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08/11/2019 07:33 CET | Actualizado 08/11/2019 07:33 CET

Ian Mckellen: Más dioses que monstruos

Las palabras de McKellen, dichas hace décadas, habrían resultado escandalosas...

Eric Gaillard / Reuters
Ian McKellen.

Hace una semana, sir Ian Mckellen, muy sir y muy Mckellen, concedió una entrevista tremendamente reveladora en un célebre programa de televisión británico. Con aires de galán irredento, tan en su estilo, confesó que durante el rodaje de The Good Liar, que se estrena el próximo viernes 8 de noviembre en Reino Unido, decidió que el equipo fuera a un club nocturno.

Lo que parecía una simple diversión derivó en que Mckellen confesase que aquel local, berlinés y moderno, era ese tipo de clubs en los que uno habla, bebe y se divierte, pero en el que los clientes pagan menos si se quitan un mayor número de prendas. Al final, reveló el actor, estuvo rondando en ropa interior porque él es, tal como certificó, un hombre “muy cariñoso”. 

Las palabras de McKellen, dichas hace décadas, habrían resultado escandalosas. Como una relectura de Oscar Wilde, nuestro Magneto (X-Men) y Gandalf (El señor de los anillos), es un atractivísimo hombre de ochenta años al que la opinión pública, y en concreto el qué dirán, le traen sin cuidado. Y lleva poniendo en práctica esta filosofía socio-nihilista desde hace años, con una libertad y una frescura por las que siempre he sentido admiración.

La primera vez que vi a Ian Mckellen en una película, o al menos que yo recuerde, fue durante mi adolescencia. Se trataba de la excelsa Dioses y monstruos (1998, Bill Condon), cinta que causó en mí una grata impresión. Reconozco que me acerqué a ella atraída por Brendan Fraser, un actor del todo infravalorado, con una anatomía escultórica que aporta a sus roles una dimensión profundamente física. Fraser era el perfecto señuelo para esta cinta compleja, la de un cineasta retirado (McKellen), acaudalado y homosexual, cuyo cuerpo ha iniciado un claro proceso degenerativo. En ese retiro perpetuo en el que se ha convertido su vida, aparece un jardinero esplendoroso, a años luz de su nivel intelectual, pero con una sexualidad tan artística y exultante (incluso insultante en comparación), que no puede evitar rendirse ante él. Aquel juego de seducción entre un hombre adulto y su joven jardinero resultaba inesperado en el cine de los noventa, tan timorato en muchos sentidos y en pleno retroceso hacia el romance simplón más clásico. 

La sociedad, limitada en cuanto a expectativas, tiende a hacer encajar en compartimentos estanco la completa versatilidad del mundo. Con esas categorías restringidas creamos nuestros prejuicios y los exhibimos con la ingenuidad de un niño que ha aprendido a atarse los cordones. Los jóvenes tienen deseo y los mayores recuerdos. No salimos de ahí. Son pocos los que rompen con los estereotipos y manifiestan que, efectivamente, la edad marchita el cuerpo, pero no el deseo; un mensaje reconfortante sabiendo que, de las opciones que tenemos, envejecer no es la peor.

Las palabras de McKellen, dichas hace décadas, habrían resultado escandalosas.

Hace poco más de un mes, tuve la fortuna de conocer a Teresa de Lauretis, una de las mayores autoridades en la teoría feminista postestructuralista, estudiosa cinematográfica de primera magnitud, quien es capaz de hacer auténtica prestidigitación con el psicoanálisis. En sus manos, las enseñanzas de Freud alcanzan otro nivel.

En aquella conferencia, De Lauretis no se distinguía entre la multitud. Su tamaño extremadamente menudo le hace parecer una mujer mayor entrañable, con una corporeidad que jamás permitiría deducir quién es en realidad. Nuestros prejuicios hacen que pensemos en ella como una abuela diminuta, que, a su edad, a lo sumo que aspirará será a regocijarse relatando anécdotas de sus hijos y nietos.  

Sin embargo, De Lauretis tumbó todo estereotipo. Subió los peldaños de la estrecha escalera uno a uno, y apoyó su cuaderno sobre el atril. Inmediatamente después, comenzó a hablar de la sexualidad femenina y también de la masculina; del deseo, de la libertad, de los fetiches. Habló incluso de parafilias. Quién podía imaginar que aquella viandante imperceptible que caminaba por la Gran Vía, iba a encontrar a un foro de centenares de jóvenes escuchándole hablar de la cultura queer o mencionar términos como el de “zoofilia”. 

En la actualidad, tenemos la inmensa suerte de que el mundo se ha atrevido, con lentitud milenaria, a salir del caparazón de los lugares comunes. Por ello es tan importante que no permitamos que los prejuicios vuelvan a campar a sus anchas con ideas superadas como “los niños con los niños; las niñas con las niñas” y “abuelito dime tú por qué soy tan feliz”. 

Porque si enseñamos a los niños a que deben respetar a las niñas, y permitimos que los abuelos expliquen por qué beber desnudo en un local nocturno en Berlín llena sus expectativas, quizá la canción sí sería mucho más feliz.

 

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