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16/08/2019 07:16 CEST | Actualizado 16/08/2019 07:16 CEST

Esto es lo que he aprendido sobre la pobreza y el paro tras haber solicitado 215 empleos

Ser pobre no es vergonzoso. No pasa nada por decirle a la gente que te cuesta llegar a fin de mes.

Nina McCollum

Este mes se cumplen dos años desde que perdí mi trabajo a jornada completa. Llevaba 15 años trabajando como profesional de la comunicación y perder el empleo fue devastador. Era una madre soltera casi sin ahorros y sin red de seguridad. Acababa de terminar también una relación a distancia de cuatro años y me sentía sola y asustada.

La última vez que perdí mi trabajo en 2003 debido a un despido masivo, trabajé de camarera hasta que encontré otro trabajo a jornada completa. Por desgracia, ser camarera ya no es una opción para mí porque sufro problemas de espalda (enfermedad degenerativa del disco cervical, escoliosis y estenosis espinal) que me imposibilitan permanecer mucho tiempo de pie. Intenté que me concedieran ayudas por discapacidad, pero ya me daban demasiado dinero por el paro como para ser elegible.

Pese a mis temores, estaba convencida de que encontraría otro trabajo mejor al poco tiempo, antes de que se terminara mi año de subsidio por desempleo. Tengo estudios y experiencia. Me considero inteligente, trabajadora, responsable, ilusionada con todo lo que hago y muy buena trabajando en equipo o de forma independiente. Tengo muy buenas cartas de recomendación, muestras sólidas de mi trabajo y una actitud proactiva. Siempre había encontrado trabajo con facilidad y he disfrutado del proceso de selección. También solicitaba muchos más que los dos trabajos semanales que exige la oficina de desempleo.

Sin embargo, la búsqueda de empleo hoy es muy distinta de cómo era en 2003.

La discriminación por edad y la costumbre de descartar candidatos sin darles explicaciones son obstáculos tremendos para miles de personas desempleadas o subempleadas. También la gig economy (o economía de los pequeños encargos), por la que las empresas dan empleo a “contratistas externos” en encargos de pequeña duración para no tener muchos trabajadores y no tener que darles prestaciones. En uno de mis trabajos temporales coincidí con una compañera que llevaba cinco años como “trabajadora externa” de diseño gráfico. No sabía cuándo la llamarían para hacer proyectos o durante cuánto tiempo. Era difícil pagar sus facturas sin unos ingresos fijos y estables y tampoco podía ser realmente autónoma por si acaso la llamaban para hacer otro proyecto y se quedaba sin tiempo.

La discriminación por edad y la costumbre de descartar candidatos sin darles explicaciones son obstáculos tremendos para miles de personas desempleadas o subempleadas.

Una vez me ofrecieron un trabajo de “autónoma a jornada completa” de dudosa legalidad, de esos que el Ministerio de Trabajo de Estados Unidos está tratando de prohibir. Hay grandes empresas como Google recurriendo a este tipo de trabajadores: acuden a su oficina todos los días, como cualquier otro trabajador a jornada completa, pero no cuentan con las mismas ventajas, como el pago de un seguro médico o un plan de jubilación. En ocasiones, los empleadores recurren a agencias de empleo para evitar gastos de contratación haciendo que el trabajador sea en realidad empleado de la agencia, con muy pocas protecciones o incentivos. Estos trabajos con falsos autónomos están cada vez más extendidos porque presentan muchas ventajas para los empleadores y hay muchísimas personas desempleadas dispuestas a aceptar lo primero que les ofrezcan. Esto no hace más que alimentar la espiral de utilizar la mano de obra según su conveniencia, sin invertir en los empleados y sin implicarse en ellos.

Aunque seguía buscando un trabajo a jornada completa, aceptaba encargos de autónoma cuando me surgían. Me gustaba trabajar desde casa con ropa cómoda y comer comida recién hecha mientras veía algún DVD que sacaba de la biblioteca y no tener que engullir comida congelada en mi escritorio sin dejar de trabajar.  Echaba de menos tener compañeros de trabajo, pero el equilibrio entre vida y trabajo era genial. Sentía que mi próximo empleo estaba a la vuelta de la esquina, pero conforme transcurrían los meses sin encontrar nada, me sentía más confusa.

