‘El médico de su honra’, un clásico muy vivo

La triste realidad de cada día contada con la melancólica belleza de la poesía.
'El médico de su honra', un clásico muy vivo.
'El médico de su honra', un clásico muy vivo.

Comienza la edición del Festival Clásicos en Alcalá 2021. Lo hace con cambio de nombre. Ahora se llama Festival iberoamericano del Siglo de Oro. Y también lo hace con una reposición en el Teatro Salón Cervantes. La del montaje que de El médico de su honra de Calderón hizo Adolfo Marsillach para otra inauguración. La que comenzó la andadura de la Compañía Nacional de Teatro Clásico y una nueva forma de hacer teatro áureo, o clásico, en España. Una renovación que le hacía falta y que ya había hecho el teatro isabelino en Reino Unido y los clásicos franceses.

Por tanto, se espera ver una pieza de museo como las que se ven El Prado. Tal vez, restaurada por aquí y por allá, para sacarle el color y los brillos de otro tiempo. Sin embargo, no es así, si se exceptúa, tal vez, el decir del verso. Pues todavía se oye el eco de la prosodia romántica de aquellos años, ahora que el verso se dice con la consciencia del ritmo que le pone lo que se dice en ellos. Con menos música reproducida, pero más contenido e intención, más interpretación.

Leída en términos contemporáneos, lo que cuenta Calderón en esta obra es un feminicidio en una sociedad patriarcal, aunque sería mejor decir paternalista, del rey para abajo. La benigna e indulgente Mencía, casada por su padre con un noble sevillano y enamorada de un infante, es asesinada por su marido. Un marido celoso, más que de ella y de su amor no consumado ni consentido con el infante, de su honra. La de él, se entiende. La honra pública en la que han estado enfrascados tanto tiempo las relaciones amorosas de los españoles con las españolas.

Unos celos honrosos que vienen de antes. Innatos. Pues el marido ya tuvo una novia, Doña Leonor, la que tuvo honor, a la que dejó compuesta y sin novio ante la sospecha de que le estaba poniendo los cuernos y de que eso se conociese o supiese para escarnio de él. Unos celos despertados por el azar y las circunstancias en el terreno las necesidades humanas. Un encuentro y un cruce de miradas. Una daga perdida por el amor, el Infante, y encontrada por los celos, el marido. Una carta escrita por amor, de Mencía por el infante, y tergiversada por los celos, del marido.

Los actores en escena.
Los actores en escena.

Un mundo que, aún ahora, muchas personas piensan que era el deseable. El mundo como debería volver a ser. Las mujeres en la casa, en lo doméstico. Donde sus sentimientos y deseos son reprimidos y forzados por el matrimonio. Mientras los hombres salen, entran, tienen sus pendencias, sus juegos, y se la miden, a poco que les dejen, desenvainando sus espadas.

Para todo ello, se ha creado una caja escénica, ya que el escenario se encuentra completamente rodeado de muros. Tapias por las que andar, saltar y resbalarse. Muros y tapias de los que caerse, por la fuerza de la gravedad. El peso. Desde donde se caen nobles, pero, también, se caen los siervos. El mundo (en)cerrado de señoras, señores, criadas y criados. De siervos y servidos. Un mundo íntimo el que reina el rey, el poder político y público.

Un rey no de almas, sino de cuerpos, garante del orden humano y, por tanto, del político, que tiene la obligación de restituir cuando se desestabiliza. Hasta cuando la persona que se desestabiliza es el propio rey, dejándose llevar por la desconfianza, la sospecha, sin ninguna evidencia. Sin los hechos que él pide para hacer juicios y justicia. Basándose en el rumor de una canción, de una tonada.

Si todo lo anterior se puede describir con esta claridad y, a dicha descripción, se le puede poner poesía o retorcerla literariamente, se debe a una dirección de escena que parece hecha hoy en día. De tal manera que, la discusión o debate de la pertinencia de reponer un montaje con tantos años frente a hacer uno nuevo, desaparece ante la evidencia de lo que se ve en escena.

“Una escena en la que la belleza de algunas imágenes no oculta al verso”

Una escena en la que la belleza de algunas imágenes, como la hermosa de Mencía durmiendo bajo un gigante parasol japonés, no oculta el bosque. Es decir, no oculta al verso. Ya que es este el que manda, como se ve cuando el marido se deja poseer por los celos, los libera, solo ante una tapia. Una escena bellísima hecha con cuatro bancos puestos de pie y una luz nocturna y lunera que parece traída directamente de la calle antes que hecha y recreada por el técnico de luces. Una iluminación sutil que tiene mucho de pintura. Más holandesa, de Vermeer y su chica de la perla, que barroca y española.

Es cierto que no es una propuesta redonda. La insistencia de un mismo recurso para mostrar el servilismo del criado y bufón, las diferencias en el decir el verso de unos actores a otros, en el que a veces se pierde el qué se dice, la actitud de algún que otro actor en escena, son aspectos mejorables.

Aspectos que sin duda mejorarán a medida que la propuesta gire, pues este montaje merecería ser girado y visto, y que se vaya ajustando. Como las giras de provincia que se hacían en otro tiempo. Antes de que la obra llegase a la capital perfectamente ajustada y se eternizase en cartelera mientras el público agotaba entradas. Un montaje que, aunque se hizo en otro tiempo, no ha perdido vigencia ni vida. Por el mismo corre la triste realidad de cada día contada con la melancólica belleza de la poesía.

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