economía en la que el volumen de actividad no crece, pero los precios sí lo hacen, generando una sensación de empobrecimiento generalizado.
El impacto directo en los ciudadanos
Las consecuencias de este escenario serían claras para la población. "La gente tendrá acceso a bienes más caros y su poder adquisitivo será más reducido", advierte.
Incluso en el caso de que los salarios se mantuvieran, la subida de precios erosionaría la capacidad de compra, generando una pérdida de bienestar que no siempre se refleja de forma inmediata en las estadísticas.
A esto se añade un riesgo añadido: la percepción de que el sistema no responde a las necesidades de la mayoría, alimentando el malestar social.
Concentración de poder y menos competencia
Otro de los factores clave que señala Niño Becerra es la creciente concentración de capital. En mercados dominados por grandes empresas, el margen para fijar precios es mayor y la competencia, menor.
"Los márgenes de fabricantes y distribuidores pueden aumentar, máxime si continúa el proceso de concentración", apunta.
Esto podría facilitar ese escenario en el que se vende menos, pero se gana más, consolidando aún más el poder de los grandes actores económicos.
Una crisis diferente… y más incómoda
La conclusión del economista es tan clara como inquietante. Si esta estanflación llega, no será una repetición de la de los años 70.
"Entonces fue una consecuencia. La de ahora, si se produce, se parecerá bastante a una estrategia", sentencia.
Una idea que introduce una lectura mucho más incómoda del momento actual: que la próxima gran crisis económica podría no ser solo fruto de circunstancias inevitables, sino también del funcionamiento -y los incentivos- del propio sistema.
Y eso, más que el propio concepto de estanflación, es lo que realmente preocupa.