Busqué más trabajos. Contacté con empresas de relaciones públicas y agencias de publicidad. Trabajé en red, amplié mi perfil de LinkedIn, me preparé con cazatalentos y me apunté a agencias de empleo. Mantuve conversaciones increíbles en mis entrevistas de trabajo y me dijeron que estaba entre los mejores candidatos. Me presentaban al equipo y me decían: “Puedes estar segura de que estaremos en contacto” o “Tienes todo lo que buscamos”, y luego no volvía a saber nada de ellos. Montones de personas se quejan por internet a diario de esta práctica tan extendida de descartar candidatos sin darles explicaciones. Es difícil que no te afecte.

Hasta el día de hoy, he solicitado más de 215 trabajos (llevo la cuenta en una hoja de cálculo) a jornada completa, a tiempo parcial, temporales y proyectos, tanto en mi ciudad como en el resto del país. Casi todos tienen que ver con la escritura y la comunicación, pero no todos. También he buscado trabajo de transcripción, pero soy dura de oído y no fui capaz de oír con suficiente claridad como para superar las pruebas. Solicité trabajo de oficinista y secretaria pese a que llevaba más de 15 años sin trabajar de eso. No me llamaron para ninguna entrevista. Me decían las agencias que tenía demasiada experiencia (era demasiado mayor) para esos trabajos. Buscan gente joven desempleada para pagarles la mitad que a mí. Habría sido más sencillo dejar de intentarlo y solicitar solo dos trabajos por semana, pero sabía que mi prestación por desempleo no iba a durar para siempre.

A medida que seguía buscando trabajo, trataba de impulsar mi carrera de autónoma, oportunidad a oportunidad. Trabajé en red más que nunca. Solicité cartas de recomendación. Pedí trabajo a mis anteriores empresas. Mis amigos me ayudaron mucho. Si en su trabajo buscaban a alguien para redactar algo, me conseguían el trabajo. Si encontraban alguna oferta de trabajo, me la hacían llegar. Recibí muy buenas valoraciones de mis clientes y mi autoestima mejoró. Empecé a pensar que podía ganarme la vida de autónoma.

Me apreté el cinturón tanto como pude. Cuando no tienes que salir de casa para ir al trabajo, comer fuera, ir de copas o a cenar con los compañeros después de trabajar y no tienes que comprarte ropa o maquillaje, tus gastos se reducen mucho. 

Después del primer año, respondí a la pregunta que me había planteado durante los primeros meses de búsqueda de empleo: ¿qué haría si nadie me contrataba a jornada completa con gastos médicos y plan de jubilación incluido? ¿Cómo me ganaría la vida? ¿Cómo saldría adelante?

Tras dos años en esta situación, he aprendido mucho y tengo unas cuantas respuestas que me gustaría compartir:

1. Busca ayuda económica: Antes de nada, comprende que no hay que avergonzarse por depender de las ayudas públicas o por ser pobre. Los pobres no son vagos ni fracasados. Yo crecí siendo pobre y durante un tiempo al acabar la universidad dependí de cupones del estado para comer, de modo que supe solicitar ayuda enseguida, el mismo día que perdí mi trabajo. Los recursos están ahí para usarlos cuando hacen falta y muchos de ellos quizás no los conozcáis.

NINA MCCOLLUM
Con mi perro Indigo.
 

2. Busca ayuda emocional: El estrés de estar desempleado y ser pobre afecta mucho a la salud. Tras revolcarme en mi miseria, mi rabia y mi miedo, empecé a utilizar mi tiempo libre para desarrollarme. Aprendí español. Hice cursos por internet para mejorar mis destrezas (Rosetta Stone es gratuito en muchas bibliotecas de mi ciudad, Coursera ofrece ayuda financiera y Hubspot es gratis). En los momentos más duros escribía blogs. Daba paseos durante el día e hice las paces con el invierno (cuando no tienes que ir a trabajar mientras nieva, el invierno es bonito). Mis amigos se portaron genial conmigo. Siempre estaban ahí para mí cuando los necesitaba e hicieron una recaudación de fondos para que yo pudiera tener un perro. Muchos me sorprendían con tarjetas de regalo, comida o una botella ocasional de vino.

Ser sincera y realista es importante. Muchas personas tienen problemas, pero se avergüenzan y se niegan a hablar de ello. Ser pobre no es vergonzoso. No pasa nada por decirle a la gente que te cuesta llegar a fin de mes. Yo incluso di una charla en mi hospital sobre la ayuda financiera que recibí y les hablé a los profesionales de la salud sobre el aspecto emocional de la atención sanitaria cuando eres pobre y estás físicamente destrozado.

