El obispo es el premio

"Que un día se mire al espejo y reconozca que es un hombre y nada de lo humano le es ajeno. Ese día, con suerte, dejará de ver enfermos, depravados y endemoniados donde solo hay semejantes".
El obispo es el premio.
CARLOS ALEJÁNDREZ "OTTO"
El obispo es el premio.

Vaya por delante que cada cual es muy dueño de hacer de su capa un sayo, un mantel de su sotana o una ensaladera de su mitra (si es que ha alcanzado puesto de relieve en la jerarquía eclesiástica), por lo que la decisión del obispo de la diócesis de Solsona, Xavier Novell, de colgar los hábitos al tiempo que descuelga los genitales, no debería importarnos lo más mínimo.

Pero no se puede evitar que alcance pública relevancia el radical cambio de vida de quien utilizó púlpito y carta pastoral para difundir opiniones, a cuál más terrible, disfrazadas de verdad teológica. El que fue saludado con entusiasmo por ser el obispo más joven de España, recibió el aplauso unánime de quienes ustedes se imaginan al comparar el aborto con el holocausto nazi, maldecir por aberrante el matrimonio entre personas del mismo sexo o ver en la homosexualidad una enfermedad que puede curarse, siempre y cuando no se sea especialmente melindroso con el tratamiento.

Ya se sabe que estas terapias de conversión son, en buena medida, una puesta al día de las dos clásicas hostias a tiempo.

La toma de postura de monseñor Novell a favor de la independencia de Cataluña hizo que muchos apoyos se quedaran fríos en los labios.

Y algo se habló de reprimendas cardenalicias y silencios convenientes.

Pero ha sucedido lo inesperado: el mitrado carcamal ha dejado su puesto para yacer junto a una mujer separada, madre, psicóloga y autora de novelas eróticas, una de las cuales, al menos, transcurre en ambientes satánicos. No me negarán que cada una de las cualidades de dicho ser humano resuena como un clavo en el ataúd de la hispana carcundia.

Y el amigo Novell ha reconocido que es el amor el que le ha hecho abjurar de sus votos en pos de unas botas de tacón de aguja.

Sé que, a estas alturas, ya conocen ustedes sobradamente las andanzas del obispo de Solsona. Pero me parece apropiado el resumen si quiero señalar que su Ilustrísima se ha ganado a pulso el manteo que está recibiendo en todos los mentideros, después de años de utilizar la hoja parroquial como altavoz de la intolerancia y el oscurantismo. Consejos vendo y para mí no tengo, avisa el refranero al soberbio que señala la paja en el ojo ajeno sin quitarse los polvos del propio.

Estoy de acuerdo con ustedes en que no debiera importarnos la vida privada de nadie, y que, si el amigo Novell ha cambiado el crucifijo sobre el lecho desierto por la alegría del rijo a la sombra de un pentáculo, solo a él corresponde lidiar con semejante transformación.

Pero, en un mundo en el que la religión todavía pretende marcar el paso de todo el vecindario, en un país en el que aumentan las agresiones homófobas y la reacción más pedestre avanza, contemplar a uno de sus abanderados convertido en parodia de sí mismo nos provoca una alegría malsana, culpable, si quieren, pero liberadora.

Deseo, sinceramente, que el ingeniero agrónomo Xavier Novell sea feliz en su nueva y erótica vida; que se gane el derecho al olvido y pueda pasear del brazo de la amada por la que dejó de lado todos sus poderes terrenales, y quién sabe si la gloria eterna.

Y deseo, sobre todo, que un día se mire al espejo y reconozca, con Terencio, que es un hombre y nada de lo humano le es ajeno. Ese día, con suerte, dejará de ver enfermos, depravados y endemoniados donde solo hay semejantes.

Ese día, todos habremos ganado.

A su compañera le auguro una carrera literaria repleta de éxitos. Bastará con que el prelado dimitido le cuente los pecados oídos en confesión (sin decir el pecador, por supuesto) para conseguir un buen racimo de argumentos jugosos y chirriantes. Sabido es que las sombras de la vecina son siempre más oscuras que las de Grey.

Bien podemos decir que le ha caído el premio Novell.