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04/12/2019 03:24 CET | Actualizado 04/12/2019 03:24 CET

Asier Etxeandia: La sacerdotisa animal

Todo él es una especie de diablo que en ocasiones se trasmuta en ángel.

Carlos Alvarez via Getty Images
El actor Asier Etxeandia. 

En El intérprete, Asier Etxeandía nos demostró como el que fuera un niño raro se había convertido en un animal escénico. En aquel recorrido por sus fantasmas, que al mismo tiempo era una especie de salida del armario del artista que lleva dentro, pudimos comprobar que todo él –su garganta, sus piernas, su mirada– es una especie de diablo que en ocasiones se trasmuta en ángel. Aquella representación, que tenía mucho de exorcismo individual, aunque acabara como una celebración de la vida compartida, me dejó tan boquiabierto que, desde entonces, he seguido el rastro del bilbaíno como quien, como en un cuento, sigue las migajas de pan que otro ha ido dejando por el camino y va pisando baldosas amarillas hacia no sé muy bien dónde. Machos disidentes en la aventura de abolir los géneros. El fluido de la vida en el que tanto necesitamos de abrazos que nos salven de todo tipo de mastodontes.

Mastodonte, como el mismo Asier explica entre canción y canción, es todo aquello que nos deja reducidos a seres insignificantes, que nos abruma, que nos corta las alas. El ruido, la tensión, la injusticia, el poder, la suela de la bota del más fuerte. El día a día de un mundo de seres cada vez más desiguales y en el que con demasiada frecuencia nos querríamos exiliar de la cotidianidad que nos ha tocado en suerte. Lo que el público vive en el teatro junto a Etxeandía y ese dios llamado Enrico Barbaro es una suerte de ceremonia laica, de ritual colectivo en el que, como en un inmenso acto de amor, todos los presentes vamos a una. Liberados, ligeros, entusiasmados. Sin altares ante los que rezar, sin vírgenes que lloran, sin crucificados. Solo cuerpos que danzan y se reconocen diferentemente iguales.  Todas y todos, que habíamos empezado el espectáculo muertos o agonizantes, resucitamos. Y queremos ser Lord Byron. Y empezamos a serlo. Héroes románticos que bien podría haber imaginado Mary Shelley.

Asier, que no se limita a ser maestro de ceremonias, se convierte aquí en un ser sin género, en el que es posible ver a guerreros de otras tierras, a gitanas errantes o a copleras que arrastran cansadas su larguísima bata de cola.  Sus faldas que giran, sus mangas que derrochan encajes, sus vestidos que bien podrían ser los de un obispo o los de una dolorosa barroca bailando en un cabaret, nos hablan de un universo en el que lo masculino y lo femenino se diluyen. En el que, al fin, hemos superado las fronteras de la normalidad y hemos comenzado a danzar sin límites. El cuerpo del artista, que se mueve como si estuviera poseído por la furia del viento, es una lección de humanidad. Cuerpos vivientes que bailamos desde nuestra fragilidad. La reconquista del cuerpo que es poderoso porque es vulnerable.

Y nos hace el amor a todas y a todos a la vez,demostrándonos que la música, la poesía, el arte y el sudor de los cuerpos entrelazados son la única divinidad posible.

Asier, que es capaz de volverse el hombre más tierno del mundo cuando le canta a la niña Clara de nieve y a los paisajes de Marcos, y que nos confiesa, que como Mina, también odia el verano, nos arrastra hacia su templo abierto de par en par y se deja la piel, el sudor y el alma en el escenario. Nos posee fuerte y lento, como si nos revolcáramos todos con él en un barrizal.  Nos libera de las emociones recicladas en contenedores y sustituye nuestro único ojo de cíclope por un nuevo par de ojos. Danzad, danzad, malditos. Todas y todos somos la novia que salta y que ya no teme a nadie. La que camina sola, la que no conoce el peligro, la deseada y que ahora ya no conoce el miedo porque se ha convertido en la dueña de su deseo.  Con Mastodonte hemos descubierto al fin que lo que queremos es que nos quieran, que quien más y quien menos se meaba en el colchón y que yo, al menos yo, también fui un niño al que los niños insultaban pero las niñas no.

De esta manera, La transfiguración del Mastodonte acaba siendo una especie de ceremonia laica en la que Asier Etxeandía, acompañado por unos músicos que son capaces de convertir un quirófano en discoteca, oficia como un sacerdote sin báculo. O, mejor dicho, como una sacerdotisa que, al fin en un mundo en el que ellas no tienen obstáculos por el hecho de tener vagina, nos seduce y nos lleva a la cama. Y nos hace el amor a todas y a todos a la vez, entre musgo y sal, demostrándonos que la música, la poesía, el arte y el sudor de los cuerpos entrelazados son la única divinidad posible. Y es así, como tras el horror de la guerra, conseguimos al fin redimirnos. Sin culpas, sin cilicios, sin penitencias. Y en vez de vomitar las flores que no enviamos se las regalamos a quien tenemos al lado. Let`s dance. Hambrientos de deseos, fieros como un animal.

 

La transfiguración del Mastodonte, Gran Teatro de Córdoba, 30 de noviembre de 2019.

 

Este post se publicó originalmente en el blog del autor.