3. Reajusta tus prioridades. Esta fue una lección muy dura. Tras cumplirse mi primer año desempleada y darme cuenta de que tal vez nunca volvería a trabajar a jornada completa en una oficina, expandí mi área de trabajo. Además de algunos proyectos que encontré como autónoma, hice otros trabajos sencillos y poco remunerados para seguir a flote. Eran trabajos como contar cajas de gafas 3D en un cine, hacer de comensal de incógnito en una cadena de restaurantes a cambio de comida gratuita o escribir pies de foto para una cadena nacional de hoteles.

Así descubrí que podía hacer pequeños trabajos pero en gran cantidad. Vendí un montón de objetos personales en grupos de compraventa de Facebook. Muchas personas tienen muchas más cosas de las que necesitan y la gente es capaz de comprar de todo siempre y cuando lo limpies y lo fotografíes bien. Le cambié los botones a una vieja chaqueta de cuero que compré por 5 dólares en un mercadillo y la vendí por 20. Si no tienes discapacidades físicas, hay un montón de trabajo disponible. Si no te sientes cómodo llevando en tu coche a desconocidos para una empresa de transporte, prueba a hacer de repartidor. Los supermercados contratan gente frecuentemente. Ten en cuenta el aspecto estratégico: ¿Puedo trabajar en algún sitio en el que el descuento a empleados me vaya a suponer una gran ventaja? También puedes pasear perros, cuidar mascotas o niños. Trata de ensamblar todos esos trabajos, porque cada ingreso es importante. No te rindas nunca.

Cuando no tienes dinero, cualquier ingreso es una bendición. Empiezas a dar gracias cuando eres capaz de pagar una factura.

Ese cambio en mi vida me hizo redefinir en gran medida mi relación con el dinero. Cuando no tienes dinero, cualquier ingreso es una bendición. Empiezas a dar gracias cuando eres capaz de pagar una factura. Te vuelves más hábil negociando y encontrando formas de reducir gastos. Yo desarrollé una resiliencia que me hizo sentirme más segura y encontrar más trabajos como autónoma. Acepté la incertidumbre de la vida de autónoma y mi nuevo estado como trabajadora innovadora y con experiencia.

Pagar facturas cada mes sigue siendo una lotería. Invierto mucho tiempo planeando el marketing, trabajando en red, formándome, mandando y cobrando facturas, porque así son las cosas cuando diriges tu propio negocio. Nunca planeé ganarme la vida así, pero a mi edad, parece que a nadie le interesa contratar trabajadores inteligentes con experiencia y con 15 o 20 buenos años por delante (mi abuela vivió hasta los 102 años, así que me queda tiempo). Personas como yo, con una gran ética de trabajo, excelentes productos y una personalidad cautivadora.

Aún mantengo la esperanza de encontrar un buen trabajo a jornada completa, ganar mucho dinero y ahorrar para mi jubilación en vez de limitarme a pagar las facturas, pero no podía seguir de brazos cruzados hasta que el mundo laboral me diera una oportunidad. Empecé a labrarme mi propia fortuna. Perder mi trabajo me cambió como persona. Echando la vista atrás, aunque me gustaban muchos de los trabajos que he tenido y me caían bien mis compañeros, a menudo lo pasaba mal porque tenía jefes tóxicos y ambientes de trabajo complicados en los que había gritos, acoso y favoritismos. Ahora, mi perro Indigo y yo nos jugamos entre nosotros el premio a mejor empleado del mes. Como autónoma, no sé cómo me irá al mes que viene, pero temo mucho menos a lo desconocido. Sé lo que es tocar fondo y luchar con uñas y dientes para sobrevivir.

NINA MCCOLLUM
Una selección de productos que recibí de un banco de alimentos de mi ciudad.

Ahora sé que la incertidumbre es normal, pero también sé que tengo todo lo que necesito, aunque tenga menos cosas que nunca. Tengo una pareja maravillosa que me ha querido en mis peores momentos. Reseteé mi mente y mi corazón y encontré el amor. Ahora sé que podemos capear cualquier tormenta porque nos conocimos en el ojo del huracán.

Este verano se han cumplido dos años desde que perdí mi trabajo y he dejado de recibir subsidios (y espero que nunca más los vuelva a necesitar). Ahora gano un pelín más del máximo permitido para ser elegible. Estoy en el limbo. Gano demasiado para recibir ayudas públicas, pero no lo suficiente para pagar mis facturas con facilidad. Trabajaré duro para salir de este limbo, pero no es sencillo.

