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17/05/2019 07:26 CEST | Actualizado 17/05/2019 12:50 CEST

Gran Brexitania y sus secuelas artísticas

Tanaonte via Getty Images

La nostalgia por los imperios es cada vez más fuerte y extendida. Se trata de una enfermedad contagiosa y placentera a la vez, porque como el opio adormila y entusiasma a partes iguales. Cuando no existe un imperio se trata de  inventar, como pasa en la ficciones secesionistas que amenazan a los europeos para acabar con su fuerza. Eso aunque la historia versionada y la geografía distorsionada a veces no lo admiten todo, porque en ocasiones se anexiona, como en Crimea, y en  otras se fusionan historias de reinos imposibles, o de regiones por la gracia de Dios.

No sólo algunos echan en falta el imperio ruso, que está en construcción y se alienta y se recrea gracias a la ultraderecha que alienta Rusia por todo su entorno, infectando a los fascistas de media Europa para que destruyan la Unión Europea y devuelvan las sacrosantas esencias inventadas de un pasado inexistente, recién manipulado, sobre la base trémula de la falsificación de la historia a través de su sustitución por una versión edulcorada de valores proto-fascistas, supremacistas o alienígenas, si vienen al caso, siempre bajo la infecunda inspiración de las religiones que aúnan monoteísmo y corrupción.

En estos momentos es muy difícil luchar contra la infamia, porque esta se difunde por estados fuertes o por corporaciones privadas con grandes sumas de dinero y medios obscenos. La infamia se hace viral a costa de malograr y pervertir toda apariencia de legitimidad, dando eco a cualquier fementida realidad virtual. No se trata de un libro de relatos, o de realismo mágico, como en el caso magistral de la obra de Borges (1935). En inglés, iniquity significa, inmoralidad, iniquidad o injusticia, - términos que quizá expresan con más acierto que aquello que representa “descrédito”, o “pérdida de reputación”-. Nuestra época se ha vuelto barroca, a fuer de exacerbar la cultura del manierismo mercantil, entre otras cosas, mediante la estetización del mundo, para que todo funcione como correa de transmisión de valores de especulación y subasta.  

La nostalgia del imperio ampara las mayores iniquidades como la perversión de la verdad y el fin del imperio de la ley que estamos viviendo ante nuestros propios ojos y en directo, en el caso del Brexit y en otros escenarios de torticera subasta mercantil de los hechos y su representación. Sin embargo, la nostalgia imperial nos hace añorar el poder de anteriores glorias y de sus actuales efímeros representantes, como si los procesos de descolonización no hubieran tenido lugar, la unidad de Europa fuera ficticia y la cultura hubiera de seguir en manos de unos pocos mandarines empeñados en mantener anticuados estatus.

La 58 Biennale de Venecia, en este año de 2019,  representa la repetición de figuras retóricas como acertadamente ha observado Ángela Molina en su crítica de Babelia; su actual edición cuenta con 78 invitados, sin artistas españoles. Se mueve a favor y en contra de los mapas y las fronteras, convirtiendo a los “dealers” en avezados exploradores de verdades contradictorias, mapas de rutas paradójicas y viajes a relatos con territorios contados desde varios puntos de vista, - algunos infames -, de forma que nunca se sepa de qué lado se mira, porque todos están mezclados, confusos y distanciados por una mirada, que a la vez adolece de poco comprehensiva y crítica con el mercado que los pone en danza.

La nostalgia por los imperios es cada vez más fuerte y extendida.

Nada hay más postmoderno que lanzar el arte pluri-verosímil-multi-ficcional para la bienal de la ciudad anegada por el turismo. El funanbulismo de estos tiempos de ocio e incertidumbre parece obligar a dirigir el arte sin mensaje desde una metrópoli decadente como Londres ,que se ha segregado de su historia europea para reconstruir un imperio de ficción: Para mayor esquizofrenia, la bienal se hace comisariada por alguien que no comparte una visión con la de los piratas británicos, tan afamados en el mundo del arte. Pero tal vez lo más postmoderno de todo sea la coincidencia con las elecciones europeas. El corazón de Venecia, tan agotado como la ciudad desmoronada por los cruceros, ha abierto sus canales a una de sus muestras más entretejidas con la ruidosa realidad. O re-aliada con ella, al premiar una brechtiana composición de 3 artistas de Lituania, a una instalación performativa y un simulacro de espacio-denuncia, comprometido con el cambio climático. Al asumir todos los valores posibles desde la retórica de la repetición, puede que estemos ante la bienal de arte más “comprometida” con todas las causas de la historia, es decir, con ninguna, en concreto.

El arte es un radar para ver cosas invisibles”, dice el comisario Ralph Rugoff. Pero lo invisible pertenece a la esfera de lo simbólico y, en esta magna exposición, nos encontramos poca ayuda para descifrar algunos enigmas porque está todo y todo está visibilizado a la vez. De forma que la “desvelación” se produce, - como todo en el arte contemporáneo  -, por acumulación perceptiva, altísimo consumo de imágenes y trayectos, desgaste de rutas y rutinas, de artistas y países, y multitud de propuestas y alternativas. Y sobre todo, se produce, simultáneamente, sin solución de continuidad, en directo y a la vez. Lo “romo” destaca mucho, de tanto afilarse la punta de todas las denuncias simultáneas apiladas. Todo es posible en Venecia; se navegue por el medio que sea a la ciudad que se pierde y se añora, como dando un ejemplo de la polisemia retórica, que nos ha atascado en lo políticamente correcto y diverso, tan pluriforme como confuso.

Muy al contrario que el origen de la alétheia (en griego ἀλήθεια “Verdad”), que es el concepto filosófico de Parménides, que se refiere a la sinceridad de los hechos y la realidad. Literalmente la palabra significa ‘aquello que no está oculto, aquello que es evidente’, lo que ‘es verdadero’. También hace referencia al “desocultamiento del ser”. Pero sabemos el uso que hizo Martin Heidegger de la alétheia como coherencia y también cómo, en su obra El origen de la obra de arte se definió “el arte para abrirse a la verdad de un pueblo...”, ahora que los pueblos están tan de moda.

De manera que eso nos lleva a poner más atención sobre las propuestas exhibidas. No vaya a ser que, con independencia de la voluntad de su director, la Gran Brexitania esté dando aliento a la bienal de Venecia para abrir el filón de verdades a granel de forma que los “pueblos” nostálgicos de imperios, se líen a la hora de interpretarlas: Los recintos masificados del Arsenale y las urnas de la Unión Europea, están tan ausentes de verdades sobre arte  y cultura, como necesitadas de menos retóricas duplicadas acerca de la historia. No hay límites a la bulimia creciente de los relatos promovidos por corporaciones globales y manipulados por proto-potencias imperiales de la falsificación, justo ahora y en este mundo donde lo artístico se condena o se ensalza en función de verdades efímeras al servicio de dictadores fascistas y mercachifles adinerados.

 

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