Hay millones de personas en Estados Unidos como yo, cobrando demasiado para recibir ayudas públicas o para ser elegibles como personas con discapacidad. Las personas físicamente capaces que están en este limbo tienen varios empleos o se ven obligadas a apretarse el cinturón en comida, medicamentos u otros productos básicos. Otros tienen que cuidar a niños o familiares ancianos mientras se esfuerzan por mantener su empleo, lo que convierte su día a día en una realidad dolorosa, peligrosa, estresante y frustrante.

Es importante que la gente entienda lo complicado que es ser pobre. Hay un mundo entre quienes donan a los bancos de alimentos y quienes están al otro extremo, recibiendo estas donaciones, esperando que alguien haya dejado algo especial en vez de atún enlatado barato de oferta. Una vez recibí un bote de mantequilla de almendra y me pareció tan especial que me eché a llorar.

Los obstáculos que tienes que superar para obtener ayudas públicas (no solo una vez, sino cada día, semana y mes) son increíblemente complicados. Te pasas horas al teléfono o en línea para conseguir comida que casi nunca es sana y cada dos por tres tienes que aportar pruebas que te permitan seguir siendo elegible. La factura física y mental es terrible y no debería ser así. El desempleo, el subempleo y la pobreza no son problemas que se puedan superar de la noche a la mañana, pero acabar con el estigma de ser una persona necesitada de ayuda es algo que se puede hacer al instante.

Si tienes la suerte de no tener que preocuparte por cómo conseguirás llevar un plato de comida a la mesa o por si mañana seguirás teniendo techo, deja de juzgar y demonizar a los pobres.

Habría que presionar a los empleadores, que son quienes se aprovechan de los trabajadores considerándolos externos para no tener que pagarles en condiciones, quienes utilizan programas para cribar candidatos según su edad y quienes, de forma maleducada, se olvidan de responder a los candidatos a los que han entrevistado, una práctica omnipresente en el mundo laboral actual. Los empleadores que descartan a los candidatos mayores están perdiéndose empleados muy cualificados, comprometidos y trabajadores. Las empresas que utilizan programas informáticos para descartar candidatos según su edad deberían recuperar el factor humano de la contratación. Este factor humano incluye responder a todos los candidatos aunque sea por cortesía, sobre todo a los que han entrevistado. Los candidatos no deberían ser los únicos obligados a pensar de forma original y creativa.

Los empleadores deberían dejar de establecer requisitos arbitrarios. ¿De verdad hace falta tener carrera para todos los trabajos? Y lo más importante: deberían revisar la esencia y el objetivo de su empresa en vez de concebir a los empleados como una cifra en su balance de cuentas. Tienen que incorporar el factor ético, que al parecer ha quedado excluido de sus conversaciones.

Si estás en una situación como la mía, sigue luchando y no te rindas. Yo estoy orgullosa de lo duro que he trabajado para sobrevivir estos últimos dos años, pero no debería ser tan complicado mantenerse a flote, recibir ayuda y encontrar un trabajo decente con las ventajas de un contrato. El modo en que se distribuye la riqueza está hecho para hacer más ricos a los ricos y más pobres a los pobres, y es casi imposible salir de ahí si no te dejan ni empezar o si te critican quienes no han estado en tu situación. Si tienes la suerte de no tener que preocuparte por cómo conseguirás llevar un plato de comida a la mesa o por si mañana seguirás teniendo techo, deja de juzgar y demonizar a los pobres. El infierno diario que supone la pobreza ya es suficientemente duro.

No sé qué me deparará el futuro, pero soy una mujer dura y seguiré haciendo lo que pueda para sobrevivir. Espero que al hablar de mi situación, otras personas sepan que no están solas y aprendan algo de mi experiencia que les sea útil. Estamos juntos en este planeta y tenemos que ayudarnos y querernos mutuamente si queremos sobrevivir.

 

Nina McCollum vive en Cleveland. Sus textos han aparecido en páginas como Good Housekeeping, Scary Mommy, The Financial Diet, BELT Magazine y Café Mom, y ha publicado dos historias en Kindle. Puedes leer su blog en rockandrollmama.wordpress.com y ver más muestras de sus trabajos en su página web, ninawritenow.com.

 

Este post fue publicado originalmente en el ‘HuffPost’ Estados Unidos y ha sido traducido del inglés por Daniel Templeman Sauco.